miércoles, 27 de julio de 2016

El problema está en el medio

Hace un poco más de dos años que dejamos de jugar el torneo de los sábados en cancha de siete, debido a que la formación 3-2-1 no daba buenos frutos y fue más fácil renunciar que encontrarle la vuelta. Teníamos que correr mucho y ésto atentaba la integridad física de los jugadores para la noche de boliche. Yo no era de los que iba a bailar, pero tampoco me gustaba correr, así que no tuve más opción que abandonar a la par de mis compañeros y amigos.
El Chispu, nuestro mariscal de la defensa, después de cada derrota decía lo mismo: “El problema está en el medio”. La primera vez que largó esa frase, todos asentimos porque coincidíamos en que los delanteros no habían bajado, los defensores no habían tenido claridad para salir jugando y el mediocampo había quedado descubierto y desarticulado. El único que reaccionó aquella vuelta fue mi primo Rodrigo que se enojó porque era uno de los dos mediocampistas y había tomado de manera personal el comentario. Todas las veces que perdimos después de ese día, El Chispu le recordaba la falencia: “El problema está en el medio, Monguito” y era motivo de risa en un plantel cada vez menos abatido por el resultado.
Hoy en día Rodrigo está viviendo en Barcelona y cada vez que perdemos en el nuevo torneo, ya no se escucha esa expresión.
No sé bien si es porque se suele valorar aquello que se tiene cuando se pierde, pero ese enunciado todavía me hace ruido. Si sacáramos el fútbol, se podría aplicar a la vida, siempre y cuando entendiéramos al medio como el equilibrio, lo justo. Entonces, el problema definitivamente está en el medio. El mundo no está equilibrado y pareciera que la justicia no existe.
Al reflexionar sobre ésto, surge el primer cuestionamiento: ¿Quién y por qué imparte justicia? Sumergido en la utopía de un mundo con valores positivos tales como la verdad, el amor, la libertad, la humildad, la igualdad, la honestidad, el reconocimiento y la solidaridad, es sencillo imaginar que la justicia decantaría como un acto del hombre noble, de la pureza del ser. Si llegamos a esta realidad es porque se preponderó el dinero, el poder, la envidia, la soberbia, la mentira, la codicia o, simplemente, el capitalismo.
En el mundo utópico que menciono, no habría un sistema judicial, no existirían los abogados ni los jueces, no tendrían razón de ser los políticos como personas que poseen un cargo público, solo tendrían lugar los que piensen en mejorar las condiciones de vida sin intereses personales más que la felicidad y la transparencia. Cuesta imaginarse que no tengan espacio estas funciones en la cotidianidad, pero se debe a que prevaleció el desarrollo económico sobre el bienestar de las personas. Sin embargo, todavía podemos entender que no es necesaria la intervención ajena cuando la justicia la imparte una comunidad: en un partido de fútbol entre amigos no hay árbitros y, mucho menos, jueces de línea. Los hay, en efecto, en los torneos porque hay interés; un equipo quiere vencer al otro, básicamente lo que insta el capitalismo. En los picados, se prescinde del referí porque en un grupo hay valores predominantes como la sinceridad, aunque también están los roles que exponen las influencias de la sociedad de consumo: siempre estará el que cobre cualquier cosa y el que saque ventaja en cada jugada dudosa, técnicamente el rol que cumple un abogado en nuestros días.
El símbolo de la justicia es una balanza, aunque paradójicamente está abajo el platillo que más peso tenga. En la actualidad es al revés; quien más tiene, más escala. Si ubicáramos a las personas de un lado u otro de la báscula, ahí si tendría justificación: son muchos los que están abajo y pocos los que se hallan arriba. La confusión aparece cuando notamos que tiene más peso la multitud que está abajo, pero las escasas personas que administran el poder se encargan de que allí sigan durmiendo y no puedan subir.
El Chispu no estudió sociología y no pregona el comunismo, pero logró -sin intención- hacer una construcción social: los de arriba no quieren bajar y los de abajo no tienen claridad ni posibilidades de subir; es por ésto que el equilibrio se rompe, que la sociedad queda desarticulada y desprotegida. Cuánta razón tenía mi amigo, el problema está en el medio, pero no es por culpa de mi primo.


