Transcurría
el viernes 29 de junio de 2014 cuando me llegó el mensaje de una
chica que estaba conociendo y extrañando. Ella estaba hospedada en
un departamento de Copacabana, Rio de Janeiro, en la calle Siqueira
Campos, ya que esperaba que Argentina llegue a la final del Mundial
porque el padre tenía entradas a todos los partidos para ellos dos y
la hermana. El mensaje era claro: “Hay una entrada para los
cuartos, seguramente contra Bélgica, si le ganamos a Suiza en
octavos. Te extraño”. ¿Cómo mierda voy? Pensé, mientras le
contestaba preguntándole cuanto me iba a doler la entrada.
Mientras
esperaba la respuesta, me contacté con Paula -la esposa de mi
padrino- a la que le pedí que me averigüe cuanto pedían en Mercado
Libre por la Playstation 3, mi novia de la infancia que me esperaba
todas las noches en casa. Paula me respondió que el precio rondaba
las tres lucas, mientras Luciana me decía que la entrada era en
dólares, pero la conversión a pesos (moneda gringa no manejaba ni
manejo) daba 2.850. “Publicá mi ps3 con dos controles y cuatro
juegos”, le escribí a mi tía del corazón.
Recibí a los veinte minutos un llamado de Paula, advirtiéndome que la prima de ella quería una consola para el hijo, pero que tenía 2850 pesos para ofrecer, nada más.
Recibí a los veinte minutos un llamado de Paula, advirtiéndome que la prima de ella quería una consola para el hijo, pero que tenía 2850 pesos para ofrecer, nada más.
-
¡La puta madre, qué coincidencia! Tirásela por la cabeza, no hay
vuelta atrás. Esta noche te llevo a tu casa la play, encargate del
envío -cerré trato.
-
Dale. Yo te doy la plata hoy y después arreglo con ella -concluyó
Paula y cortó el teléfono.
-
Me voy al Mundial, boludo. ¡Voy a cumplir un sueño! -le conté a mi
tío mientras lo abrazaba. Mi tío era mi jefe, al menos en ese hotel
donde hacíamos la parte de carpintería.
-¿Y
el laburo, nene? -preguntó César.
-
No me vas a cortar las piernas. Me voy a Brasil y cuando vuelvo, seré
un soldado a tus órdenes y a tu guita, que me permitirá pagar todas
las deudas que me queden.
Mientras
volvía a mi casa en el tren San Martín, de Palermo a Villa del
Parque, hacía cuentas: vendiendo la Playstation, mi novia de la
infancia, tendré paga la entrada; la comida, la carpa y la mochila,
me la van a propinar mis seres más queridos, nadie se va a negar a
cumplirme el sueño -o ayudarme a cumplirlo-. El pasaje, veré esta
noche: mi padrino tiene tarjeta de crédito y a los bancos les
encantan las cuotas tanto o más que a mi, solucioné.
Busqué
y encontré micro a San Pablo, sede de los octavos de final. Tenía
la posibilidad de cruzarme a Luciana en la cancha de Corinthians,
donde jugábamos contra Suiza, y ahorrarme el viaje a Brasilia que
era mil kilómetros más lejos (después debería volver la misma
distancia) y 572 reales más caro, entre ida y vuelta.
-
Paula te presta la tarjeta y yo la plata de la primer cuota, negrito.
Lo único que te voy a pedir es que te comprometas con pagar el
pasaje en tres cuotas de 900 pesos -determinó Alejandro, mi padrino.
-Dormí
sin frazada, Ale. Apenas vuelvo, laburo y te la doy. No te voy a
mentir, no tengo arreglado un carajo, pero te voy a dar peso por peso
y el abrazo más grande del mundo -vociferé con una inmensa ilusión.
-
Acá tenés la play, Pau -me despedí de mi novia eterna, aunque
nunca superé la separación.
Ya
eran pasadas las 00hs, por lo cuál ya era sábado y el micro salía
el domingo a las 20hs. Treinta y seis horas hasta San Pablo, la
concha de mi hermana. “¿Qué carajo me importa?” Me decía a mí
mismo, mientras marcaba el número de Axel en el celular.
-Rusito,
me voy al Mundial. Necesito dos cosas de vos: el mp3 para escuchar
música y un paquete de arroz porque tengo menos plata que All Boys
-le rogué.
-Dejá
de joder, pelotudo, mirá si vas a ir al Mundial -descreyendo de mi
palabra.
-En
serio, boludo, saqué pasajes recién. Salgo mañana a San Pablo y
son como cuarenta horas, necesito música. Cargá la Bersuit,
Callejeros, Calle 13, lo que quieras y ponele pilas al aparato, no
seas ratón.
