Yo conozco la
frustración bien de cerquita. De adentro conozco yo la frustración.
No solo la frustración, también conozco la esperanza y la
confianza, la envidia y el resentimiento. No soy un sabio ni mucho
menos, pero estuve en el lugar justo al momento indicado.
Mi abuela dice que
las cosas uno las aprende viviendo y quizá tenga razón, pero yo eso
lo viví por el fútbol. Ojo que en la escuela aprendí un montón de
cosas y también conocí la frustración por reprobar un examen que
era una boludez teniendo la seguridad de que estudiando la noche
anterior iba a zafar. La envidia llegó a mi mucho antes que en el
fútbol, más o menos a los cuatro años, cuando a mi hermana le
regalaron la bicicleta celeste y a mí me tocó la roja con rueditas.
Entendí, ya más de
grande, que el colegio te dejaba muchos valores y amigos, pero el
fútbol más. Los entrenamientos me enseñaron lo que es el
sacrificio, después de un largo día, tener que ir a correr abajo de
la lluvia no lo recomiendo. A nadie le gusta ir a entrenar, todos
quieren jugar el domingo. A mi me gustaba mucho entrenar y tenía un
motivo. No era fanático de los piques cronometrados ni de las
flexiones de brazos al silbatazo del técnico, no me causaba gracia
tener que ejercitar el físico cuando lo único que quería era
patear la pelota. Me da una bronca cuando me acuerdo lo que
transpiraba todas las putas tardes bajo el sol o la lluvia y ni me
llamaban para los partidos. El gordo pajero ése, Gastón se llama,
no podía correr ni un rumor, pero como el tipo la tenía atada, no
necesitaba demostrar nada en los entrenamientos. Fue mi amigo toda la
vida, que no se malinterprete, lo conozco desde los seis años porque
hicimos toda la primaria y encima jugamos juntos casi hasta los
veinte. De chiquito era arquero porque no le gustaba correr, pero
cuando creció se dio cuenta que lo lindo del fútbol es hacer goles
y empezó a jugar arriba. Además, en cancha de cinco se hacen más
goles que en cancha grande y el arquero sufre más que testigo falso.
La cosa es que Gastón terminó jugando arriba y se cansó de hacer
goles. Su familia tiene una casa en Aguas Verdes, allá en la costa,
a diez kilómetros de San Bernardo, y nosotros siempre nos rajábamos
para allá. En realidad, el gordo se iba todas las vacaciones
escolares y me invitaba, pero yo al menos quince días decía
presente. Cada vez que llegaba, salíamos disparados a la playa con
una pelota y jugábamos uno contra uno. Lo tuve de hijo toda la vida,
terminábamos pateando penales cuando se hartaba de comerse caños y
él atajaba porque se dedicaba a eso, pero cuando se convirtió en
delantero todo cambió. Esos mano a mano pasaron a ser un monólogo
de él. Yo agarraba la pelota solo cuando se iba al mar y el gordo
pajero no quería ir a buscarla. Estaba más de dos meses practicando
jugadas nuevas para humillarme. El caradura decía que estaba
haciendo la pretemporada, ¡qué hijo de puta! Les juro que lo quiero
un montón, es un tipazo, pero el tan forro no tuvo mejor idea que
empezar a jugar arriba. Claro que de chico no lo sufría más que en
Aguas Verdes porque era una categoría menos, pero cuando pasamos a
la tercera división de All Boys y nuestras edades coincidían para
jugar juntos, me hizo comer banco.
Creo que acá es a
donde quería llegar en esta historia, al banco. Gastón fue mi nexo
con el tablón de madera tanto en estas líneas como en mi
adolescencia. Yo siempre había jugado de siete, pero al futsal se
juega con un pivot, nada de dos arriba porque te comen por los
costados. El pivot, que sería el nueve, tiene que ser corpulento y
debe poseer una técnica indescifrable para darse vuelta. Gastón esos requisitos los tenía y los tiene porque sigue jugando, yo no. Por eso estoy
escribiendo ésto, con un cigarrillo en la mano, y él está
descansando porque mañana tiene que entrenar para estar bien
físicamente al inicio del torneo.
Cuando hubo que
decidir entre Gastón y el resto, el técnico no dudó ni un instante
en elegir al gordo como titular. Al principio ni me llamaba para los
partidos, eso aumentaba mi ira y mi frustración, ya que uno siente
que no es valorado, que no se fijan en que se rompe el culo para
ganarse un lugar. A otras personas les puede pasar en un laburo, pero
les pagan por lo menos. A mi nadie me daba un carajo, ojo que a
Gastón tampoco porque el fútbol de salón en Argentina es amateur
-o eso dicen, porque algunos se la llevan-.
