lunes, 16 de mayo de 2016

Mi único héroe

En este mundo hay personas que te cambian la vida. Me refiero a aquellos que te hacen crecer, ésos que con su bondad iluminan tu alma. Él era así. Era bueno, era humilde, era honesto; era transparente, era extrovertido; era único.
Yo era muy chico, tanto que no entendía porque era mi héroe, quizá ahora comience a entenderlo. Me llevaba unos años de diferencia y por eso me veía reflejado en él. Además, lo admiraba por su predisposición a jugar siempre conmigo, a buscarme, a regalarme su tiempo. Hoy en día, que solo me quedan estos recuerdos de su persona, me pongo a pensar que este sentimiento va más allá. Él me mostró algo que jamás nadie me había presentado: una cancha de fútbol redonda. Sí, redonda.
Nosotros jugábamos en una escondida rotonda del barrio Uno. Un garage de rejas blancas y despintadas se disfrazaba de arco para que nosotros pudiéramos patear durante todo el día. Tal vez mis imágenes estén alteradas por la connotación emotiva de mi memoria, pero puedo jurar por él que ahí éramos felices los dos.
El fútbol es mi pasión y no quisiera que se acabe; esa cancha era ideal. A menos que el remate se desviara en el cordón de la vereda y la pelota se fuera por los cielos fríos de Ezeiza, era imposible que se detuviera el juego. Éramos -lo soy todavía- amantes del buen fútbol: la pelota al piso, abajo de la suela. Cuando no jugábamos uno contra otro, le hacíamos partido a otros dos que, automáticamente, se convertían en víctimas. Había un solo arco, los cuatro atacábamos y defendíamos lo mismo, pero la diferencia -como en casi todo- radicaba en el amor. Teníamos una conexión sideral, de otra galaxia. Nuestras almas y nuestros pies, formaban un único protagonista. Nos pasábamos la pelota como si fuese la cerveza que jamás nos pudimos tomar, nos defendíamos como en una pelea que nunca existió, nos reíamos como si no conociéramos el futuro arrebatado.
Lo lindo de esa cancha, además de compartirla con él, era la infinidad. La frustración de que podías correr y jamás alcanzar el arco, la gracia de tener que volver a pasar al mismo jugador más de dos veces para poder convertir. Uno nunca quiere que terminen los momentos felices y esa era la magia que tenía esa cancha. Nunca terminaba, no había un árbitro que dé el pitazo final ni una madre invasiva que nos llamara a comer. El partido terminaba cuando el sol y nosotros nos poníamos de acuerdo.
No tengo duda alguna de que lo considero mi héroe por haberme presentado la inmensidad. Su sinceridad y su bondad eran infinitas como la rotonda; su orgullo y su honor eran inquebrantables como la despintada reja blanca que defendíamos. Su amor y su prestancia eran inigualables como la pelota; su voz y su sonrisa eran apasionadas como el grito de gol. Su abrazo -que cuanta falta me hace- era el estado de confort más noble en el que estuve algún día.
Quizá nunca juguemos otro partido de aquellos, tal vez no se repitan esas tardes corriendo en círculo sin la existencia del cansancio. Probablemente no nos encontremos de nuevo porque no sé que habrá después y no conozco en que lugar estará, pero estoy seguro de que nunca me voy a olvidar de él. Me formó como jugador y como persona; me cuidó como mi hermano mayor y mi capitán; me halagó como mi amigo y mi técnico.

Me demostró con ejemplos lo que quiero ser en esta vida, me inculcó con amor los valores que pregono. A modo de agradecimiento, reconocimiento y lealtad, lo llevo tatuado en mi derecha -esa que sufr y festejó- con una frase que no es de mi autoría, pero siempre me llevará a él: Mi único héroe.

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