jueves, 11 de febrero de 2016

Banco de valores

Yo conozco la frustración bien de cerquita. De adentro conozco yo la frustración. No solo la frustración, también conozco la esperanza y la confianza, la envidia y el resentimiento. No soy un sabio ni mucho menos, pero estuve en el lugar justo al momento indicado.
Mi abuela dice que las cosas uno las aprende viviendo y quizá tenga razón, pero yo eso lo viví por el fútbol. Ojo que en la escuela aprendí un montón de cosas y también conocí la frustración por reprobar un examen que era una boludez teniendo la seguridad de que estudiando la noche anterior iba a zafar. La envidia llegó a mi mucho antes que en el fútbol, más o menos a los cuatro años, cuando a mi hermana le regalaron la bicicleta celeste y a mí me tocó la roja con rueditas.
Entendí, ya más de grande, que el colegio te dejaba muchos valores y amigos, pero el fútbol más. Los entrenamientos me enseñaron lo que es el sacrificio, después de un largo día, tener que ir a correr abajo de la lluvia no lo recomiendo. A nadie le gusta ir a entrenar, todos quieren jugar el domingo. A mi me gustaba mucho entrenar y tenía un motivo. No era fanático de los piques cronometrados ni de las flexiones de brazos al silbatazo del técnico, no me causaba gracia tener que ejercitar el físico cuando lo único que quería era patear la pelota. Me da una bronca cuando me acuerdo lo que transpiraba todas las putas tardes bajo el sol o la lluvia y ni me llamaban para los partidos. El gordo pajero ése, Gastón se llama, no podía correr ni un rumor, pero como el tipo la tenía atada, no necesitaba demostrar nada en los entrenamientos. Fue mi amigo toda la vida, que no se malinterprete, lo conozco desde los seis años porque hicimos toda la primaria y encima jugamos juntos casi hasta los veinte. De chiquito era arquero porque no le gustaba correr, pero cuando creció se dio cuenta que lo lindo del fútbol es hacer goles y empezó a jugar arriba. Además, en cancha de cinco se hacen más goles que en cancha grande y el arquero sufre más que testigo falso. La cosa es que Gastón terminó jugando arriba y se cansó de hacer goles. Su familia tiene una casa en Aguas Verdes, allá en la costa, a diez kilómetros de San Bernardo, y nosotros siempre nos rajábamos para allá. En realidad, el gordo se iba todas las vacaciones escolares y me invitaba, pero yo al menos quince días decía presente. Cada vez que llegaba, salíamos disparados a la playa con una pelota y jugábamos uno contra uno. Lo tuve de hijo toda la vida, terminábamos pateando penales cuando se hartaba de comerse caños y él atajaba porque se dedicaba a eso, pero cuando se convirtió en delantero todo cambió. Esos mano a mano pasaron a ser un monólogo de él. Yo agarraba la pelota solo cuando se iba al mar y el gordo pajero no quería ir a buscarla. Estaba más de dos meses practicando jugadas nuevas para humillarme. El caradura decía que estaba haciendo la pretemporada, ¡qué hijo de puta! Les juro que lo quiero un montón, es un tipazo, pero el tan forro no tuvo mejor idea que empezar a jugar arriba. Claro que de chico no lo sufría más que en Aguas Verdes porque era una categoría menos, pero cuando pasamos a la tercera división de All Boys y nuestras edades coincidían para jugar juntos, me hizo comer banco.
Creo que acá es a donde quería llegar en esta historia, al banco. Gastón fue mi nexo con el tablón de madera tanto en estas líneas como en mi adolescencia. Yo siempre había jugado de siete, pero al futsal se juega con un pivot, nada de dos arriba porque te comen por los costados. El pivot, que sería el nueve, tiene que ser corpulento y debe poseer una técnica indescifrable para darse vuelta. Gastón esos requisitos los tenía y los tiene porque sigue jugando, yo no. Por eso estoy escribiendo ésto, con un cigarrillo en la mano, y él está descansando porque mañana tiene que entrenar para estar bien físicamente al inicio del torneo.