La esperanza la
conocí cuando el director técnico me llamó después de un
entrenamiento para hablar al lado de la cancha. Me felicitó por mi
esfuerzo en las prácticas y recalcó la importancia de un ejemplo
así para los demás compañeros, por eso me dijo que mi lugar en el
equipo, de ahí en más, lo iba a tener asegurado. Me dejó bien
clarito que el titular era Gastón, pero como premio a mi desempeño
en los entrenamientos, iba a ser un sustituto. En pocas palabras, me
estaba diciendo que no iba a jugar ni en pedo, pero necesitaba que
los otros pibes corran en la semana y no quería que yo me frustrara
y me fuera, porque era un modelo de perseverancia y sacrificio para
los más chicos. Debo reconocer que en ese momento las palabras me
gustaron, un halago del jefe a quién podría no gustarle, pero no me
conformaba.
En el primer partido
que integré el banco de suplentes, experimentaba una emoción
descomunal por entrar y hacer el gol del triunfo. Todos los que nos
sentamos en esa agonía de madera lo sabemos. Le digo agonía porque
pasaban los minutos y nunca me llamaba el técnico. Los cambios en
futsal son como en el básquet, mientras queden cinco tipos en
cancha, pueden entrar y salir cuantas veces lo decida el entrenador.
Gastón siempre salía a los diez minutos -cada tiempo dura veinte a
reloj parado- y volvía entrar cuando faltaban cinco. Claro, a los
mejores los tenés que poner lo máximo posible y que descansen lo
justo y necesario. Esos cinco minutos que salía, Gastón se sentaba
siempre al lado mío porque éramos muy amigos y porque yo le
alcanzaba rápido el agua. Cuando íbamos ganando, nos reíamos.
Cuando estábamos perdiendo, ni me hablaba. Así son las estrellas,
viste, pero yo lo conocía de hace mucho y sabía lo calentón que
era cuando perdía.
Es raro sentirse
ganador de un partido donde no entraste ni cuatro segundos, cuando lo
único que hiciste fue alcanzarle el agua al tipo que hizo los tres
goles. En la derrota es más fácil, porque te ocupás de consolar al
resto, a los transpirados, a los que tienen la cara roja de correr
bajo el techo de chapa en esas tardes de domingo.
Es verdad que
algunas veces he entrado para dar vuelta la historia, tengo el
recuerdo de aquel partido contra Argentinos Juniors que empatábamos
uno a uno de visitante -el gol lo había hecho Gastón, por supuesto-
cuando reemplacé al defensor que se había lesionado. Para ese
entonces ya jugaba de último hombre, porque tenía aceitado como
salir de la presión del rival y porque no tenía lugar en la
ofensiva del equipo. Ese partido entré e hice dos goles, me
felicitaron como al nene que cuenta su primer chiste o que dejó de
usar pañales. Fue una sensación rara; encontré satisfacción por
haber metido el gol del triunfo y uno más para asegurar el partido
por si las moscas, pero a la vez lamenté el hecho de que la lesión
de mi compañero no llevaría más de dos días y al partido
siguiente yo no jugaría ni por puta.
Esas cosas también
te las hace conocer el fútbol, más que nada te las brinda el banco.
Es digno de un resentido hijo de puta esperar que se lastime un
compañero para entrar, pero a veces no queda otra. No deseaba algo
grave, tampoco soy así, pero si le agarraba fiebre a alguno, si a
otro le caía mal el asado del sábado o uno que había salido la
noche anterior se quedaba dormido, me venía bien.
No solo yo me
quedaba todo el partido afuera, tenía un par de compañeros como
Guido y Gonzalo que padecían lo mismo que yo y con ellos disfrutaba
los comentarios del partido, totalmente ajenos a lo que pasaba dentro
de la cancha. Nadie podía culparnos por una derrota, pero tampoco
nos iban a agradecer por una victoria más que la que les contaba
antes o aquella contra Arsenal, jugando de locales, donde también
hice un gol, el del empate que siempre es el más dificil. Ese
partido también me dio un poco de bronca, porque lo reemplacé a
Gastón cuando se agotó y necesitó salir dos minutos a tomar agua.
