Toda
mi vida soñé con ese día, hasta que sucedió. Años de ir a la
cancha, de llegar entusiasmado y de volver con el ánimo por las
nubes o el piso, según el resultado, pero con la esperanza de que me
toque a mí. Aquella tarde no la voy a olvidar nunca en mi vida, se
lo contaré a mis hijos para que confíen en que les puede pasar a
ellos también, solo bastará con que estén atentos y bien ubicados.
No
hablo de un campeonato, esas son utopías para los clubes chicos. Esa
tarde de sol radiante, me cayó la pelota desde los cielos; la
agarré, la abracé y la pateé por arriba del alambrado. Imaginé
durante toda una vida como sería ese momento: iba a patearla con un
derechazo certero, sin posibilidad de que muera del lado de la
tribuna y otro afortunado convierta mi momento de gloria en un
recuerdo doloroso e imborrable.
Yo
siempre me acomodo en los escalones de arriba en la tribuna solo
porque se ve mejor, pero ese día bajé a saludar a Lucas, un ex
compañero de trabajo con el que nos habíamos dejado de ver. El
partido era un somnífero para quien lo veía por televisión y un
bodrio para los que estábamos en la cancha. De repente, como por
arte de magia, nuestro central derecho hizo desaparecer la pelota.
-
¡Qué burro hijo de mil putas! -exclamó Lucas.
-
Así estamos -largué yo.
Hasta
que empezó a bajar como un meteorito, era un balazo que caía de las
nubes; un verdadero regalo del
cielo. De pronto, el cuero
rebotó delante mio y, como el arquero que nunca fui, embolsé esa
pelota para no dejar pasar mi oportunidad. La agarré como el bebé
que aprieta el dedo meñique de su madre por acto reflejo. La miré,
sabiendo que podía no volver a ocurrir o que,
si sucediera, se la daría a
alguno de mis hijos para que la patease. La abracé, como a esa novia
que se va porque así es la vida, aunque uno quisiera que el mundo se
acabe en ese momento. Me saqué la ojota derecha y la pateé tan alto
como nuestro desastroso y temible defensor. Fue la última vez que no
me puse zapatillas para ir a la cancha, a partir de ese día supe que
hay que estar bien calzado para que el pie agarre de lleno la pelota
y no te quede el empeine colorado por el impacto.
La
gente notó mi felicidad, Lucas me felicitó y me dijo que el nunca
devolvió una bocha en años de cancha.
-Ya
te va a tocar, solo hay que focalizarse en que va a pasar y pasará
-solté yo, disimulando ese júbilo ridículo y real.
No
me acuerdo como terminó ese partido, pero nunca me voy a olvidar del
regocijo con el que regresé a mi casa. Abracé a mi vieja y le conté
mi hazaña, aunque ella no comprendió la trascendencia y, mientras
se separaba de mis brazos, me preguntó: ¿No tenés cosas más
importantes por las que alegrarte?
Necesitaba
a alguien que me entienda y llamé a un amigo para compartir mi
felicidad:
-Barco,
necesito contarte algo increíble, ¿Puedo ir a tu casa?
-Si,
hermano, avisame cuando estés afuera porque me chorearon el timbre.
Mientras
caminaba hasta su hogar, pensaba en
quien podría ser tan
forro como para robarse
un timbre a pilas. Nunca lo entendí, aunque me acerqué a la verdad
con la teoría de que en un rin-raje fervoroso pueden haberlo
arrancado para molestar a mi amigo desde la esquina.
-¿Cómo
estás? ¿Te volteaste a Pamela David? -me preguntó al abrazarme.
-No,
Barquito, pasó algo mejor, algo único.
-¿Te
garchás modelos todos los días, acaso?
-No,
boludazo, no tiene nada que ver con mujeres. En realidad sí, con una
mujer hermosa de
cuero; redonda y perfecta -avancé.
-Te
enamoraste de una gorda, yo sabía que podía pasarte.
-¿Sos
idiota? Dije de cuero.
-Una
vaca, de esas que te levantás vos los sábados -completó él.
-No,
amigo, la pelota. La única mujer redonda y perfecta que existe, de
cuero original, nada que ver con la que jugamos nosotros. La despejó
el central y me cayó a mí, la devolví con la derecha de una manera
impecable.
-¿Eso
era? ¿Vos sabés la cantidad de pelotas que devolvimos con los pibes
en la cancha de Lama?
Ahí
murió mi entusiasmo, pero tuve una revelación de esas que solo
tengo cuando hablo con el Barco: si sos de un equipo chico, es
probable que te toque alguna vez. Si vas a la cancha de un equipo
ínfimo, podrá sucederte en varias ocasiones. En cambio, si sos de
un grande, no te va a pasar en la puta vida. Tal
vez por eso mi amigo dejó de ir a la cancha de River, para poder
devolver asiduamente la pelota.
Hay
algunos factores que determinan esta verdad absoluta e irrebatible:
en los equipos grandes no suelen jugar burros de esta calaña, por
eso viajan menos pelotas por partido hacia las tribunas. En caso de
que ésto ocurra, puede caerle a uno de los sesenta mil hinchas, pero
nunca al que está en la tribuna más alta. Figúrese: un fanático
de River no va a recibir en la Sívori alta un remate del nueve,
tendría que ser un tremendo hijo de puta para colgarla de tal forma.
A un bostero que alienta desde la tercer bandeja, no le va a llover
un rechazo del seis, por más tronco que éste fuese. Además de la
distancia y la calidad de los jugadores que conforman estos equipos,
existe la variable del deseo y la expectativa: el que es de un equipo
grande, va cada domingo esperando ganar, conociendo sus
posibilidades; los que somos de un club chico, sabemos que eso
probablemente no acontezca, entonces anhelamos recibir un despeje o
robarle una gaseosa al cocacolero en una distracción.
Esa
tarde en que el sol estaba más fuerte que la casa del tercer
chanchito, me di cuenta de la razón que hacía que yo fuera de un
equipo chico. No era, como creía, para que el triunfo sea más
heroico y la derrota más digna, nada de eso. Era para tener en mis
brazos la pelota, para mirarla, abrazarla y devolverla con una volea
digna de una leyenda del fútbol. A mis hijos no le voy a hablar de
las épocas donde nos codeábamos con los cinco grandes, les voy a
contar la sensación de hacer posible la reanudación del juego, voy
a enseñarles que la felicidad está en esas cosas y que la vida te
da oportunidades, uno solo tiene que estar atento para aprovecharlas.
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