Cuando hubo que decidir entre Gastón y el resto, el técnico no dudó ni un instante en elegir al gordo como titular. Al principio ni me llamaba para los partidos, eso aumentaba mi ira y mi frustración, ya que uno siente que no es valorado, que no se fijan en que se rompe el culo para ganarse un lugar. A otras personas les puede pasar en un laburo, pero les pagan por lo menos. A mi nadie me daba un carajo, ojo que a Gastón tampoco porque el fútbol de salón en Argentina es amateur -o eso dicen, porque algunos se la llevan-.
La esperanza la conocí cuando el director técnico me llamó después de un entrenamiento para hablar al lado de la cancha. Me felicitó por mi esfuerzo en las prácticas y recalcó la importancia de un ejemplo así para los demás compañeros, por eso me dijo que mi lugar en el equipo, de ahí en más, lo iba a tener asegurado. Me dejó bien clarito que el titular era Gastón, pero como premio a mi desempeño en los entrenamientos, iba a ser un sustituto. En pocas palabras, me estaba diciendo que no iba a jugar ni en pedo, pero necesitaba que los otros pibes corran en la semana y no quería que yo me frustrara y me fuera, porque era un modelo de perseverancia y sacrificio para los más chicos. Debo reconocer que en ese momento las palabras me gustaron, un halago del jefe a quién podría no gustarle, pero no me conformaba.
En el primer partido que integré el banco de suplentes, experimentaba una emoción descomunal por entrar y hacer el gol del triunfo. Todos los que nos sentamos en esa agonía de madera lo sabemos. Le digo agonía porque pasaban los minutos y nunca me llamaba el técnico. Los cambios en futsal son como en el básquet, mientras queden cinco tipos en cancha, pueden entrar y salir cuantas veces lo decida el entrenador. Gastón siempre salía a los diez minutos -cada tiempo dura veinte a reloj parado- y volvía entrar cuando faltaban cinco. Claro, a los mejores los tenés que poner lo máximo posible y que descansen lo justo y necesario. Esos cinco minutos que salía, Gastón se sentaba siempre al lado mío porque éramos muy amigos y porque yo le alcanzaba rápido el agua. Cuando íbamos ganando, nos reíamos. Cuando estábamos perdiendo, ni me hablaba. Así son las estrellas, viste, pero yo lo conocía de hace mucho y sabía lo calentón que era cuando perdía.
Es raro sentirse ganador de un partido donde no entraste ni cuatro segundos, cuando lo único que hiciste fue alcanzarle el agua al tipo que hizo los tres goles. En la derrota es más fácil, porque te ocupás de consolar al resto, a los transpirados, a los que tienen la cara roja de correr bajo el techo de chapa en esas tardes de domingo.
Es verdad que algunas veces he entrado para dar vuelta la historia, tengo el recuerdo de aquel partido contra Argentinos Juniors que empatábamos uno a uno de visitante -el gol lo había hecho Gastón, por supuesto- cuando reemplacé al defensor que se había lesionado. Para ese entonces ya jugaba de último hombre, porque tenía aceitado como salir de la presión del rival y porque no tenía lugar en la ofensiva del equipo. Ese partido entré e hice dos goles, me felicitaron como al nene que cuenta su primer chiste o que dejó de usar pañales. Fue una sensación rara; encontré satisfacción por haber metido el gol del triunfo y uno más para asegurar el partido por si las moscas, pero a la vez lamenté el hecho de que la lesión de mi compañero no llevaría más de dos días y al partido siguiente yo no jugaría ni por puta.
Esas cosas también te las hace conocer el fútbol, más que nada te las brinda el banco. Es digno de un resentido hijo de puta esperar que se lastime un compañero para entrar, pero a veces no queda otra. No deseaba algo grave, tampoco soy así, pero si le agarraba fiebre a alguno, si a otro le caía mal el asado del sábado o uno que había salido la noche anterior se quedaba dormido, me venía bien.
No solo yo me quedaba todo el partido afuera, tenía un par de compañeros como Guido y Gonzalo que padecían lo mismo que yo y con ellos disfrutaba los comentarios del partido, totalmente ajenos a lo que pasaba dentro de la cancha. Nadie podía culparnos por una derrota, pero tampoco nos iban a agradecer por una victoria más que la que les contaba antes o aquella contra Arsenal, jugando de locales, donde también hice un gol, el del empate que siempre es el más dificil. Ese partido también me dio un poco de bronca, porque lo reemplacé a Gastón cuando se agotó y necesitó salir dos minutos a tomar agua. Entré, metí el gol para nivelar el partido, dí el pase para el tanto que nos puso arriba y los premios se los llevó el técnico. El muy hijo de puta tenía los créditos por haberme puesto. Él no fue a buscar el rebote al segundo palo ni asistió al negro para que haga el segundo. Nada de eso, solamente ordenó que entrara en calor y que me saque la pechera para suplantar a Gastón mientras él recuperaba aire.