Entré, metí el gol para nivelar el partido, dí el pase para el
tanto que nos puso arriba y los premios se los llevó el técnico. El
muy hijo de puta tenía los créditos por haberme puesto. Él no fue
a buscar el rebote al segundo palo ni asistió al negro para que haga
el segundo. Nada de eso, solamente ordenó que entrara en calor y que
me saque la pechera para suplantar a Gastón mientras él recuperaba
aire.
Llega un momento que
el banco te supera, te sentís atornillado a ese pedazo de madera
donde empezás a perder la esperanza y la confianza en vos, dudás de
tus habilidades y caes en la frustración o en la envidia, que es un
poco peor. El técnico mira al banco y ve una oportunidad, un cambio
drástico para el partido, por eso se lleva los premios cuando uno
entra y la mete. El jugador ni en pedo ve una oportunidad en el
banco; el jugador ve la ruina, la realidad más dura que le toca
atravesar. Yo veía eso porque quería jugar. No toleraba estar
sentado ahí mientras mis compañeros estaban corriendo y metiendo
para ganar el partido. El año que salimos campeones experimenté una sensación mínima de importancia porque le hice esos dos goles a Argentinos en
Paternal, pero si no hubiese sido por eso, no hubiera tenido un motivo real que me
permitera asistir al asado que hizo Gastón en su casa para festejar.
Todos admiraban mi voluntad y me definían como un referente dentro
del plantel, pero es el premio consuelo para el boludo que tiene los
pies redondos. Me decían capitán y no le dí la mano al árbitro ni
para desearle suerte antes de los partidos, cuando nos hacía firmar
la planilla. En el club me pusieron la cinta en el brazo una vez
sola, fue cuando nos tuvimos que sacar sangre para el apto físico y
me pegaron el algodón con la cinta de papel que usan los pintores.
Todas esas cosas te
las enseña el banco, quizá por eso Gastón piense que el fútbol es
fácil. Él nunca comió banco porque era dueño de unas cualidades
admirables, él era quien decidía cuando sentarse. Nunca lo había
pensado de esta manera, ¡qué flor de hijo de puta! Cuando no daba
más, el tipo pedía el cambio y se sentaba al lado mío. Él
ignoraba la magnitud de mi frustración, el gordo no la conoció tan
de cerca. No se frustraba cuando estaba en el banco porque lo elegía.
Entendía mi bronca cuando yo le contaba mi malestar por no entrar
nunca, pero no podía ponerse en mi lugar porque al banco lo veía -y
lo ve- como su refugio ante el cansancio. Yo no juego más, dejé el
fútbol después de que salimos campeones, la excusa fue “retirarse
con la gloria”. La gloria de qué, me pregunto ahora, si jugué
menos que cuando mi vieja me ponía en penitencia. Alguno dirá que
el fútbol me dejó a mi y también estará en lo cierto, es como el
asunto del huevo y la gallina: nunca voy a saber que pasó primero,
la única verdad es que hoy me quedan aquellas enseñanzas que me dio
el banco de suplentes. Puedo decir que lo amo porque me mostró la
lealtad y el compromiso, afirmo francamente que me inculcó la
perseverancia para el resto de mi vida. Repudio fervientemente la
envidia que me provocó, pero eso también es parte del crecimiento.
Agradezco la frustración que me presentó, ya que me obligó a
superar las adversidades de cada entrenamiento, semana a semana,
tratando de reducir al máximo las limitaciones y buscando las
habilidades que nunca encontré. Extraño esa esperanza, esa búsqueda
de mis ojos a la mirada del técnico para que me mande a calentar,
aunque maldigo esa equivocación de inclinarse por un compañero
antes que por mí. Reconozco mis defectos, pero destaco mi
compañerismo, porque eso también te lo da el banco. No solo
alcanzar la botellita de agua, eso lo hace cualquier boludo, pero no
todos animan al resto en un entretiempo, hay pocos que consuelan a
los muchachos tras una derrota. Admiro mi capacidad para dar una
charla motivacional en la previa de un partido del que no iba a
formar parte a menos que Gastón se desquitara con siete goles y, una
vez cocinado, ingrese en los últimos minutos.
El banco es perder,
al menos para mí. Mirá si uno aprenderá de la derrota; me quedaron
todos estos valores y nunca me desprenderé de ellos. Gastón no
conoce todo eso, no sabe de que se trata. Como señalaba el gran
Fontanarrosa: “Se aprende más en la derrota que en la victoria,
pero prefiero esa ignorancia”.