-Vení
a buscarlo mañana antes del mediodía, yo te lo preparo. Mañana nos
vemos y me contás que mierda se te cruzó por la cabeza.
Llegué
a mi casa y mi vieja me dijo: “Estás en pedo, pero si es tu sueño,
hacelo. No tengo un mango, pero si te arreglás solito, te deseo lo
mejor. Sí, te compro el dentífrico, el desodorante y los fideos,
quedate tranquilo”.
Listo.
Tenía el morfi, la música, los pasajes y la plata que me había
ganado con César. Me faltaba la guita para ir hasta Brasilia, pero
conseguí a la mañana siguiente 600 mangos por empeñar una cadenita
de oro que me regaló mi madrina -solo en los papeles- por mi
bautismo; rápidamente convertí el oro en fernet para costear el
viaje a la capital; necesitaba la carpa que adquirí a través de mi
abuela, quien además me regaló mil pesos “por ser tan valiente”
cuando fui a buscar mi hospedaje nómada a su casa de Ezeiza. Por
último, necesitaba algunos consejos de viaje porque en la puta vida
había hecho una mochila -me la prestó mi buen amigo Tintu- para
irme a la mierda.
-
¿Barco, estás en tu casa? -le pregunté telefónicamente a Nicolás,
un amigo.
-
Sí, hermano. Caé solo si querés -me invitó apresuradamente porque
sabía que era importante.
Llegué
al “Búnker”, la casa del Barco y el lugar de reunión por
excelencia de Lo' Wisi (mi grupo de amigos) en noches de lluvias
donde la plaza del Gallo no podía albergarnos.
-Boludo,
mañana me voy a Brasil. No caigo todavía, pero necesito algunos
consejos que me salven los próximos diez días: me voy mañana que
es 29 para llegar el martes primero de julio al partido con Suiza,
entraré a la cancha el 5 de julio -casi seguro sea contra Bélgica-
y arrancaré el 7 para llegar el 9 acá, ya que jugamos contra
Holanda, si todo sale como planeo.
-Primero
hay que ganar -dijo cauteloso, fiel a su estilo- pero bien ahí. Te
felicito, hermano. Ya tenés todo planeado, ¿qué mierda podés
necesitar de mí?.
-Solo
tengo eso como sabido, el resto voy a ver. No tengo planeado un
carajo. De vos necesito consejos, amigo, seis meses por Latinoamérica
son suficientes para que me digas qué llevar, qué hacer y cómo
manejarme -exclamé, entre desconcertado y entusiasmado.
Entretanto
servía dos vasos de cerveza helada para festejar, Nicolás me
aconsejó:
-Mirá, cabezón, yo te voy a dar estas sogas por si tenés que colgar algo o atar la carpa a la mochila; la plata siempre en los huevos. Por último y no menos importante: si tenés que robar, robá -me recomendó, fuera de chiste.
-Mirá, cabezón, yo te voy a dar estas sogas por si tenés que colgar algo o atar la carpa a la mochila; la plata siempre en los huevos. Por último y no menos importante: si tenés que robar, robá -me recomendó, fuera de chiste.
-¿Eh?
No voy a robar, boludo, voy a ir a ver a Argentina. Aparte, mi vieja
me enseñó a ser honesto y ésto atenta contra mi crianza. Además,
me sentiría culpable -respondí anonadado.
-No
te digo que le robes a un tipo, pelotudo. Robá en caso de necesidad,
vas sin un mango a un país que no conocés, que el cambio está
cinco a uno y que está lleno de negros con unas porongas enormes.
Tomá el consejo que me pediste, fijate que mierda hacés con él. Te
deseo lo mejor, hermano, me da orgullo que te vayas a ver a la
selección. Te pido, nomás, que no seas mufa -me abrazó, mientras
yo me tocaba un huevo. No podía hacer todo ésto y perder.
Ya
era domingo; no había partido aunque al otro día jugaran Argelia
contra Alemania. Los pibes vinieron a despedirme y algunos
acompañaron a Nacho que había prometido llevarme a Retiro.
-Gracias,
muchachos -dije con el pecho inflado y la mochila en la espalda- nos
vemos a la vuelta.
-Suerte,
puto.
-Cuidá
el culo, amigo.
-Tomá
un marcador, te vas a tener que marcar la raya de nuevo cuando te
bajes en Brasil.