Llega un momento que el banco te supera, te sentís atornillado a ese pedazo de madera donde empezás a perder la esperanza y la confianza en vos, dudás de tus habilidades y caes en la frustración o en la envidia, que es un poco peor. El técnico mira al banco y ve una oportunidad, un cambio drástico para el partido, por eso se lleva los premios cuando uno entra y la mete. El jugador ni en pedo ve una oportunidad en el banco; el jugador ve la ruina, la realidad más dura que le toca atravesar. Yo veía eso porque quería jugar. No toleraba estar sentado ahí mientras mis compañeros estaban corriendo y metiendo para ganar el partido. El año que salimos campeones experimenté una sensación mínima de importancia porque le hice esos dos goles a Argentinos en Paternal, pero si no hubiese sido por eso, no hubiera tenido un motivo real que me permitera asistir al asado que hizo Gastón en su casa para festejar. Todos admiraban mi voluntad y me definían como un referente dentro del plantel, pero es el premio consuelo para el boludo que tiene los pies redondos. Me decían capitán y no le dí la mano al árbitro ni para desearle suerte antes de los partidos, cuando nos hacía firmar la planilla. En el club me pusieron la cinta en el brazo una vez sola, fue cuando nos tuvimos que sacar sangre para el apto físico y me pegaron el algodón con la cinta de papel que usan los pintores.
Todas esas cosas te las enseña el banco, quizá por eso Gastón piense que el fútbol es fácil. Él nunca comió banco porque era dueño de unas cualidades admirables, él era quien decidía cuando sentarse. Nunca lo había pensado de esta manera, ¡qué flor de hijo de puta! Cuando no daba más, el tipo pedía el cambio y se sentaba al lado mío. Él ignoraba la magnitud de mi frustración, el gordo no la conoció tan de cerca. No se frustraba cuando estaba en el banco porque lo elegía. Entendía mi bronca cuando yo le contaba mi malestar por no entrar nunca, pero no podía ponerse en mi lugar porque al banco lo veía -y lo ve- como su refugio ante el cansancio. Yo no juego más, dejé el fútbol después de que salimos campeones, la excusa fue “retirarse con la gloria”. La gloria de qué, me pregunto ahora, si jugué menos que cuando mi vieja me ponía en penitencia. Alguno dirá que el fútbol me dejó a mi y también estará en lo cierto, es como el asunto del huevo y la gallina: nunca voy a saber que pasó primero, la única verdad es que hoy me quedan aquellas enseñanzas que me dio el banco de suplentes. Puedo decir que lo amo porque me mostró la lealtad y el compromiso, afirmo francamente que me inculcó la perseverancia para el resto de mi vida. Repudio fervientemente la envidia que me provocó, pero eso también es parte del crecimiento. Agradezco la frustración que me presentó, ya que me obligó a superar las adversidades de cada entrenamiento, semana a semana, tratando de reducir al máximo las limitaciones y buscando las habilidades que nunca encontré. Extraño esa esperanza, esa búsqueda de mis ojos a la mirada del técnico para que me mande a calentar, aunque maldigo esa equivocación de inclinarse por un compañero antes que por mí. Reconozco mis defectos, pero destaco mi compañerismo, porque eso también te lo da el banco. No solo alcanzar la botellita de agua, eso lo hace cualquier boludo, pero no todos animan al resto en un entretiempo, hay pocos que consuelan a los muchachos tras una derrota. Admiro mi capacidad para dar una charla motivacional en la previa de un partido del que no iba a formar parte a menos que Gastón se desquitara con siete goles y, una vez cocinado, ingrese en los últimos minutos.


El banco es perder, al menos para mí. Mirá si uno aprenderá de la derrota; me quedaron todos estos valores y nunca me desprenderé de ellos. Gastón no conoce todo eso, no sabe de que se trata. Como señalaba el gran Fontanarrosa: “Se aprende más en la derrota que en la victoria, pero prefiero esa ignorancia”.