miércoles, 13 de julio de 2016

Centro pasado

Con Lucas somos amigos desde hace más de diez años, casi toda una vida. Nos conocimos en Pacífico, el pequeño club de barrio que supimos llevar a lo más alto.
Yo venía de Racing, frustrado porque no podía jugar más con mis compañeros de siempre; él jugaba de siete en el equipo que me recibió con los brazos abiertos.
Dos fechas después de mi llegada, Lucas pasó al banco. Al poco tiempo, volvió a la titularidad para jugar de dos y no irse nunca más. Supo ser un digno delantero, pero se convirtió en un excelentísimo defensor.
Hoy en día tenemos una amistad que va más allá de aquellos partidos de fútbol; hoy compartimos vinos, nos prestamos libros, discutimos acerca de política y deporte, nos recomendamos autores y asistimos a eventos nocturnos que están más cerca del comunismo que de un par de tetas.
Lucas es un pibe bueno, dentro de todo sano, pero no tiene memoria: puede contar la misma anécdota cuatro veces en dos semanas o, peor aún, anunciar una novedad a lo largo de un mes. Tratamos temas recurrentes como el capitalismo, las mujeres, la educación, la literatura y el fútbol, pero hay un tópico que predomina hace más de nueve años: un gol.
No fue cualquier gol, fue el gol de Lucas a Parque. Según su hipótesis, tuvo lugar en la segunda fecha de un torneo que nos midió con el temible equipo de la calle Marco Sastre. Nosotros, los de Santo Tomé, les teníamos bronca porque ellos se jactaban de que muchas estrellas del fútbol profesional habían salido de ese club.
Aquella tarde ganamos 2-0, pero todavía no podemos determinar que gol fue primero, solo sabemos que hicimos uno cada uno. Hace pocos días me confesó que su gol debe haber abierto el marcador porque si el equipo hubiese estado en ventaja, él no habría ido a buscar el córner. Es una deducción lógica, ya que es una persona que hasta en la Playstation le grita a los laterales para que no pasen al ataque cuando van ganando.
La cosa es que yo empalé la pelota y Lucas, después de sortear al defensor rival con un amague, cabeceó al segundo palo. Nos abrazamos porque el pizarrón de los pobres le había ganado a la historia de los ricos; el laboratorio de Santo Tomé y Joaquín V. González había encontrado la fórmula para derrotar a los conservadores de la plaza Aristóbulo del Valle.
Una vez por mes, la verdad sea dicha, nos acordamos de ese gol. Cada vez con más detalles tales como que Lucas jamás cerró los ojos durante el frentazo o que yo levanté la mano anunciando la profesía. Todo verso.
Después de reírnos y llenar nuestra copa de vino -otra vez-, siempre llegamos a la misma conclusión: hay momentos que uno vive de chico y, en verdad, no tiene real dimensión de lo que sucedió.
Sin embargo, aunque le buscamos la vuelta cada miércoles tinto, no logramos precisar qué hace que nuestra memoria enaltezca las pequeñas y vagas acciones de la vida, aunque éstas nos hayan marcado a fuego. ¿Será que todo tiempo pasado fue mejor? Es una teoría básica, roza lo vulgar para nuestras cabezas amplias y es una frase que nuestros labios violetas no podrían pronunciar por lo simple que suena. Nos proponemos, semana tras semana, ir un poco más allá. Quitarnos el velo, romper un esquema, acercarnos a la verdad. Tal vez parezca de borrachos o de drogadictos tanta filosofía con una premisa tan inconsistente como: centro pasado y cabezazo certero.
Lo que sucede es que nos hemos encausado en la problemática de que las personas recuerdan al pasado como algo increíble e inalcanzable, el famoso tren que no volverá pasar, a pesar de que lo tomemos para ir al trabajo todos los días y sigamos repitiendo esa frase patética. Creemos que esas vivencias son las experiencias que forjan nuestro crecimiento como individuos, aunque la nostalgia de lo que pasó nos invada una y mil veces.
¿Será que yo nunca volveré a empalar una pelota de esa forma y él jamás repetirá tal testarazo? El común de las personas añora un determinado momento porque sabe que no ocurrirá de nuevo; ésto le impide notar que, de otra manera y en diferentes circunstancias, vivirá un hecho de igual o mayor trascendencia para su vida.
¿Cómo puede ser que no recordemos nuestra primera práctica juntos, pero sí aquel gol? ¿Por qué no tenemos imágenes de la charla técnica y conservamos el retrato de la pelota entrando? ¿Con qué método nuestra memoria decide qué momento guardar y cuál borrar?
Son planteos que nos hacemos y, todavía, no tienen respuesta. No pretendemos obtener la verdad, en primer lugar porque no la consideramos categórica y, en segunda instancia, porque sería aburrida la próxima noche que nos una.
El otro día le conté que fui a ver jugar a mi primito y me comí el embole de mi vida. De inmediato, resolvimos que el fútbol de antes no es el de ahora: nosotros jugábamos al sapo antes de cada entrenamiento; los pendejos de hoy tienen grupo de wasap y coordinan a qué hora se encontrarán.
Nosotros nos juntamos a tomar vino, pero también competimos para ver quien recuerda más números de teléfono, como se llamaba tal o cuál famoso, retamos al otro a que nombre todos los centrales pelados que jugaron en el fútbol argentino.
Ahí es cuando reflexionamos y ponemos en tela de juicio al pasado. ¿Qué hace que siempre volvamos a él? ¿La felicidad que tuvimos otrora, no la podemos encontrar mañana?
Yo intento convencerlo todos los miércoles que el jueves va a ser mejor, pero peor que el viernes. Él se empeña en refutar mi posición y bajarme a tierra, sosteniendo que después de un sábado de gloria, indefectiblemente llega un domingo de hastío y resaca.
Nuestras posturas suelen ser antagónicas, pero confluyen en la búsqueda de luz. ¿Lo imposible del pasado hace que lo anhelemos? ¿Si pudieran repetirse esos momentos, tendrían tanto valor? ¿Cuándo fue que el pasado dejó de ser presente? ¿Ese cabezazo, si hubiese pegado en el palo, estaría en nuestra retina?
Si bien un gol de cabeza no es frecuente en el papi fútbol, creo entender qué nos atrae tanto de esa conquista: el centro pasado. No porque haya sido preciso, nada de eso. Sino porque corresponde a que el núcleo de nuestras vidas, el centro, lo más puro, sea el pasado. ¿Eso es así o nos lo impusieron?
Mi nueva teoría define que hay una conspiración, la cual produce un efecto de retrospección en nuestras cabezas y estanca nuestros pensamientos en lo sucedido. Este disparate puede tener sentido: si una persona permanece en los recuerdos de lo que vivió, difícilmente logre crecer y eso es lo que busca el sistema. Alguien que concentra sus energías en experiencias pasadas, jamás podrá enfocarse en nuevos logros y ésto beneficia a los poderosos que buscan anular al resto, ya que si alguien añora el pasado e imagina el futuro, no vive el presente.


