lunes, 23 de mayo de 2016

El Rosariazo

No era un día más en mi vida, yo lo sabía. Me desperté solo, si es que pude dormir en algún momento de aquella larga noche.
Mi vieja no me dejaba ir solo a Rosario, entonces Mariano -el padre de mi hermana- se ofreció a llevarme porque sabía que de alguna manera me las iba a arreglar para estar presente en la cancha.
Armamos unos mates y subimos al auto, aquel Polo '98 gris que fue testigo de todas mis emociones. El partido era a las tres de la tarde, pero salimos a las nueve de la mañana para llegar con tiempo de sobra; frenamos en la panadería, compramos una docena de facturas y emprendimos el viaje.
No pasaron diez minutos que Mariano me preguntó si yo tenía cigarrillos. Le contesté que sí, tenía un atado de Marlboro box que me iba a alcanzar. Me apostó que no y sacó de su campera dos atados más, explicándome que los iba a necesitar.
No habíamos llegado a la autopista que ya me había fumado cinco; los nervios los canalizaba en cada pitada.
- ¿Tenés miedo? - indagó Mariano.
- No, en absoluto.
- Dale, boludo, a mi no me mientas; te conozco – insistió.
- Sí, estoy re cagado. No tanto porque nos vayan a matar a la salida si ganamos, eso no me afectaría tanto, aunque quizá sí a la vieja. El tema es si perdemos, no soportaría estar tan cerca y no ascender – confesé.
“Para mí, hoy ganan” concluyó él, que tanto me conocía y me acompañaba. No hablé más, solo emitía palabra para pedirle fuego u ofrecerle un cigarrillo.
- ¡Qué cagado estás! - exclamó riéndose.
- No me entendés, boludo. Vos venís porque me querés acompañar para que mamá no hinche las pelotas, ya que sabía que iba a escaparme, pero no sentís lo mismo que yo. Imaginate si perdemos…
- Sí te entiendo, en el '95 fui a la misma cancha a ver el cabezazo del Gallego González. Sentía lo mismo que vos, esa incertidumbre de no saber que mierda iba a pasar, pero tenés que disfrutarlo -me aconsejó.
Para disfrutar existe el vino, pensaba yo, mientras descubría que la sensación que tenía se llamaba incertidumbre: no tenía certezas, ni confianza, ni seguridad. La esperanza me quedaba, nada más.
Casi llegando a Rosario me cayeron varios mensajes cuando el celular agarró señal: “Cuidate, Alu, ojalá ganen”, escribía mi vieja. “Les van a romper el orto”, aseguraba Axel. “Che, boludo, si ganan salí corriendo porque los van a matar”, me recomendaba Facundo.
Era verdad: si ganábamos, nos iban a matar. Ese presagio fue la razón por la cual Mariano no me permitió llevar la camiseta ni el pantalón de All Boys. No pensaba en nada, ni en la ropa ni en el final, solo quería ver rodar la pelota en el Gigante.
Llegamos a Rosario, fuimos a dar una vuelta por la costanera hasta que propuse ir a la cancha, no aguantaba más. Me fumé el último pucho que me quedaba y le agradecí a Mariano su anticipación. Ahí me di cuenta de dos cosas fundamentales: en primer lugar, el sabía lo que yo sentía, realmente me entendía. En segunda instancia, yo estaba re cagado, aún más de lo que pensaba.
Estacionamos el auto en una calle cualquiera a dos cuadras del estadio, caminamos y llegamos al ingreso visitante. Entramos; frente alta y respiración profunda. No había nadie, recién se abrían las puertas.
La gente empezó a llegar, la cancha tomaba color y el clima se cortaba con tijera. Nosotros no teníamos absolutamente nada que perder, ellos sí: la categoría. De repente, en un abrir y cerrar de ojos, no cabían más hinchas de Central. Estaba hasta las pelotas, parecía que tocaban los Stone. Los tres mil quinientos afortunados de All Boys que habíamos hecho cuatro horas de cola para conseguir nuestra entrada, estábamos ahí, cantando eufóricos. Comprendíamos que era una posibilidad única y el entusiasmo era contagioso.
Salieron ellos a la cancha y se me frunció el orto, disculpen la honestidad. Jamás vi tantos papeles juntos, seguramente habían deforestado el Parque Independencia. Gritaban y alentaban que daba miedo, literal.
Nuestro recibimiento fue excelente, pero sus cantos nos opacaron y pareció que nunca nos enteramos que nuestros once guerreros habían entrado al campo.
Ni bien comenzó el partido, se largó a llover. Era una mezcla de lluvia y meo de la tribuna de arriba, donde los canallas nos recibían de tal manera que hacía pensar que estaban en ayunas y con retención de orina.
Esa cancha era un festival auriazul hasta que apareció él: Marcelo Vieytes. Con un toque de zurda por arriba del arquero silenció a más de cuarenta mil tipos y sorprendió al país entero. Lo grité con todo mi ser, pero tenía más miedo que antes. Mientras más nos acercábamos a la hazaña, más cagado estaba. Me acuerdo que lo miré a Mariano que se había ubicado más arriba y con el pulgar en alto me tranquilizó, conocía cada gesto de mi cara.
Tiro libre para nosotros a cuarenta metros del arco. Yo estaba con el Zurdo, amigo de toda la vida y con quien compartí cada emoción del club de nuestros amores en cancha nuestra o donde nos tocara jugar.
