jueves, 28 de enero de 2016

Viaje al sueño

Transcurría el viernes 29 de junio de 2014 cuando me llegó el mensaje de una chica que estaba conociendo y extrañando. Ella estaba hospedada en un departamento de Copacabana, Rio de Janeiro, en la calle Siqueira Campos, ya que esperaba que Argentina llegue a la final del Mundial porque el padre tenía entradas a todos los partidos para ellos dos y la hermana. El mensaje era claro: “Hay una entrada para los cuartos, seguramente contra Bélgica, si le ganamos a Suiza en octavos. Te extraño”. ¿Cómo mierda voy? Pensé, mientras le contestaba preguntándole cuanto me iba a doler la entrada.
Mientras esperaba la respuesta, me contacté con Paula -la esposa de mi padrino- a la que le pedí que me averigüe cuanto pedían en Mercado Libre por la Playstation 3, mi novia de la infancia que me esperaba todas las noches en casa. Paula me respondió que el precio rondaba las tres lucas, mientras Luciana me decía que la entrada era en dólares, pero la conversión a pesos (moneda gringa no manejaba ni manejo) daba 2.850. “Publicá mi ps3 con dos controles y cuatro juegos”, le escribí a mi tía del corazón.
Recibí a los veinte minutos un llamado de Paula, advirtiéndome que la prima de ella quería una consola para el hijo, pero que tenía 2850 pesos para ofrecer, nada más.
- ¡La puta madre, qué coincidencia! Tirásela por la cabeza, no hay vuelta atrás. Esta noche te llevo a tu casa la play, encargate del envío -cerré trato.
- Dale. Yo te doy la plata hoy y después arreglo con ella -concluyó Paula y cortó el teléfono.
- Me voy al Mundial, boludo. ¡Voy a cumplir un sueño! -le conté a mi tío mientras lo abrazaba. Mi tío era mi jefe, al menos en ese hotel donde hacíamos la parte de carpintería.
-¿Y el laburo, nene? -preguntó César.
- No me vas a cortar las piernas. Me voy a Brasil y cuando vuelvo, seré un soldado a tus órdenes y a tu guita, que me permitirá pagar todas las deudas que me queden.
Mientras volvía a mi casa en el tren San Martín, de Palermo a Villa del Parque, hacía cuentas: vendiendo la Playstation, mi novia de la infancia, tendré paga la entrada; la comida, la carpa y la mochila, me la van a propinar mis seres más queridos, nadie se va a negar a cumplirme el sueño -o ayudarme a cumplirlo-. El pasaje, veré esta noche: mi padrino tiene tarjeta de crédito y a los bancos les encantan las cuotas tanto o más que a mi, solucioné.
Busqué y encontré micro a San Pablo, sede de los octavos de final. Tenía la posibilidad de cruzarme a Luciana en la cancha de Corinthians, donde jugábamos contra Suiza, y ahorrarme el viaje a Brasilia que era mil kilómetros más lejos (después debería volver la misma distancia) y 572 reales más caro, entre ida y vuelta.
- Paula te presta la tarjeta y yo la plata de la primer cuota, negrito. Lo único que te voy a pedir es que te comprometas con pagar el pasaje en tres cuotas de 900 pesos -determinó Alejandro, mi padrino.
-Dormí sin frazada, Ale. Apenas vuelvo, laburo y te la doy. No te voy a mentir, no tengo arreglado un carajo, pero te voy a dar peso por peso y el abrazo más grande del mundo -vociferé con una inmensa ilusión.
- Acá tenés la play, Pau -me despedí de mi novia eterna, aunque nunca superé la separación.
Ya eran pasadas las 00hs, por lo cuál ya era sábado y el micro salía el domingo a las 20hs. Treinta y seis horas hasta San Pablo, la concha de mi hermana. “¿Qué carajo me importa?” Me decía a mí mismo, mientras marcaba el número de Axel en el celular.