domingo, 10 de julio de 2016

Hoy, 27-06-2016

Hoy me desperté y lloré, claro que lloré. ¿Quién fue el mentiroso que dijo que los hombres no lloran? Lloré y mucho; mucho y muy fuerte. Lloré con angustia y con decepción, pero también lloré con resignación y dolor. No lloré por un partido de fútbol, ya no suelo hacer esas cosas. Lloré por el mundo en el que me tocó vivir, éste que trato de cambiar todos los días para que no les toque a mis hijos.
Hoy no hice nada para cambiarlo, quizá por eso escriba estas líneas. Cada vez que me levanto de la cama, vivo para reír y pensar; para hacer pensar y hacer reír. Hoy no hice eso. Hoy cumplí con mis obligaciones y hasta por ahí nomás. Comprobé que Chaplín tenía razón: un día sin risa, es un día perdido. Hoy perdí un día y como me arrepentí, vuelco mis emociones acá.
Hoy no tengo fuerzas ni ganas de reírme, no me sale y no quiero. Sería un hipócrita si me riera, con tantas lágrimas que derramé esta mañana. Estoy decepcionado, pero no con la selección Argentina y mucho menos con sus jugadores, me siento así por todas las personas que habitan este planeta y por quienes lo dirigen.
Escuché y leí a mucha gente hablar de fracaso, cuando ni siquiera tienen un sueño en esta vida. Se atrevieron a mencionar la gloria aquellos que no miran a los ojos. Comentaron acerca de las ganas de los demás, cuando la rutina se comió sus objetivos personales.
Hoy lloré porque noté que este mundo se empeña en que siempre falte algo. Al que terminó el secundario, le falta el título universitario. Al que se compró un auto, le falta el 0km. Al que se fue a vivir con su pareja, le falta comprarse la casa. Al que se compró la casa, le falta casarse y tener hijos. Al que tuvo hijos, le falta conocer a sus nietos. Creo que ésto es una conspiración capitalista para ir siempre por algo más, comprar lo que quieren que compremos, necesitar algo innecesario.
Hoy lloré porque sentí que la gente común no valora y eso le impide disfrutar. No abundan los que se ponen en el lugar de otro, pero sobran los que juzgan desde el sofá de sus casas.
¿Quién tiene la vara para juzgar los sentimientos de los demás? ¿Quién compró el esfuerzómetro? ¿Quién se cree capaz de condenar a otro por un resultado?
Hoy lloré porque entendí que se considera éxito al triunfo. Seré un iluso que cree poder cambiar la visión de las personas, pero seguiré intentándolo porque -para mí- la magia está en el truco y no en el desenlace. El éxito, por definición, es el resultado feliz de algo. El éxito puede ser el triunfo, claro, pero no necesariamente. El éxito también es tener sueños e ir tras ellos, alimentar las pasiones que habitan en nosotros, abrazar y amar a los nuestros. El éxito es sostener la mirada, decir la verdad siempre, dar sin esperar algo a cambio.
Hoy lloré porque no se disfruta lo que se tiene. Tenemos al mejor jugador del mundo, pero le falta una copa. Tenemos el país más rico, pero le falta el mar calentito. Tenemos las mujeres más hermosas, pero falta la miss mundo. En lugar de cuidar, admirar y gozar lo que formamos y tenemos, nuestra sociedad prefiere anhelar lo que falta.
¿Cuán feliz puede ser una persona que se fija en lo que le falta? ¿No sería mejor valorar lo que se tiene y luchar por lo que se quiere? ¿Los sueños son para cumplirlos o para caminar? ¿Para qué existen las pasiones?
Esas preguntas me invaden y hoy lloré porque no todos se cuestionan así. Es más fácil notar la miseria propia en el otro, es más cómodo criticar a los grandes que intentar crecer.
Es muy difícil ser uno mismo y tener autocrítica, pero otro cuestionamiento se apodera de mí: ¿Todos somos lo que queremos ser?
Hoy lloré porque Messi decidió dejar la selección, pero más lloré porque nadie se cuestiona las cosas. Para la mayoría, la vida está dada, porque es más simple dejar todo así como está.

Hoy lloré porque sentí que mi aporte a esta nación es débil, no por el contenido, sino por los receptores. A los que lean ésto, les pido disculpas si se sienten subestimados, no es con ustedes. Es con los demás: con los que no leen, los que no piensan, los que no se cuestionan, los que no valoran, los que no disfrutan, los que no entienden y aún así opinan; porque la opinión es como el culo, todos tenemos una, pero la capacidad de ver las cosas y ponerse en los pies del otro, la tenemos pocas personas.  

