En
este mundo hay personas que te cambian la vida. Me refiero a aquellos
que te hacen crecer, ésos que con su bondad iluminan tu alma. Él
era así. Era bueno, era humilde, era honesto; era transparente, era
extrovertido; era único.
Yo
era muy chico, tanto que no entendía porque era mi héroe, quizá
ahora comience a entenderlo. Me llevaba unos años de diferencia y
por eso me veía reflejado en él. Además, lo admiraba por su
predisposición a jugar siempre conmigo, a buscarme, a regalarme su
tiempo. Hoy en día, que solo me quedan estos recuerdos de su
persona, me pongo a pensar que este sentimiento va más allá. Él me
mostró algo que jamás nadie me había presentado: una cancha de
fútbol redonda. Sí, redonda.
Nosotros
jugábamos en una escondida rotonda del barrio Uno. Un garage de
rejas blancas y despintadas se disfrazaba de arco para que nosotros
pudiéramos patear durante todo el día. Tal vez mis imágenes estén
alteradas por la connotación emotiva de mi memoria, pero puedo jurar
por él que ahí éramos felices los dos.
El
fútbol es mi pasión y no quisiera que se acabe; esa cancha era
ideal. A menos que el remate se desviara en el cordón de la vereda y
la pelota se fuera por los cielos fríos de Ezeiza, era imposible que
se detuviera el juego. Éramos -lo soy todavía- amantes del buen
fútbol: la pelota al piso, abajo de la suela. Cuando no jugábamos
uno contra otro, le hacíamos partido a otros dos que,
automáticamente, se convertían en víctimas. Había un solo arco,
los cuatro atacábamos y defendíamos lo mismo, pero la diferencia
-como en casi todo- radicaba en el amor. Teníamos una conexión
sideral, de otra galaxia. Nuestras almas y nuestros pies, formaban un
único protagonista. Nos pasábamos la pelota como si fuese la
cerveza que jamás nos pudimos tomar, nos defendíamos como en una
pelea que nunca existió, nos reíamos como si no conociéramos el
futuro arrebatado.
Lo
lindo de esa cancha, además de compartirla con él, era la
infinidad. La frustración de que podías correr y jamás alcanzar el
arco, la gracia de tener que volver a pasar al mismo jugador más de
dos veces para poder convertir. Uno nunca quiere que terminen los
momentos felices y esa era la magia que tenía esa cancha. Nunca
terminaba, no había un árbitro que dé el pitazo final ni una madre
invasiva que nos llamara a comer. El partido terminaba cuando el sol
y nosotros nos poníamos de acuerdo.
No
tengo duda alguna de que lo considero mi héroe por haberme
presentado la inmensidad. Su sinceridad y su bondad eran infinitas
como la rotonda; su orgullo y su honor eran inquebrantables como la
despintada reja blanca que defendíamos. Su amor y su prestancia eran
inigualables como la pelota; su voz y su sonrisa eran apasionadas
como el grito de gol. Su abrazo -que cuanta falta me hace- era el
estado de confort más noble en el que estuve algún día.
Quizá
nunca juguemos otro partido de aquellos, tal vez no se repitan esas
tardes corriendo en círculo sin la existencia del cansancio.
Probablemente no nos encontremos de nuevo porque no sé que habrá
después y no conozco en que lugar estará, pero estoy seguro de que
nunca me voy a olvidar de él. Me formó como jugador y como persona;
me cuidó como mi hermano mayor y mi capitán; me halagó como mi
amigo y mi técnico.
Me
demostró
con ejemplos lo que quiero ser en esta vida, me inculcó
con amor los valores que pregono. A modo de agradecimiento,
reconocimiento y lealtad, lo
llevo tatuado en mi derecha -esa que sufrió
y festejó-
con una frase que no es de mi autoría, pero siempre me llevará a
él:
Mi único héroe.
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