- Campodónico -vaticiné.
- No seas mufa, pelotudo -me devolvió el Zurdo.
Después de un despeje, el arquero tapó un disparo y en el rebote se cumplió mi predicción. Una avalancha hizo que me caiga y no pueda gritar el gol tranquilo, aunque la tranquilidad no habitaba en mi hacía más de dos semanas. Me abracé con mi amigo y me largué en lágrimas. Estábamos más cerca que nunca, pero ahora el miedo iba desapareciendo.
Terminó el primer tiempo y ya no iban a tocar los Stone, parecía que iba a cantar Pavarotti. La gente de Central desbordaba de nervios y eso a nosotros nos enloquecía. Tras quince minutos saltando sin cesar, volvieron los jugadores. A medida que transcurrían los minutos, la cancha era un hervidero azul y amarillo, pero una fiesta blanca y negra.
En eso, cuando no pasaba nada en el partido, Vella sacó un remate que nunca antes había mostrado. La clavó en el segundo palo y todo fue un delirio. Ya éramos de primera, nadie iba a poder arrebatarnos el sueño.
Algunos hinchas de Central se fueron, otros putearon, unos pocos revolearon sillas y hubo bastantes personas que aplaudieron al equipo ganador.
Nosotros estábamos en la puta gloria; cantábamos, gritábamos, llorábamos, nos abrazábamos. Reíamos, festejábamos, nos volvíamos a abrazar y seguíamos cantando. No hay palabras que puedan describir las caras de los viejos que no veían en primera a All Boys hacía treinta años. No existe frase que explique la felicidad que teníamos.
Los jugadores se bajaron del alambrado y se fueron a los vestuarios, nosotros desalojamos la tribuna porque no teníamos otra opción. Al salir, las caras de los policías nos permitían identificar cuales eran de Central y cuales de Newell's.
Fuimos hasta el auto y recién ahí nos dimos cuenta que habíamos estacionado del lado canalla. El Zurdo, su padre y el hermano, junto con Mariano y yo bajamos la cabeza, nadie podía ver nuestra sonrisa dibujada. Teníamos que camuflarnos durante dos cuadras con ellos. Lo logramos y nos tiramos adentro del auto, Mariano arrancó arando y nos esfumamos cuando empezaban las corridas y los disturbios por parte de la parcialidad local.
Dejamos a la familia de mi amigo en el shopping de Rosario, donde tenían el auto. Quedamos en vernos en la cancha de All Boys para festejar. Mi gran compañero de hazaña, el padre de sangre de mi hermana y mi viejo por elección, me ofreció ir a tomar un fernet al bar de Messi, pero rechacé la propuesta porque quería festejar en Floresta con mis amigos que no habían podido viajar.
De regreso nos agarró la caravana de los leprosos, quienes festejaban y presentaban al tan temido fantasma de la “B”. Fue un show: ahí comprendí el fútbol que se transpira en Rosario, vi en imágenes lo que describía Fontanarrosa en sus cuentos inigualables.
Salimos a la autopista y me quedé dormido; desperté en el barrio con los bocinazos. Llegué a mi casa, cené rápido y me fui para la cancha. Le agradecí a Mariano y nos fundimos en un abrazo, uno de esos que nunca se olvidan.
Caminé por la avenida Jonte, me crucé con unos amigos y nos quedamos esperando a los jugadores que estaban volviendo, mientras compartíamos unas cajas de vino Marolio. En esa época no conocía el buen vino y todavía no éramos amigos como hoy, pero compartimos esa y otras alegrías.
Llegaron los héroes en un micro descapotable, entraron a la cancha para que pudiéramos festejar todos juntos y sacarnos las fotos que quisiéramos.
La lluvia era cada vez más fuerte, el pasto lo habíamos arrancado entre todos y el barro abundaba. Después de festejar durante horas, los jugadores se fueron y nosotros los seguimos. Las doce cuadras que separan a mi casa de la cancha, las hice cantando y salticando. No entraba en mí, la felicidad era más grande que yo.
Todavía me acuerdo del miedo de la ida, la satisfacción de la vuelta; la euforia en la tribuna, el delirio en el pasto; el llanto en Rosario, el festejo en Floresta. Jamás se me borrará el cabezazo de Matos y el empate de Burdisso; las lágrimas de Solchaga, el puño en alto de Cambiasso y la sonrisa de Pepe Romero.
Hoy la realidad es más terrenal: peleamos por mantenernos en la segunda categoría, atrás quedaron los triunfos a los cinco grandes. Nos conformamos con ganarle a Chicago después de quince años y salvar al club que quedó devastado después de una lacra que nos manejó durante una década -aunque también, la verdad sea dicha, armó el plantel de guerreros que tantas alegrías nos dio-.
Hicimos historia y yo la viví, la disfruté como me recomendó Mariano y pude compartirla con él. Algún día le voy a hablar a mis hijos del “Rosariazo”, del silencio de cuarenta mil tipos, de Matos, de Zárate, de Campodónico, de Vieytes, de Panceri, de Soto, de Madeo, de Fayart, de Cambiasso, de Sánchez, de Stefanatto, de Solchaga, de Vella, de Pérez García, de Perea, y -por supuesto- de Romero: el artífice de la felicidad.


