La
coincidencia, por definición, es la ocurrencia de dos personas o
cosas en un mismo espacio, aunque también puede atribuirse a la
igualdad de intereses. La coincidencia, tomándola como un ente con
vida propia, es un tanto ambigua: logra atraer o aburrir. La
sensación de estar en la misma sintonía, despierta en uno y en otro
un interés único. Sin embargo, puede llegar a tornarse tedioso el hecho
de concordar; figúrese: si en una conversación, dos personas tienen
la misma opinión, seguramente esa charla no supere el minuto. En
cambio, si la coexistencia radica en los gustos o en las pasiones, la
relación gana armonía y fomenta la fascinación.
El
problema está cuando un hombre transita la misma frecuencia que una
hermosa mujer. Si el motor de ambas vidas -léase las pasiones y los
sueños- coinciden, probablemente desencadene en el enamoramiento.
Ahora bien, si ambas personas están cerradas a enamorarse por la
razón que fuese, la coincidencia también diría presente y ahí
estará la otra cuestión: queremos lo mismo, sentimos lo mismo, nos
une lo mismo. La coincidencia lleva a la unión, en el ámbito que
sea y por más opuesto que resulte. Por ejemplo, cuando un equipo de
fútbol coincide en aspiraciones, termina por formarse un grupo unido
que pregona por determinado fin.
Si
hay un pacto entre dos, por más tácito que sea, hay una
coincidencia; hay una unión. Este puño sensible admite temerle a
las coincidencias, como así también a las mujeres hermosas. ¿De
dónde viene ese temor? Siguiendo con la lógica de que el miedo es
la vara con la que se mide la magnitud de nuestras acciones, el
pánico a las coincidencias podría suponerse como el miedo a
enamorarse por el simple hecho de corresponder, aunque no haya pavor
más ridículo que ése.
Se
cree, vulgarmente, que la coincidencia es algo casual, un hecho no
premeditado. Hay que desmitificar ésto, ya que cuando de dos
personas se trata, es fácil determinar que a una le atraen los
valores de la otra y, en el mejor de los casos, viceversa. Si
coincidimos en que Gago es más tierno que el gato con botas,
podríamos notar una igualdad de pareceres: los dos pensamos que es
frágil porque el concepto de fragilidad reconoce una falta de
entrega o una inexistente determinación en momentos límites. Quizá otros piensen que fue casualidad que el mismo jugador -siete meses
después- repita la lesión en un partido muy similar, cuando todavía
no entraba en la verdadera acción. Quien inocentemente crea en que
la coincidencia es hermana de la casualidad, seguramente prenda la
televisión para no indagar acerca de este mundo en el que -por
suerte o por desgracia- habita. La coincidencia va más allá; busca
entrelazar dos cabezas en pos de una idea o una suerte de verdad. La
verdad nadie la tiene comprada, seguramente se deba a que nadie la haya
vendido, aunque muchos inviertan en vender sus verdades para que
otros, como escapatoria o falsa satisfacción, terminen por
comprarlas.
Eso
es la coincidencia: el reflejo de dos almas en los mismos valores; la
unión de dos mentes en búsqueda de la libertad. La libertad está
en nuestras cabezas, será un placer coincidir con alguien que así
lo crea.