Así
me despidieron mis amigos; con esa amabilidad y esa desconfianza
acerca de mi sexualidad. Ellos sabían que era mi sueño y estaban
contentos por mí, pero ignoraban completamente el amor que sentía
por Luciana, al igual que ella. Me subí al micro e imaginé: el día
que tenga hijos, les voy a contar que papá vendió lo poco que tenía
y se endeudó para ir a ver a la selección de Messi al Mundial de
Brasil, sin esconder la intención de declarársele a una chica que
todavía no conocía.
Daba
por hecho que Luciana, si me daba una entrada para el partido y me
escribía diciéndome que me extrañaba, iba a alegrarse de que me
declarase ni bien llegara.
El
viaje fue más largo que las porongas de las que me había hablado el
Barco. Por suerte, conocí dos neuquinos que me convidaron fernet y
me contaron historias durante muchas horas.
Me
bajé en San Pablo, pagué y guardé la mochila en el depósito de
equipaje de la terminal; tenía que volver al otro día para irme a
Río de Janeiro con la familia de Luciana. Diez reales menos,
imposibles de regatear.
Me
fui con la mochila de mano, la camiseta de All Boys y mi sueño para
la cancha. “Arena Corinthians”, leí en un cartel y me tomé el
metro que me iba a dejar en las inmediaciones del estadio.
Tenía
hambre, pero no plata. Escuché repetidas veces los 49 temas que me
había subido el ruso al mp3 que me prestó, aunque no se percató de
borrar de la lista “Un pacto” y “La soledad”, canciones que
oí hasta el hartazgo en mi niñez y pubertad.
Me
aguanté las ganas de comer algo y me propuse conseguir Wi-Fi. Estos
“brazucas” de mierda no te regalan ni el aire, protesté. No me
encontré con Luciana, pero si con Brian y Mauro, dos pibes del
barrio, hinchas de All Boys que me compartieron cerveza a más no
poder en el “Fan Fest” y me emborracharon con o sin intención.
-Loco,
les debo una -les agradecí a mis casuales compañeros de partido.
-No
pasa nada, cabeza. Tomá otra -me respondió Brian, que me regaló
una birra más.
Nos
mirábamos. Cada vez cantábamos menos. Terminó el partido igualados
en cero. Alargue. Treinta minutos; la gloria o Devoto.
Inevitablemente, se me vino a la cabeza el fantasma del desastre.
Hacen un gol estos putos y me meto la play, los ferné y la cadenita
de canto en el ojete, pensaba completamente inseguro del destino.
La
recuperó Palacio, se la entregó a Messi -me entusiasmé-, éste
dejó a uno en el camino y le sirvió un mano a mano a Di María,
quien definió tranquilo al segundo palo, abriéndome las puertas del
sueño.
-¡Estamos
en cuartos, la concha de mi madre, voy a ir a Brasilia! Le conté a
Brian, mientras nos abrazábamos de manera eufórica.
Casi
nos empatan, pero no sucedió y festejamos. “Solo falta contactar a
Luciana, cuando ella salga de la cancha, para juntarnos esta noche e
ir a Copacabana mañana”, resolví en voz baja.
Me
fui al shopping del estadio y pude hablar con Cecilia, su hermana y
mi futura cuñada. Me explicó como llegar al departamento donde
íbamos a dormir esa noche y fui.
El
encuentro fue emocionante: yo estaba exultante y borracho por demás.
Me abracé con Lucha como si no hubiese mañana; me pidió perdón
por no encontrarnos antes del partido y yo le aconsejé que no se
preocupara, que la culpa la tenía el Estado brasileño que no pone
Wi-Fi gratis como Rodríguez Saá en San Luis. Me presentó a Ángel,
el padre, y me abracé con Ceci, que conocía de las vacaciones de
febrero, también en Brasil.
Fuimos
a dejar las cosas al departamento, me pegué una ducha que me
revivió, comí algo tímidamente y partimos al centro a cenar. A la
vuelta, después de una caipirinha, le pregunté a Luciana si quería
ir a dar una vuelta, ella aceptó y salimos otra vez.
En
la esquina, recién salidos del edificio, le dije:
-Pará. Ahora que estamos solos, quiero agradecerte y decirte que si estoy acá es porque estoy enamorado de vos. Obviamente que estoy acá porque tenés una entrada para el partido contra Bélgica, pero no tengo dudas de lo que siento por vos.
-Pará. Ahora que estamos solos, quiero agradecerte y decirte que si estoy acá es porque estoy enamorado de vos. Obviamente que estoy acá porque tenés una entrada para el partido contra Bélgica, pero no tengo dudas de lo que siento por vos.
No
dijo nada, sonrió y me abrazó. Esperaba un “yo también,
pelotudo”, no voy a mentir, pero sabía que podía no ser así y
poco me importaba el resto.