Regalo del cielo

Toda mi vida soñé con ese día, hasta que sucedió. Años de ir a la cancha, de llegar entusiasmado y de volver con el ánimo por las nubes o el piso, según el resultado, pero con la esperanza de que me toque a mí. Aquella tarde no la voy a olvidar nunca en mi vida, se lo contaré a mis hijos para que confíen en que les puede pasar a ellos también, solo bastará con que estén atentos y bien ubicados.
No hablo de un campeonato, esas son utopías para los clubes chicos. Esa tarde de sol radiante, me cayó la pelota desde los cielos; la agarré, la abracé y la pateé por arriba del alambrado. Imaginé durante toda una vida como sería ese momento: iba a patearla con un derechazo certero, sin posibilidad de que muera del lado de la tribuna y otro afortunado convierta mi momento de gloria en un recuerdo doloroso e imborrable.
Yo siempre me acomodo en los escalones de arriba en la tribuna solo porque se ve mejor, pero ese día bajé a saludar a Lucas, un ex compañero de trabajo con el que nos habíamos dejado de ver. El partido era un somnífero para quien lo veía por televisión y un bodrio para los que estábamos en la cancha. De repente, como por arte de magia, nuestro central derecho hizo desaparecer la pelota.
- ¡Qué burro hijo de mil putas! -exclamó Lucas.
- Así estamos -largué yo.
Hasta que empezó a bajar como un meteorito, era un balazo que caía de las nubes; un verdadero regalo del cielo. De pronto, el cuero rebotó delante mio y, como el arquero que nunca fui, embolsé esa pelota para no dejar pasar mi oportunidad. La agarré como el bebé que aprieta el dedo meñique de su madre por acto reflejo. La miré, sabiendo que podía no volver a ocurrir o que, si sucediera, se la daría a alguno de mis hijos para que la patease. La abracé, como a esa novia que se va porque así es la vida, aunque uno quisiera que el mundo se acabe en ese momento. Me saqué la ojota derecha y la pateé tan alto como nuestro desastroso y temible defensor. Fue la última vez que no me puse zapatillas para ir a la cancha, a partir de ese día supe que hay que estar bien calzado para que el pie agarre de lleno la pelota y no te quede el empeine colorado por el impacto.
La gente notó mi felicidad, Lucas me felicitó y me dijo que el nunca devolvió una bocha en años de cancha.
-Ya te va a tocar, solo hay que focalizarse en que va a pasar y pasará -solté yo, disimulando ese júbilo ridículo y real.
No me acuerdo como terminó ese partido, pero nunca me voy a olvidar del regocijo con el que regresé a mi casa. Abracé a mi vieja y le conté mi hazaña, aunque ella no comprendió la trascendencia y, mientras se separaba de mis brazos, me preguntó: ¿No tenés cosas más importantes por las que alegrarte?
Necesitaba a alguien que me entienda y llamé a un amigo para compartir mi felicidad:
-Barco, necesito contarte algo increíble, ¿Puedo ir a tu casa?
-Si, hermano, avisame cuando estés afuera porque me chorearon el timbre.
Mientras caminaba hasta su hogar, pensaba en quien podría ser tan forro como para robarse un timbre a pilas. Nunca lo entendí, aunque me acerqué a la verdad con la teoría de que en un rin-raje fervoroso pueden haberlo arrancado para molestar a mi amigo desde la esquina.
-¿Cómo estás? ¿Te volteaste a Pamela David? -me preguntó al abrazarme.
-No, Barquito, pasó algo mejor, algo único.
-¿Te garchás modelos todos los días, acaso?
-No, boludazo, no tiene nada que ver con mujeres. En realidad sí, con una mujer hermosa de cuero; redonda y perfecta -avancé.
-Te enamoraste de una gorda, yo sabía que podía pasarte.
-¿Sos idiota? Dije de cuero.
-Una vaca, de esas que te levantás vos los sábados -completó él.
-No, amigo, la pelota. La única mujer redonda y perfecta que existe, de cuero original, nada que ver con la que jugamos nosotros. La despejó el central y me cayó a mí, la devolví con la derecha de una manera impecable.
-¿Eso era? ¿Vos sabés la cantidad de pelotas que devolvimos con los pibes en la cancha de Lama?
Ahí murió mi entusiasmo, pero tuve una revelación de esas que solo tengo cuando hablo con el Barco: si sos de un equipo chico, es probable que te toque alguna vez. Si vas a la cancha de un equipo ínfimo, podrá sucederte en varias ocasiones. En cambio, si sos de un grande, no te va a pasar en la puta vida. Tal vez por eso mi amigo dejó de ir a la cancha de River, para poder devolver asiduamente la pelota.
Hay algunos factores que determinan esta verdad absoluta e irrebatible: en los equipos grandes no suelen jugar burros de esta calaña, por eso viajan menos pelotas por partido hacia las tribunas. En caso de que ésto ocurra, puede caerle a uno de los sesenta mil hinchas, pero nunca al que está en la tribuna más alta. Figúrese: un fanático de River no va a recibir en la Sívori alta un remate del nueve, tendría que ser un tremendo hijo de puta para colgarla de tal forma. A un bostero que alienta desde la tercer bandeja, no le va a llover un rechazo del seis, por más tronco que éste fuese. Además de la distancia y la calidad de los jugadores que conforman estos equipos, existe la variable del deseo y la expectativa: el que es de un equipo grande, va cada domingo esperando ganar, conociendo sus posibilidades; los que somos de un club chico, sabemos que eso probablemente no acontezca, entonces anhelamos recibir un despeje o robarle una gaseosa al cocacolero en una distracción.

Esa tarde en que el sol estaba más fuerte que la casa del tercer chanchito, me di cuenta de la razón que hacía que yo fuera de un equipo chico. No era, como creía, para que el triunfo sea más heroico y la derrota más digna, nada de eso. Era para tener en mis brazos la pelota, para mirarla, abrazarla y devolverla con una volea digna de una leyenda del fútbol. A mis hijos no le voy a hablar de las épocas donde nos codeábamos con los cinco grandes, les voy a contar la sensación de hacer posible la reanudación del juego, voy a enseñarles que la felicidad está en esas cosas y que la vida te da oportunidades, uno solo tiene que estar atento para aprovecharlas. 