-Rusito, me voy al Mundial. Necesito dos cosas de vos: el mp3 para escuchar música y un paquete de arroz porque tengo menos plata que All Boys -le rogué.
-Dejá de joder, pelotudo, mirá si vas a ir al Mundial -descreyendo de mi palabra.
-En serio, boludo, saqué pasajes recién. Salgo mañana a San Pablo y son como cuarenta horas, necesito música. Cargá la Bersuit, Callejeros, Calle 13, lo que quieras y ponele pilas al aparato, no seas ratón.
-Vení a buscarlo mañana antes del mediodía, yo te lo preparo. Mañana nos vemos y me contás que mierda se te cruzó por la cabeza.
Llegué a mi casa y mi vieja me dijo: “Estás en pedo, pero si es tu sueño, hacelo. No tengo un mango, pero si te arreglás solito, te deseo lo mejor. Sí, te compro el dentífrico, el desodorante y los fideos, quedate tranquilo”.
Listo. Tenía el morfi, la música, los pasajes y la plata que me había ganado con César. Me faltaba la guita para ir hasta Brasilia, pero conseguí a la mañana siguiente 600 mangos por empeñar una cadenita de oro que me regaló mi madrina -solo en los papeles- por mi bautismo; rápidamente convertí el oro en fernet para costear el viaje a la capital; necesitaba la carpa que adquirí a través de mi abuela, quien además me regaló mil pesos “por ser tan valiente” cuando fui a buscar mi hospedaje nómada a su casa de Ezeiza. Por último, necesitaba algunos consejos de viaje porque en la puta vida había hecho una mochila -me la prestó mi buen amigo Tintu- para irme a la mierda.
- ¿Barco, estás en tu casa? -le pregunté telefónicamente a Nicolás, un amigo.
- Sí, hermano. Caé solo si querés -me invitó apresuradamente porque sabía que era importante.
Llegué al “Búnker”, la casa del Barco y el lugar de reunión por excelencia de Lo' Wisi (mi grupo de amigos) en noches de lluvias donde la plaza del Gallo no podía albergarnos.
-Boludo, mañana me voy a Brasil. No caigo todavía, pero necesito algunos consejos que me salven los próximos diez días: me voy mañana que es 29 para llegar el martes primero de julio al partido con Suiza, entraré a la cancha el 5 de julio -casi seguro sea contra Bélgica- y arrancaré el 7 para llegar el 9 acá, ya que jugamos contra Holanda, si todo sale como planeo.
-Primero hay que ganar -dijo cauteloso, fiel a su estilo- pero bien ahí. Te felicito, hermano. Ya tenés todo planeado, ¿qué mierda podés necesitar de mí?.
-Solo tengo eso como sabido, el resto voy a ver. No tengo planeado un carajo. De vos necesito consejos, amigo, seis meses por Latinoamérica son suficientes para que me digas qué llevar, qué hacer y cómo manejarme -exclamé, entre desconcertado y entusiasmado.
Entretanto servía dos vasos de cerveza helada para festejar, Nicolás me aconsejó:
-Mirá, cabezón, yo te voy a dar estas sogas por si tenés que colgar algo o atar la carpa a la mochila; la plata siempre en los huevos. Por último y no menos importante: si tenés que robar, robá -me recomendó, fuera de chiste.
-¿Eh? No voy a robar, boludo, voy a ir a ver a Argentina. Aparte, mi vieja me enseñó a ser honesto y ésto atenta contra mi crianza. Además, me sentiría culpable -respondí anonadado.
-No te digo que le robes a un tipo, pelotudo. Robá en caso de necesidad, vas sin un mango a un país que no conocés, que el cambio está cinco a uno y que está lleno de negros con unas porongas enormes. Tomá el consejo que me pediste, fijate que mierda hacés con él. Te deseo lo mejor, hermano, me da orgullo que te vayas a ver a la selección. Te pido, nomás, que no seas mufa -me abrazó, mientras yo me tocaba un huevo. No podía hacer todo ésto y perder.