Volvimos
a la casa, dormí a los pies de Ángel y desperté al otro día, al
primer llamado del hombre. Es un tipazo, pero en ese momento no lo
conocía, aunque me atreví a pedirle una almohada a mitad de la
noche porque ya no tenía cuello. En el desayuno, para mostrarme
divertido, le dije a Ángel que le había pedido un almohadón porque
tenía menos cuello que Gabriel Mercado. Entendió el chiste porque
es hincha de River y se rió porque fue bueno, o eso creí.
-Vamos
a la terminal, dale -indicó el padre.
Caminamos
hasta el metro, nos tomamos un tren que pasó treinta segundos
después de haber llegado y caímos a la terminal de ómnibus. Siete
horas hasta Río; la familia de Lucha, incluso ella, se quejaban del
tiempo. Para mí, era nada. Les conté de mi travesía mientras
retiraba mi mochila del depósito de equipajes y pataleaba para que
no me cobraran cinco reales de recargo por la demora (no me lo
cobraron, gané) y el padre concluyó, al igual que mi vieja y Axel:
“Estás en pedo”.
Llegamos
a Copacabana en la noche del miércoles 2 de julio. Jugábamos en
Brasilia el sábado; 286 reales solo la ida, hijos de puta. “Vendo
los ferné y vengo a comprarlos, negro, guardá un pasaje del lado de
la ventana”, le dije al brasileño que respondía por la empresa
estafadora de ómnibus.
En
la puerta del departamento de Siqueira Campos, donde vivía por ese
mes la familia de mi futura novia, un tipo me regaló un sanguche de
bondiola y queso. Le agradecí y le pregunté donde podía armar la
carpa. Me dijo que en el zambódromo, como si fuera el Luna Park.
Ángel me invitó a dormir y, entonces, le presté la carpa al
salvador de mi hambruna. Le dije que me la devolviera al día
siguiente, pero no sucedió. La sigue teniendo él. Un reverendo hijo
de puta que vive en Tandil y me cagó el hospedaje nómada que me
había prestado mi abuela, no tengo más información de su persona.
Descansé
entre mar y caipirinha hasta el viernes, que fue cuando salí para
Brasilia: veinte horas de viaje, 286 reales que pagué con la venta
de cinco botellas de fernet Branca a sesenta reales cada una. Los
argentinos que me compraron la bebida me dijeron que era un chorro,
pero les conté el porque de mi estafa y pasaron a ser mis clientes
-o ayudantes de mi sueño-. La botella restante se la regalé a Ángel
por conseguirme la entrada y, después de agradecerme, me encargó
que busque los tikets en un hotel de Brasilia.
Me
subí al micro, del lado del pasillo, acompañando a un hincha de San
Lorenzo que se quedó dormido diez minutos después de que arrancó
el colectivo. “¿Hijo de puta, para eso querías la ventana?”,
sospeché, mientras hervía por dentro. Tenía más hambre que
Formosa; no comía desde el desayuno y ya eran las cinco de la tarde.
En eso, observé a un joven que tenía un termo en la mano. Concluí
que sería argentino y le hablé:
-Loco,
disculpá, ¿no me girás un mate? -entre tímido y amable.
-Está
frío -contestó casi ignorándome.
-¿Cómo
te llamás? -insistí diez segundos después.
-Matías
-me respondió, seco como el Chaco, para seguir nombrando provincias
de mi amada Argentina.
-Matías,
en serio, ¿no me vas a convidar un mate? No importa que esté frío
-le retruqué. Un mate era agua en el desierto en ese momento de
hambre e irritación.
-Tomá,
flaco, vas a ver que está frío y lavado -me advirtió, extendiendo
el brazo, mientras yo me paraba para agarrar el termo, el mate y
agradecerle con una palmada en el hombro.
Vaya
paradoja: me había negado la bebida de la comunidad, del diálogo,
de la amistad, éste hijo de mil putas. Como si el destino fuese
amigo mío, una brasileña me convidó un paquete de galletitas al
detectar mi desesperación. Tomaba de la bombilla mientras rebalsaba
de agua el mate, como si fuese un chino que nunca había probado esa
infusión.
-
Obrigado -le propiné a la solidaria y voluptuosa dama que respondió
con un gentil pestañeo y una mínima reverencia.
Me
bajé en Brasilia; “¿dónde mierda estoy?”, exclamé en voz alta
para que algún argentino conteste, pero no sucedió y caminé
siguiendo los carteles. Encontré, por puta casualidad, el hotel
donde retiraría las entradas y me encontraría con Luciana y su
familia, que vendrían en avión por ser de “clase más tranquila”,
como los definí. Ellos tardaron dos horas y media; yo, veinte,
literal.