lunes, 20 de junio de 2016

Propuesta de censura

Voy a la cancha desde que tengo uso de razón; al principio me llevaba mi padrino -que es como mi padre-, luego iba acompañado del papá de mi hermanita y, desde hace más de diez años, voy solo o con amigos. Toda mi vida fui.
En tanto tiempo, he visto algunas cosas increíbles y otras inauditas. Recuerdo goles magníficos y burradas inexplicables. Diversas sensaciones y profundos sentimientos invadieron -todavía invaden- mi cuerpo: lloré, reí, amé, detesté, acompañé, alenté, festejé, entristecí, canté, prometí, recé, abracé y grité. Hice todo eso y también escuché. Oí canciones pegadizas que luego entoné durante días, meses y años, pero además tuve que soportar los gritos de algún que otro infradotado.
Luego de aguantar muchísimo tiempo la ira y cansado de putear por lo bajo -a veces no tanto-, decidí ponerme a pensar como podría censurar a los idiotas en las tribunas.
Considero positivo implementar árbitros -o jueces- vestidos de civil que determinen cuando haya que apercibir a los energúmenos. Propongo que se empilchen como un hincha más para no sufrir agravios por querer impartir justicia. No quisiera que existan los jueces de línea porque no conozco oficio más botón que ese, pero réferis tiene que haber; no es lo mismo la justicia que la alcahuetería. Figúrese: se le muestra una tarjeta amarilla al idiota que vocifera una estupidez u obviedad. Si llegase a repetir esta acción en otra oportunidad, se le enseña la tarjeta roja y tiene que retirarse del estadio. En caso de que largue un grito oportuno, un comentario sutil o un insulto gracioso, podría redimirse y, si así lo considerase el juez, se le quitaría la amonestación.
Al que le pida al técnico que se vaya, sugiero que se lo expulse del partido de forma directa por cobarde e incoherente. Ese imbécil que proponga la destitución del entrenador, cuando el jefe le ordena que se quede haciendo horas extras, no le suelta: “andate y no vuelvas más, cornudo, ladrón e hijo de puta”.
También tendría que ser echado el que exprese la siguiente frase: “le pegan todo el día a la pelotita y no dan un pase bien”. Esa expresión denota una falta de análisis en cuanto a los factores externos de la asistencia al pie del compañero y fomenta la ira en los entendidos del fútbol.
A las tres expulsiones en un mismo torneo, la comisión directiva debería interceder en la cuestión -hasta la AFA tendría que intervenir si fuese necesario- prohibiendo al socio o simpatizante el ingreso a la cancha durante la primera mitad del torneo siguiente. Habría que pregonar el derecho de admisión y permanencia en pos de una convivencia sana y plancentera en los tablones.
No puede valer lo mismo un grito al estilo de: “arquero, salí que es sábado” que la estupidez que involucra el trabajo de una persona, como por ejemplo: “pateá bien, forro, cobrás por pegarle a la pelota”.
Habría que premiar los comentarios sutiles como: “ocho, sos menos zurdo que Macri” y condenar al burdo orador que exclama a viva voz, sin fundamentos, que la esposa del árbitro se acuesta con quien se cruza, a menos que utilice la infalible comparación con Patricia Sosa, que se cogió a Mediavilla.
Quien se ensañe con un jugador rival que posteriormente haga un gol, debería marcharse por motu propio y si así no fuera, el juez tendría que determinar su retirada. Recomiendo, también, que se excluya de por vida al infeliz que grite un gol antes de que sea, siempre y cuando la pelota no entre al arco. No hay hincha menos hincha que ese y merece un castigo ejemplar.
Una vez escuché: “nueve, movete que te va a mear un perro” y me reí, pero luego me decepcioné cuando el autor de ese enunciado, completó: “es un tronco, por eso la analogía”. No hay cosa más triste y humillante que explicar un chiste. Esa acción es de tal bajeza que también debería derivar en una expulsión eterna de la tribuna.
Insto a las autoridades a que limpien la idiotez de los escalones del sentimiento y el aguante, para que sea más puro y razonable el amor por nuestra bandera -la que elija cada uno-. No quiero oír nunca más el famoso: “juez, metete la espumita en el orto” cuando el árbitro termina de contar los pasos que separa a la barrera. Habría que destacar al que en vez de gritarle a un defensor contrario que es de madera, exteriorice una sutileza como: “no le tiren aerosol, pónganle Blem” si es que se lesiona.

No tengo la fuerza ni la banca para llevarle esta propuesta a los poderosos de corbata que regulan cada partido oficial de fútbol que se disputa en Argentina. Si bien suelen tomar medidas extravagantes en lugar de apostar por la educación de la sociedad, no creo que ésto vaya a prosperar. En definitiva, las masas se controlan con mayor facilidad cuando son ignorantes las personas que las componen. Por eso vamos a seguir oyendo con frecuencia -y exasperación- que los delanteros no le hacen un gol ni al arcoíris, pero jamás escucharemos que el cinco recupera más que las Abuelas de Plaza de Mayo.  