Ya era domingo; no había partido aunque al otro día jugaran Argelia contra Alemania. Los pibes vinieron a despedirme y algunos acompañaron a Nacho que había prometido llevarme a Retiro.
-Gracias, muchachos -dije con el pecho inflado y la mochila en la espalda- nos vemos a la vuelta.
-Suerte, puto.
-Cuidá el culo, amigo.
-Tomá un marcador, te vas a tener que marcar la raya de nuevo cuando te bajes en Brasil.
Así me despidieron mis amigos; con esa amabilidad y esa desconfianza acerca de mi sexualidad. Ellos sabían que era mi sueño y estaban contentos por mí, pero ignoraban completamente el amor que sentía por Luciana, al igual que ella. Me subí al micro e imaginé: el día que tenga hijos, les voy a contar que papá vendió lo poco que tenía y se endeudó para ir a ver a la selección de Messi al Mundial de Brasil, sin esconder la intención de declarársele a una chica que todavía no conocía.
Daba por hecho que Luciana, si me daba una entrada para el partido y me escribía diciéndome que me extrañaba, iba a alegrarse de que me declarase ni bien llegara.
El viaje fue más largo que las porongas de las que me había hablado el Barco. Por suerte, conocí dos neuquinos que me convidaron fernet y me contaron historias durante muchas horas.
Me bajé en San Pablo, pagué y guardé la mochila en el depósito de equipaje de la terminal; tenía que volver al otro día para irme a Río de Janeiro con la familia de Luciana. Diez reales menos, imposibles de regatear.
Me fui con la mochila de mano, la camiseta de All Boys y mi sueño para la cancha. “Arena Corinthians”, leí en un cartel y me tomé el metro que me iba a dejar en las inmediaciones del estadio.
Tenía hambre, pero no plata. Escuché repetidas veces los 49 temas que me había subido el ruso al mp3 que me prestó, aunque no se percató de borrar de la lista “Un pacto” y “La soledad”, canciones que oí hasta el hartazgo en mi niñez y pubertad.
Me aguanté las ganas de comer algo y me propuse conseguir Wi-Fi. Estos “brazucas” de mierda no te regalan ni el aire, protesté. No me encontré con Luciana, pero si con Brian y Mauro, dos pibes del barrio, hinchas de All Boys que me compartieron cerveza a más no poder en el “Fan Fest” y me emborracharon con o sin intención.
-Loco, les debo una -les agradecí a mis casuales compañeros de partido.
-No pasa nada, cabeza. Tomá otra -me respondió Brian, que me regaló una birra más.
Nos mirábamos. Cada vez cantábamos menos. Terminó el partido igualados en cero. Alargue. Treinta minutos; la gloria o Devoto. Inevitablemente, se me vino a la cabeza el fantasma del desastre. Hacen un gol estos putos y me meto la play, los ferné y la cadenita de canto en el ojete, pensaba completamente inseguro del destino.
La recuperó Palacio, se la entregó a Messi -me entusiasmé-, éste dejó a uno en el camino y le sirvió un mano a mano a Di María, quien definió tranquilo al segundo palo, abriéndome las puertas del sueño.
-¡Estamos en cuartos, la concha de mi madre, voy a ir a Brasilia! Le conté a Brian, mientras nos abrazábamos de manera eufórica.
Casi nos empatan, pero no sucedió y festejamos. “Solo falta contactar a Luciana, cuando ella salga de la cancha, para juntarnos esta noche e ir a Copacabana mañana”, resolví en voz baja.
Me fui al shopping del estadio y pude hablar con Cecilia, su hermana y mi futura cuñada. Me explicó como llegar al departamento donde íbamos a dormir esa noche y fui.
El encuentro fue emocionante: yo estaba exultante y borracho por demás. Me abracé con Lucha como si no hubiese mañana; me pidió perdón por no encontrarnos antes del partido y yo le aconsejé que no se preocupara, que la culpa la tenía el Estado brasileño que no pone Wi-Fi gratis como Rodríguez Saá en San Luis. Me presentó a Ángel, el padre, y me abracé con Ceci, que conocía de las vacaciones de febrero, también en Brasil.