Nos
reunimos allí, entradas en mano y partimos hacia el imponente
“Estadio Mané Garrincha”. Teníamos entradas para nosotros, para
vender y para rematar, cuando faltaba poco para el partido. Me quedé
lo más que pude, quería devolverle a Ángel -con la venta de un
tiket- el cambio que me hizo en el boleto: yo pagué 2850 pesos la
“clase C” (iba a necesitar binoculares) y el me dio la “clase
A”, que yacía seis filas arriba del banco de suplentes argentino,
donde Sabella se inclinó hacia atrás al borde del papelón, para
derivar en millones de graciosos “memes”.
No
pude cumplir; entré sin vender nada, ellos se quedaron un poco más,
era su plata. El personal de seguridad se quedó con el desodorante
que me había comprado mi vieja y uno de los tantos encendedores que
llevaba encima. Cuando encontré la puerta de entrada y me asomé, se
escuchó un coro que rezaba: “o juremos con gloria morir”. Había
terminado el himno recién, “¡qué pelotudo, me lo perdí!”,
grité con piel de gallina.
Aproveché
que los jugadores se acomodaban para divisar mi asiento, compré
cuatro vasos de cerveza para recibir a la familia que me ayudó a
cumplir mi sueño y me senté. No tenía plata para nada, pero me
había guardado cincuenta reales porque sabía que salía diez cada
vaso y quería estar muy ebrio en la cancha.
Cuando
comenzó el partido, terminé mi vaso. Nunca fui muy amante de la
cerveza, sinceramente, pero brindé con ella junto al Barco, Brian y
Mauro me regalaron demasiadas y era la bebida alcohólica más
barata, no podía quejarme.
No
había comido nada más que esas galletas y la botella de agua se me
había acabado; decidí hundir el hambre y la sed en el vaso que le
correspondía a Lucha. Iban cuatro minutos de juego cuando empecé el
tercer vaso, todavía no asomaban mis tres acompañantes y la birra
se calentaba por la elevada temperatura.
Como
si me estuvieran echando de un boliche, terminé el tercer vaso para
incursionar en el cuarto; ya tomaba por tomar, no tenía sed, me
mentía alegando que estaba nervioso por el partido.
La
agarró Messi, me paré -ignorando el “para baixo” del plateísta
brazuca-. Lionel asistió a Di María. Picaba Zabaleta por el costado
derecho, “el fideo” intentó dársela, pero un rebote le dejó la
pelota mansita a Higuaín, que oblicuo a mi, metió una volea de
película para que yo grite el gol y me vuelque la cerveza del salto
que pegué. Gotas de birra y lágrimas se fusionaban en mi cara, me
abracé con un tipo que tenía la camiseta de Argentina -aunque era
mas yanqui que el tío Sam- y lo solté cuando escuché el “come
on” que me dio asco. Con ese llanto emotivo ya había pagado el
viaje. Las deudas tenían sentido, el dolor de vender a mi novia de
la infancia tenía razón de ser. Es verdad que me hubiese gustado
ver un gol de Messi, nunca lo viví, pero menos mal que no la metió
en la última jugada del partido, porque no iba a contenerme: había
planeado saltar la baranda que dividía la tribuna del campo; si
Messi la tiraba larga en vez de definir al cuerpo de Courtois, iba a
invadir el terreno para abrazarlo y contarle de los micros infinitos,
de la separación de mi novia eterna, de la confesión de amor a
Lucha.
Terminó
el partido; me abracé con Luciana, Cecilia y Ángel, les agradecí y
me quedé cantando, saltando y recolectando vasos que a la vuelta le
regalaría a los pibes. Ahí estaban, juntos, mis dos sueños:
tomarme un micro para declararle mi amor a la que después fue mi
novia, vivir la emoción más grande de mi vida con ella, compartir
mi sonrisa y felicidad -como un niño cuando le regalan una pelota-,
fundirnos en un abrazo de amor inquebrantable y alegría absoluta.
También estaba cumpliendo el otro al ver un partido inaccesible,
gritar el gol mirando al cielo para abrazarme con mi abuelo y con
Martín -mi hermano que amo y extraño hasta hoy-, pensar en el
barrio y los pibes que estaban festejando en lo de Nachito (y
seguramente pensaron un poco en mí), dejar en manifiesto para mis
adentros que la plata no vale si no es para cumplir un sueño. Lo
cumplí, festejé y tenía que volver triunfante.