miércoles, 15 de junio de 2016

Charisteas y su felicidad

Creo que hay muchas cosas que uno no puede explicar en esta vida y una de ellas es la amistad. No la amistad como vínculo que une a dos personas y entrelaza dos vidas para formar solo una. Me refiero a la amistad con ciertas personas. Charisteas es un tipo muy especial desde que lo conozco. Son unos cuantos años, menos de diez, pero compartimos muchos momentos importantes en nuestras vidas y nos hicimos muy amigos. Digo que es un tipo muy especial por sus valores, por sus actitudes y sus pensamientos. Me acuerdo de la semana pasada que estábamos discutiendo, mate en mano, y me largó que él prefería no salir campeón nunca antes que descender. Ese pensamiento deja a relucir sus ideas, su posición y su postura en esta vida.
-No puedo creer lo que me estás diciendo -me ofendí.
-¿Qué no entendés? Hay que asegurar la bocha.
-La vida no pasa por asegurar la bocha, Charisteas. Eso te lleva a la mediocridad, a ser uno más del montón. Uno tiene que tener sueños e ir por ellos, hasta incluso a veces conviene no alcanzarlos para seguir persiguiéndolos.
-¿Quién te creés que sos, Moisés, pelotudo? -me devolvió con esas salidas que solo él tiene.
-No entendés nada, Griego -intercedió Rodrigo, el portador de la bandera de la sensibilidad. Lo que quiere decirte es que si vos vas empatando de local y faltan quince minutos, tenés que poner tres delanteros.
Además de sensible, Rodrigo es un tipo muy futbolero. Tiene un ejemplo de la vida para el fútbol y uno del fútbol para la vida. Vincula ambos sitios donde él se siente cómodo, quizá sean los únicos sitios en los que le gusta estar. No comprende, la mayoría de las veces, que existen extremos opuestos en la vida y se niega a ver que uno de sus mejores amigos anda por esos pagos.
-Yo entiendo lo que me dicen, pero ustedes no me entienden a mí. Si uno sigue los sueños, como pide este pelotudo, puede no alcanzarlos y frustrarse. Entonces, a veces, es mejor dejar las cosas como están, conformarse con lo que uno tiene y esperar otra oportunidad o, tal vez, proponerse cosas más chicas que se puedan cumplir y así sentirse satisfecho.
-Eso es mediocridad, Griego. Mediocridad en estado puro. Preferís pelear por zafar del descenso que ser campeón o entrar en una copa -afirmó Rodrigo, indignado.
-No, boludo. Pelear por zafar no. Zafar. Para pelear, peleo el torneo. Prefiero salvarme y listo.
-Es lo que te estoy diciendo de perseguir los sueños -retomé mi ejemplo sentimental. Uno tiene que luchar por sus sueños, de eso se trata perseguirlos y no alcanzarlos. Hay que insistir y persistir, Chari, tenés que querer progresar. Apuntá más alto que vos podés.
Nunca me lo confesó, pero yo sé que le gusta que le diga Chari. Lo nombro de ese modo cuando quiero hacerle notar su grandeza o cuando intento convencerlo de algo que puede lograr. Casi todos le dicen Griego porque la familia viene de Atenas, pero desde la Eurocopa 2004 que ganó Grecia, le decimos Charisteas porque fue el goleador y héroe de ese equipo, o simplemente el más conocido. Chari es más cariñoso y sé que a él le gusta que lo llame de esa forma.
-Yo soy feliz así, no me rompan las bolas. Vos andá a buscar el partido, poné tres delanteros y que te rompan el culo en un contraataque. Y vos -señalándome a mi con el mentón- buscate un sueño, perseguilo para no alcanzarlo y perdete, como buen pelotudo que sos. Yo soy feliz así, con lo que tengo y disfruto. Tengo mi casa, mi mujer, mis discos y mis Libertadores. Ustedes tienen sueños, delanteros y torneos de verano.
-Si a tu mujer la cagás desde antes que la conocieras, Griego, dejate de hinchar las pelotas- se ofendió nuevamente Rodrigo, mientras ponía el agua para llenar otro termo.
-Ella no sabe nada. Ojos que no ven, corazón que no siente. Mientras no se entere, ella sigue siendo feliz y yo también. Obedezco a mi cuerpo, cumplo mis deseos, persigo los sueños como quiere el boludo éste. Si a mis sueños los conozco en un bar y tienen forma de mujer, los alcanzo.
-Si, hasta la casa los alcanzás -le respondí. Al pedo te casaste, para cagarla una vez cada quince días, tendrías que haber seguido soltero y evitar la culpa.
-Mirá si voy a tener culpa por cumplir mi sueño de un viernes. Si mi jermu no se entera, me cuido de que así sea, no existe la culpa porque no existe el dolor.
No lo voy a entender nunca; tiene una esposa divina que lo ama, pero es infiel hasta cuando está con ella. Es hincha de un club grande para asegurarse no descender y tener Libertadores en su vitrina, aunque algunas no haya visto. Yo soy de un equipo chico, estoy acostumbrado a perder, pero cuando ascendimos en Rosario y le ganamos a los cinco grandes en Primera, fue algo increíble. Charisteas no sabe de eso, le teme a lo desconocido, entonces asegura la bocha. El tipo es feliz, se le nota en la cara y en la voz. Quizá sea mi amigo porque es una persona que contagia esa alegría, pero debe ser chiquita su felicidad.
-Por eso jugás donde te ponen y no tenés un puesto definido -sentenció Rodrigo.
-¿Qué carajo tiene que ver eso? -devolvió el Griego, que estaba igual o más sorprendido que yo por esa conclusión.
-Claro, boludo, vos tenés los pies redondos. Si te ponen arriba, le errás hasta al suelo, y si te ponen abajo, te pegás vos solo. Entonces, te parás donde te dicen, hacés lo que te piden y no fracasás. No te lucís, nunca vas a ganar un partido vos solo, pero tampoco te van a culpar si salen mal las cosas.
-Yo solo no quiero ganar un partido, quiero que gane mi equipo y cumplo con mi tarea.
-Es lo que te estoy diciendo, Griego. En un equipo hacés lo que te ordenan tus compañeros; en tu laburo, cumplís con lo que te dice tu jefe; en tu casa te portás como quiere tu esposa y a cada uno le decís lo que quiere escuchar. Tratás de no prometer tanto para asegurarte cumplir con tu palabra y dejás contento a todo el mundo.
Es admirable la habilidad de Rodrigo para vincular al fútbol con la vida y viceversa, sobre todo porque tiene esa capacidad de ver las cosas que el resto no y es dueño de una humildad digna de los grandes. En los torneos que jugamos los sábados, me da la cinta porque dice que no se la merece, siente que el capitán tengo que ser yo porque le hablo a los muchachos y no él, que ordena al equipo y es el patrón en el medio de la cancha.
-¿Qué problema tenés? No jodo a nadie, soy feliz y punto. No me hinchen más las bolas.
-Me asombra la facilidad que tenés para ser feliz, Chari, pero lo que te queremos decir es otra cosa -expliqué. Con lo bueno que sos y la cabeza que tenés, sos muy conformista y eso te acerca a la mediocridad. Ojo, es mi forma de pensar, vos tenés tus fundamentos y los respeto.
-Se nota.
-En serio, los respeto y los destaco, pero no los comparto. Te ponés un techo muy bajo cuando sabés que podés llegar mucho más alto.
-¿Estás frecuentando las charlas de Claudio María Domínguez? No me rompan más los huevos, me tienen cansado. Me hablás de techo cuando vivís con tus viejos, piensen un poco en ustedes y déjenme en paz.
-No queremos que te enojes, boludo, te estamos tratando de decir que vayas a buscar el partido porque sabemos que lo podés ganar.
-La vida no es un partido, pelotudo. ¿Qué querés ganar en la vida? ¿Contra quién competís?
-Contra mí, Griego, contra mí compito. Tengo que ganarme todos los días, tengo que crecer y tengo que progresar. Me pongo esos objetivos, quiero salir campeón en mi vida. ¿Vos querés vivir para salvarte del descenso?
-Vivo para ser feliz, yo soy yo y estoy en el lugar que estoy. En el lugar que me pongan o donde me toque estar, voy a dar de mi lo que necesiten y lo que pueda. Les pido por favor que no me jodan más, en serio. Soy feliz así, tengo lo que necesito y no le debo nada a nadie.