lunes, 16 de mayo de 2016

Mi único héroe

En este mundo hay personas que te cambian la vida. Me refiero a aquellos que te hacen crecer, ésos que con su bondad iluminan tu alma. Él era así. Era bueno, era humilde, era honesto; era transparente, era extrovertido; era único.
Yo era muy chico, tanto que no entendía porque era mi héroe, quizá ahora comience a entenderlo. Me llevaba unos años de diferencia y por eso me veía reflejado en él. Además, lo admiraba por su predisposición a jugar siempre conmigo, a buscarme, a regalarme su tiempo. Hoy en día, que solo me quedan estos recuerdos de su persona, me pongo a pensar que este sentimiento va más allá. Él me mostró algo que jamás nadie me había presentado: una cancha de fútbol redonda. Sí, redonda.
Nosotros jugábamos en una escondida rotonda del barrio Uno. Un garage de rejas blancas y despintadas se disfrazaba de arco para que nosotros pudiéramos patear durante todo el día. Tal vez mis imágenes estén alteradas por la connotación emotiva de mi memoria, pero puedo jurar por él que ahí éramos felices los dos.
El fútbol es mi pasión y no quisiera que se acabe; esa cancha era ideal. A menos que el remate se desviara en el cordón de la vereda y la pelota se fuera por los cielos fríos de Ezeiza, era imposible que se detuviera el juego. Éramos -lo soy todavía- amantes del buen fútbol: la pelota al piso, abajo de la suela. Cuando no jugábamos uno contra otro, le hacíamos partido a otros dos que, automáticamente, se convertían en víctimas. Había un solo arco, los cuatro atacábamos y defendíamos lo mismo, pero la diferencia -como en casi todo- radicaba en el amor. Teníamos una conexión sideral, de otra galaxia. Nuestras almas y nuestros pies, formaban un único protagonista. Nos pasábamos la pelota como si fuese la cerveza que jamás nos pudimos tomar, nos defendíamos como en una pelea que nunca existió, nos reíamos como si no conociéramos el futuro arrebatado.
Lo lindo de esa cancha, además de compartirla con él, era la infinidad. La frustración de que podías correr y jamás alcanzar el arco, la gracia de tener que volver a pasar al mismo jugador más de dos veces para poder convertir. Uno nunca quiere que terminen los momentos felices y esa era la magia que tenía esa cancha. Nunca terminaba, no había un árbitro que dé el pitazo final ni una madre invasiva que nos llamara a comer. El partido terminaba cuando el sol y nosotros nos poníamos de acuerdo.
No tengo duda alguna de que lo considero mi héroe por haberme presentado la inmensidad. Su sinceridad y su bondad eran infinitas como la rotonda; su orgullo y su honor eran inquebrantables como la despintada reja blanca que defendíamos. Su amor y su prestancia eran inigualables como la pelota; su voz y su sonrisa eran apasionadas como el grito de gol. Su abrazo -que cuanta falta me hace- era el estado de confort más noble en el que estuve algún día.
Quizá nunca juguemos otro partido de aquellos, tal vez no se repitan esas tardes corriendo en círculo sin la existencia del cansancio. Probablemente no nos encontremos de nuevo porque no sé que habrá después y no conozco en que lugar estará, pero estoy seguro de que nunca me voy a olvidar de él. Me formó como jugador y como persona; me cuidó como mi hermano mayor y mi capitán; me halagó como mi amigo y mi técnico.

Me demostró con ejemplos lo que quiero ser en esta vida, me inculcó con amor los valores que pregono. A modo de agradecimiento, reconocimiento y lealtad, lo llevo tatuado en mi derecha -esa que sufr y festejó- con una frase que no es de mi autoría, pero siempre me llevará a él: Mi único héroe.