Para
volver triunfante, tenía que llegar a Río de Janeiro y cambiar el
pasaje de vuelta para evitar el viaje hasta San Pablo. Tenía
cincuenta dólares que no iba a tocar porque eran parte de la primer
cuota que tenía que devolverle a Ale y a Paula, doscientos reales
que de nada servían porque faltaban ochenta y seis para pagarme el
pasaje y algo más para comer porque ya se cumplían 28 horas de mi
último plato digno de comida. Emprendí el regreso a la terminal,
saludé a la familia amiga y desaparecí calle abajo; le pregunté a
un argentino si iba para Río por casualidad y me contestó: -No,
flaquito, ni en pedo. Es lejísimos de acá. Tomá “un diego”
para comer algo porque se te nota el hambre en la cara.
Agarré
los diez reales, le agradecí y seguí mi ruta. “Confundió la
borrachera con el hambre, aunque me haría bien comer algo. No tengo
guita para eso, pero puedo aprovechar mi rostro demacrado para pedir
plata. Si lo hacen tantas personas, yo también”, reflexioné. Vi a
una orquesta e inmediatamente se me vino a la cabeza “Mi pobre
angelito”, cuando la madre de Kevin se sube a una camioneta con una
banda de música para reencontrarse con el hijo.
-
Disculpen, eu no falo portugués, ¿você
vai
para Rio do Janeiro? -practicando mi desastroso portuñol.
-
Não,
vamos ficar aqui -devolvió una integrante de la orquesta.
-
¿Você
no
me daría dinero para volver? -rogué al mismo tiempo que le mostraba
el billete que me habían dado minutos antes.
-
Toma, toma -haciendo lo que en Argentina es una vaquita- você
tem sorte.
-
Moito obrigado, son cracks -expresé yo, feliz de ver tantos billetes
juntos.
Me
alejé un poco y conté el botín, no fue una donación porque lo
pedí y creo que puse mi peor cara para dar lástima cuando lo hice.
Recaudé 85 reales. Está bien que eran siete u ocho personas, pero
fueron muy amables: me regalaron lo que me daba César en dos
esclavos días de trabajo.
Pagué
el pasaje, me subí al micro y me dormí. Entre las monedas y los
billetes, sin contar los cincuenta dólares, me quedaban quince
reales con los que tenía que volver a Siqueira Campos. El micro paró
en una acondicionada estación de servicio que tenía un lugar para
comprar comida y sentarse a disfrutar del plato al paso. No podía
gastar plata y moría de hambre. Había dejado de contar las horas
sin comer cuando pasé las treinta y me acordé del consejo del
Barco: “Si tenés que robar, robá”. “¡Es Horangel este hijo
de puta!”, aseguré. Entré con la tarjeta de consumo que te daban
y que al salir pasaban por un láser que decía cuanto habías
gastado. Cargué agua del baño en mi botella vacía y me detuve ante
una fuente con salchichas y chorizos rebanados. En el hombro derecho,
tenía al Barco diciéndome: “Si tenés que robar, robá”. En el
hombro izquierdo, a mi mamá: “Primero el respeto y la honestidad”.
Perdón, vieja, pero no estás vos para prestarme plata. Agarré un
puñado de salchichas con la mano derecha, lo que pude de chorizos
con la mano izquierda y metí mi cena en los respectivos bolsillos de
una campera liviana que vestía; mendigué dos panes, bebí un sorbo
de gaseosa que le sobró a un viejo y pasé la tarjeta. Cero;
objetivo cumplido. Subí al micro como si hubiese secuestrado al hijo
de Obama, puse las salchichas que estaban cortadas en un pan, las
rodajas de chorizo en el otro y me tragué la evidencia. Ya era
inocente, Nicolás me había salvado y lo iba a abrazar en la vuelta.
Un vaso de los que había recolectado tendría que ser para él por
anticipar la catástrofe del hambre a la que tan acostumbrada está
Africa -que no tiene los consejos de mi amigo-.
Bajé
a fumar un cigarrillo antes que arranque el micro y un chico con la
camiseta de Vélez -Matías, tocayo del forro egoísta de la ida- me
pidió uno. Me contó que le quedaban cinco reales y que no tenía
más puchos. Le dije que me aguante, subí al micro, agarré un atado
de Marlboro Box y se lo regalé. Yo tenía cuatro paquetes y el
ningún cigarro, aún en la pobreza hay que ser buena persona. Ahí
contenté al fortinero que me agradeció a más no poder y también
dejé satisfecha a mi vieja, que nunca se enteró de esta buena
acción, pero tampoco del pequeño gran robo.