No le contestamos más. Rodrigo siguió cebando mates y prendió la tele porque empezaba el partido de la selección. Charisteas fue al baño, hizo ese ritual que tiene de lavarse las manos, mojarse la cara y no secarse. Yo me quedé pensando en la charla y en los amigos que tengo, los que elegí y a veces no comprendo. Si quiero la felicidad para mis amigos, tengo que entender que el Griego es así, cumple cuando le piden. Rodrigo es protagonista, nació para eso, para ir a buscar la vida y la pelota. Yo trato de aprender de los dos, intento tener la seguridad de Charisteas y busco absorber la sensibilidad y el afán de progresar que tiene Rodrigo. Al fin y al cabo, en el torneo de los sábados, los quiero a los dos para mi equipo.  

lunes, 23 de mayo de 2016

El Rosariazo

No era un día más en mi vida, yo lo sabía. Me desperté solo, si es que pude dormir en algún momento de aquella larga noche.
Mi vieja no me dejaba ir solo a Rosario, entonces Mariano -el padre de mi hermana- se ofreció a llevarme porque sabía que de alguna manera me las iba a arreglar para estar presente en la cancha.
Armamos unos mates y subimos al auto, aquel Polo '98 gris que fue testigo de todas mis emociones. El partido era a las tres de la tarde, pero salimos a las nueve de la mañana para llegar con tiempo de sobra; frenamos en la panadería, compramos una docena de facturas y emprendimos el viaje.
No pasaron diez minutos que Mariano me preguntó si yo tenía cigarrillos. Le contesté que sí, tenía un atado de Marlboro box que me iba a alcanzar. Me apostó que no y sacó de su campera dos atados más, explicándome que los iba a necesitar.
No habíamos llegado a la autopista que ya me había fumado cinco; los nervios los canalizaba en cada pitada.
- ¿Tenés miedo? - indagó Mariano.
- No, en absoluto.
- Dale, boludo, a mi no me mientas; te conozco – insistió.
- Sí, estoy re cagado. No tanto porque nos vayan a matar a la salida si ganamos, eso no me afectaría tanto, aunque quizá sí a la vieja. El tema es si perdemos, no soportaría estar tan cerca y no ascender – confesé.
“Para mí, hoy ganan” concluyó él, que tanto me conocía y me acompañaba. No hablé más, solo emitía palabra para pedirle fuego u ofrecerle un cigarrillo.
- ¡Qué cagado estás! - exclamó riéndose.
- No me entendés, boludo. Vos venís porque me querés acompañar para que mamá no hinche las pelotas, ya que sabía que iba a escaparme, pero no sentís lo mismo que yo. Imaginate si perdemos…
- Sí te entiendo, en el '95 fui a la misma cancha a ver el cabezazo del Gallego González. Sentía lo mismo que vos, esa incertidumbre de no saber que mierda iba a pasar, pero tenés que disfrutarlo -me aconsejó.
Para disfrutar existe el vino, pensaba yo, mientras descubría que la sensación que tenía se llamaba incertidumbre: no tenía certezas, ni confianza, ni seguridad. La esperanza me quedaba, nada más.
Casi llegando a Rosario me cayeron varios mensajes cuando el celular agarró señal: “Cuidate, Alu, ojalá ganen”, escribía mi vieja. “Les van a romper el orto”, aseguraba Axel. “Che, boludo, si ganan salí corriendo porque los van a matar”, me recomendaba Facundo.
Era verdad: si ganábamos, nos iban a matar. Ese presagio fue la razón por la cual Mariano no me permitió llevar la camiseta ni el pantalón de All Boys. No pensaba en nada, ni en la ropa ni en el final, solo quería ver rodar la pelota en el Gigante.
Llegamos a Rosario, fuimos a dar una vuelta por la costanera hasta que propuse ir a la cancha, no aguantaba más. Me fumé el último pucho que me quedaba y le agradecí a Mariano su anticipación. Ahí me di cuenta de dos cosas fundamentales: en primer lugar, el sabía lo que yo sentía, realmente me entendía. En segunda instancia, yo estaba re cagado, aún más de lo que pensaba.
Estacionamos el auto en una calle cualquiera a dos cuadras del estadio, caminamos y llegamos al ingreso visitante. Entramos; frente alta y respiración profunda. No había nadie, recién se abrían las puertas.
La gente empezó a llegar, la cancha tomaba color y el clima se cortaba con tijera. Nosotros no teníamos absolutamente nada que perder, ellos sí: la categoría. De repente, en un abrir y cerrar de ojos, no cabían más hinchas de Central. Estaba hasta las pelotas, parecía que tocaban los Stone. Los tres mil quinientos afortunados de All Boys que habíamos hecho cuatro horas de cola para conseguir nuestra entrada, estábamos ahí, cantando eufóricos. Comprendíamos que era una posibilidad única y el entusiasmo era contagioso.
Salieron ellos a la cancha y se me frunció el orto, disculpen la honestidad. Jamás vi tantos papeles juntos, seguramente habían deforestado el Parque Independencia. Gritaban y alentaban que daba miedo, literal.
Nuestro recibimiento fue excelente, pero sus cantos nos opacaron y pareció que nunca nos enteramos que nuestros once guerreros habían entrado al campo.
Ni bien comenzó el partido, se largó a llover. Era una mezcla de lluvia y meo de la tribuna de arriba, donde los canallas nos recibían de tal manera que hacía pensar que estaban en ayunas y con retención de orina.
Esa cancha era un festival auriazul hasta que apareció él: Marcelo Vieytes. Con un toque de zurda por arriba del arquero silenció a más de cuarenta mil tipos y sorprendió al país entero. Lo grité con todo mi ser, pero tenía más miedo que antes. Mientras más nos acercábamos a la hazaña, más cagado estaba. Me acuerdo que lo miré a Mariano que se había ubicado más arriba y con el pulgar en alto me tranquilizó, conocía cada gesto de mi cara.