Seguimos
viaje durante unas horas, hasta que se escuchó: “La puta madre, se
quedó el micro”, de un pibe más argentino que el asado.
Era
verdad: estábamos a tres horas de Río, el próximo micro pasaba al
día siguiente y yo tenía el pasaje de vuelta a Buenos Aires para la
misma hora.
Insulté
a cuanto personal de la empresa usurera de ómnibus me crucé,
protestando: “Hijos de puta, me cogieron de parado con 286 reales y
me dejan a pata. Ojalá que el martes Alemania se los garche como
ustedes a mi bolsillo”.
En
esa efervescencia, vi al muchacho que nos había puesto en aviso
subiendo a un Fiat Uno. Corrí con la velocidad que nunca tuve, me
paré frente al auto y noté que quedaba un lugar.
-
¿A dónde van? -pregunté exhausto.
-Nos
tira en Río, pero no se si te podés subir -me dijo el muy hijo de
puta.
-
Por favor, mañana sale mi regreso a Buenos Aires y necesito llegar
hoy a Río para cambiar los pasajes. ¿Me llevás? Tengo ésto -le
imploré a la bella conductora, mostrando todas mis monedas.
-
Suba, joven -me contestó con una sonrisa y una tonada brasileña,
señalando al asiento trasero con la cabeza.
Le
dí todas las monedas que tenía, las aceptó y me dijo que estaba
volviendo de la casa de su hermana. Me importaba un carajo de donde
venía, mientras fuera a Copacabana. El forro del copiloto me dijo
que nos dejaba en un bar de Copacabana, aunque él dudaba que a mi me
sirviera.
-¿Es
cerca de Siqueira Campos? -indagué perdido.
-Si,
a dos calles -anunció la chofer, que aunque no recuerde el nombre,
no la olvidaré nunca.
Me
bajé, agradecí, saludé y caminé hasta el departamento donde iba a
dormir. Fui con Luciana a cambiar el pasaje, me peleé con todos los
vendedores que pude y me dijeron que a las 11 de la mañana del lunes
salía para Buenos Aires desde ahí.
Terminamos
juntos el domingo, le invité una caipirinha con los últimos siete
reales que me quedaban y brindamos por el amor o lo que mierda
sientiera ella.
Al
otro día nos despedimos en la parada del colectivo que me llevaba a
la terminal con un abrazo infinito; ella tuvo que darme las monedas
para pagar porque yo había delirado lo poco que me quedaba. Le
regalé a Ángel un pantalón de All Boys y a Cecilia una camiseta,
también del club de mis amores, en modo de agradecimiento eterno por
facilitarme la entrada, el hospedaje, algunas comidas y una que otra
cerveza playera.
Me
subí al micro y emprendí el regreso triunfal a casa, sin un peso,
pero con un tupper de arroz con pollo y veinte vasos del mundial a
repartir entre los pibes. Compartí el viaje con un muchacho -tampoco
me acuerdo su nombre-, pero me contó que estaba volviendo a Buenos
Aires a pedirle plata a la madre con el fin de irse a Panamá, donde
tenía a su hija que no veía hace tres años porque se había
peleado con la ex mujer. En una parada, me encontré a Matías -el
hincha de Vélez-. Me dijo que la vieja le había pagado la vuelta y
le quedaban dos cigarrillos de los que le había dado.
Entré
al restorán y me senté al lado del tipo que viajaba conmigo. Él
había adquirido el menú libre por veinticinco reales (imposible de
afrontar para mí) y se sirvió todo por dos. Me dio de comer más
que César, mi vieja y Ale juntos. No paraba de morfar, el hombre
pensó que me iba a morir atragantado, pero nada de eso. Cuando lo
divisé a Matías a lo lejos, le pregunte al dueño del menú si
podía invitar a un pibe que estaba sin plata como yo. Me dijo que
los tres íbamos a llamar la atención, entonces abandoné la mesa
para que me reemplace el hincha de Vélez, que al salir me abrazó
como si fuese una especie de Dios o el mismísimo Messi, que sería
algo parecido. Me agradeció nuevamente, le di tres cigarrillos, nos
abrazamos y no nos vimos nunca más.
El
micro me dejó en la frontera, donde permanecí sentado cuarenta
minutos hasta que llegó el ómnibus que tendría que haber tomado en
San Pablo. Mostré el pasaje, expliqué la situación y subí.
Después
de cuarenta y dos largas horas desde Copacabana a Buenos aires, sumé
un total de 128 horas en micro: 36 de Buenos Aires a San Pablo, siete
más hasta Río, 20 de ida a Brasilia y 20 de vuelta, más tres que
demoré en el auto salvador y las últimas 42, suman 128 horas. No
llevé ningún libro, mal estuve, solo me acompañaron los 47 temas
que me cargó Axel al mp3, porque borré finalmente esas dos
canciones trilladas.
Con
la sonrisa en el rostro, el cansancio en el cuerpo y mi sueño
cumplido, llegué a Retiro el 9 de julio a las ocho y media de la
mañana. Entre que era feriado y jugaba la selección, no había un
alma en la calle y eso me permitió colarme al tren San Martín. Me
bajé en Villa del Parque, caminé por la calle Cuenca comparándola
con Siqueira Campos, saludé al diariero, le conté que recién
volvía de Brasil y me regaló el Olé por mi hazaña.
-Ojalá
que hoy ganemos, pibe -me despidió el canillita.
-Dalo
por hecho. Hoy ganamos, no importa como. Che, que rotura de orto la
de los alemanes… Va a estar dura la final -le respondí y seguí
camino.
Mientras
cruzaba en diagonal la plaza para llegar a mi casa, recordaba el 7 a
1 de Alemania que escuché por radio en el micro de vuelta. Como
estábamos a la altura de Misiones, solo pasaba el partido una radio
paraguaya: el relator era un hijo de puta. Cuando gritaba los goles,
parecía que se lo estaban garchando los negros que conoce el Barco.
Confirmé mi postura cuando no paraba de gritar, pero en realidad era
una ráfaga que pesaría por siempre en la espalda del “Scratch”
y todo el pueblo brasileño.
Llegué
a casa, abracé a mi vieja, le conté poco y nada, le prometí que le
iba a dar detalles a la noche, pero quería el auto para ir a
desayunar con mi abuela paterna -no la que me dio la guita y la
carpa, esa es la mamá de César y mi vieja-. Cargué los veinte
vasos en el baúl para alegría de los pibes y desayuné con el amor
de mi vida. Ni Lucha ni la play. ¡Mi abuela, carajo!.
Luego
de un té con leche y tostadas, me fui al Gallo a encontrarme con los
pibes. En el camino me crucé a Rodri, mi primo por sangre y mi
hermano por elección, subió al auto y fuimos hasta la plaza juntos,
descorchamos un Rutini que le había robado a Walter, el viejo, y nos
servimos en los vasos mundialistas. Le di para elegir primero, se
llevó uno rojo que tenía las banderas de Bélgica y la nuestra.
Colgamos los trapos, cayeron dos de los muchachos con redoblante en
mano y nos dispusimos a cantar en la previa de un partido donde
Chiquito se hizo grande, donde se convirtió en héroe.
La
final todos la vimos, todos sabemos el desenlace, para que ahondar en
tanta tristeza. “Era por abajo, Rodrigo”, algunos se la agarraron
con él. “Messi no apareció”, otros se descargaron con mi ídolo.
La jugada más clara la tuvo Higuaín, pero nada puedo decirle a
alguien que me hizo llorar en una cancha. Todavía no tuve la
valentía -aquella que adquirí para irme a Brasil- de volver a ver
ese partido; no tiene razón de ser. Ahora, escribiendo estas líneas,
siento que la derrota me sirvió para poder volcar en palabras los
sentimientos, dado que si hubiésemos ganado, seguramente me
encontraría tras las rejas por infringir ampliamente la ley en los
festejos de una Copa del Mundo.
Las
cosas siguieron su curso; me puse de novio con Lucha, fui feliz mucho
tiempo y hoy que no estamos más juntos, recuerdo con alegría cada
instante
vivido. Sobre todo, tengo en
mi mente las
imágenes imborrables de esta aventura que nunca voy a olvidar. Algún
pesimista dirá que me quedé sin la novia de la infancia porque la
vendí y sin la novia real porque la descuidé o porque simplemente
no se dio. Yo creo fervientemente que las parejas, una final o la
play, son circunstancias de la vida, algo que pasa, se disfruta y
quedan momentos o noches de amor, festejos y vicio. Lo que uno se
lleva -el día que nos toque- es lo vivido, el amor entre las
personas, las palabras, los abrazos, los amigos. Nos quedarán
recuerdos, buenos y malos, pero ninguna
experiencia
es en vano.
La
enseñanza que me deja ésto, lo que viví y siempre guardaré en mí,
es que hay que soñar un poco más de lo que creemos poder alcanzar.
La vida es eso que pasa entre sueño y sueño. El que no tiene
aspiraciones, no tiene sueños y el que no tiene sueños, ¿para qué
carajo vive?.