Tiro libre para nosotros a cuarenta metros del arco. Yo estaba con el Zurdo, amigo de toda la vida y con quien compartí cada emoción del club de nuestros amores en cancha nuestra o donde nos tocara jugar.
- Campodónico -vaticiné.
- No seas mufa, pelotudo -me devolvió el Zurdo.
Después de un despeje, el arquero tapó un disparo y en el rebote se cumplió mi predicción. Una avalancha hizo que me caiga y no pueda gritar el gol tranquilo, aunque la tranquilidad no habitaba en mi hacía más de dos semanas. Me abracé con mi amigo y me largué en lágrimas. Estábamos más cerca que nunca, pero ahora el miedo iba desapareciendo.
Terminó el primer tiempo y ya no iban a tocar los Stone, parecía que iba a cantar Pavarotti. La gente de Central desbordaba de nervios y eso a nosotros nos enloquecía. Tras quince minutos saltando sin cesar, volvieron los jugadores. A medida que transcurrían los minutos, la cancha era un hervidero azul y amarillo, pero una fiesta blanca y negra.
En eso, cuando no pasaba nada en el partido, Vella sacó un remate que nunca antes había mostrado. La clavó en el segundo palo y todo fue un delirio. Ya éramos de primera, nadie iba a poder arrebatarnos el sueño.
Algunos hinchas de Central se fueron, otros putearon, unos pocos revolearon sillas y hubo bastantes personas que aplaudieron al equipo ganador.
Nosotros estábamos en la puta gloria; cantábamos, gritábamos, llorábamos, nos abrazábamos. Reíamos, festejábamos, nos volvíamos a abrazar y seguíamos cantando. No hay palabras que puedan describir las caras de los viejos que no veían en primera a All Boys hacía treinta años. No existe frase que explique la felicidad que teníamos.
Los jugadores se bajaron del alambrado y se fueron a los vestuarios, nosotros desalojamos la tribuna porque no teníamos otra opción. Al salir, las caras de los policías nos permitían identificar cuales eran de Central y cuales de Newell's.
Fuimos hasta el auto y recién ahí nos dimos cuenta que habíamos estacionado del lado canalla. El Zurdo, su padre y el hermano, junto con Mariano y yo bajamos la cabeza, nadie podía ver nuestra sonrisa dibujada. Teníamos que camuflarnos durante dos cuadras con ellos. Lo logramos y nos tiramos adentro del auto, Mariano arrancó arando y nos esfumamos cuando empezaban las corridas y los disturbios por parte de la parcialidad local.
Dejamos a la familia de mi amigo en el shopping de Rosario, donde tenían el auto. Quedamos en vernos en la cancha de All Boys para festejar. Mi gran compañero de hazaña, el padre de sangre de mi hermana y mi viejo por elección, me ofreció ir a tomar un fernet al bar de Messi, pero rechacé la propuesta porque quería festejar en Floresta con mis amigos que no habían podido viajar.
De regreso nos agarró la caravana de los leprosos, quienes festejaban y presentaban al tan temido fantasma de la “B”. Fue un show: ahí comprendí el fútbol que se transpira en Rosario, vi en imágenes lo que describía Fontanarrosa en sus cuentos inigualables.
Salimos a la autopista y me quedé dormido; desperté en el barrio con los bocinazos. Llegué a mi casa, cené rápido y me fui para la cancha. Le agradecí a Mariano y nos fundimos en un abrazo, uno de esos que nunca se olvidan.
Caminé por la avenida Jonte, me crucé con unos amigos y nos quedamos esperando a los jugadores que estaban volviendo, mientras compartíamos unas cajas de vino Marolio. En esa época no conocía el buen vino y todavía no éramos amigos como hoy, pero compartimos esa y otras alegrías.
Llegaron los héroes en un micro descapotable, entraron a la cancha para que pudiéramos festejar todos juntos y sacarnos las fotos que quisiéramos.
La lluvia era cada vez más fuerte, el pasto lo habíamos arrancado entre todos y el barro abundaba. Después de festejar durante horas, los jugadores se fueron y nosotros los seguimos. Las doce cuadras que separan a mi casa de la cancha, las hice cantando y salticando. No entraba en mí, la felicidad era más grande que yo.
Todavía me acuerdo del miedo de la ida, la satisfacción de la vuelta; la euforia en la tribuna, el delirio en el pasto; el llanto en Rosario, el festejo en Floresta. Jamás se me borrará el cabezazo de Matos y el empate de Burdisso; las lágrimas de Solchaga, el puño en alto de Cambiasso y la sonrisa de Pepe Romero.
Hoy la realidad es más terrenal: peleamos por mantenernos en la segunda categoría, atrás quedaron los triunfos a los cinco grandes. Nos conformamos con ganarle a Chicago después de quince años y salvar al club que quedó devastado después de una lacra que nos manejó durante una década -aunque también, la verdad sea dicha, armó el plantel de guerreros que tantas alegrías nos dio-.
Hicimos historia y yo la viví, la disfruté como me recomendó Mariano y pude compartirla con él. Algún día le voy a hablar a mis hijos del “Rosariazo”, del silencio de cuarenta mil tipos, de Matos, de Zárate, de Campodónico, de Vieytes, de Panceri, de Soto, de Madeo, de Fayart, de Cambiasso, de Sánchez, de Stefanatto, de Solchaga, de Vella, de Pérez García, de Perea, y -por supuesto- de Romero: el artífice de la felicidad.