Fuimos a dejar las cosas al departamento, me pegué una ducha que me revivió, comí algo tímidamente y partimos al centro a cenar. A la vuelta, después de una caipirinha, le pregunté a Luciana si quería ir a dar una vuelta, ella aceptó y salimos otra vez.
En la esquina, recién salidos del edificio, le dije:
-Pará. Ahora que estamos solos, quiero agradecerte y decirte que si estoy acá es porque estoy enamorado de vos. Obviamente que estoy acá porque tenés una entrada para el partido contra Bélgica, pero no tengo dudas de lo que siento por vos.
No dijo nada, sonrió y me abrazó. Esperaba un “yo también, pelotudo”, no voy a mentir, pero sabía que podía no ser así y poco me importaba el resto.
Volvimos a la casa, dormí a los pies de Ángel y desperté al otro día, al primer llamado del hombre. Es un tipazo, pero en ese momento no lo conocía, aunque me atreví a pedirle una almohada a mitad de la noche porque ya no tenía cuello. En el desayuno, para mostrarme divertido, le dije a Ángel que le había pedido un almohadón porque tenía menos cuello que Gabriel Mercado. Entendió el chiste porque es hincha de River y se rió porque fue bueno, o eso creí.
-Vamos a la terminal, dale -indicó el padre.
Caminamos hasta el metro, nos tomamos un tren que pasó treinta segundos después de haber llegado y caímos a la terminal de ómnibus. Siete horas hasta Río; la familia de Lucha, incluso ella, se quejaban del tiempo. Para mí, era nada. Les conté de mi travesía mientras retiraba mi mochila del depósito de equipajes y pataleaba para que no me cobraran cinco reales de recargo por la demora (no me lo cobraron, gané) y el padre concluyó, al igual que mi vieja y Axel: “Estás en pedo”.
Llegamos a Copacabana en la noche del miércoles 2 de julio. Jugábamos en Brasilia el sábado; 286 reales solo la ida, hijos de puta. “Vendo los ferné y vengo a comprarlos, negro, guardá un pasaje del lado de la ventana”, le dije al brasileño que respondía por la empresa estafadora de ómnibus.
En la puerta del departamento de Siqueira Campos, donde vivía por ese mes la familia de mi futura novia, un tipo me regaló un sanguche de bondiola y queso. Le agradecí y le pregunté donde podía armar la carpa. Me dijo que en el zambódromo, como si fuera el Luna Park. Ángel me invitó a dormir y, entonces, le presté la carpa al salvador de mi hambruna. Le dije que me la devolviera al día siguiente, pero no sucedió. La sigue teniendo él. Un reverendo hijo de puta que vive en Tandil y me cagó el hospedaje nómada que me había prestado mi abuela, no tengo más información de su persona.
Descansé entre mar y caipirinha hasta el viernes, que fue cuando salí para Brasilia: veinte horas de viaje, 286 reales que pagué con la venta de cinco botellas de fernet Branca a sesenta reales cada una. Los argentinos que me compraron la bebida me dijeron que era un chorro, pero les conté el porque de mi estafa y pasaron a ser mis clientes -o ayudantes de mi sueño-. La botella restante se la regalé a Ángel por conseguirme la entrada y, después de agradecerme, me encargó que busque los tikets en un hotel de Brasilia.
Me subí al micro, del lado del pasillo, acompañando a un hincha de San Lorenzo que se quedó dormido diez minutos después de que arrancó el colectivo. “¿Hijo de puta, para eso querías la ventana?”, sospeché, mientras hervía por dentro. Tenía más hambre que Formosa; no comía desde el desayuno y ya eran las cinco de la tarde. En eso, observé a un joven que tenía un termo en la mano. Concluí que sería argentino y le hablé:
-Loco, disculpá, ¿no me girás un mate? -entre tímido y amable.
-Está frío -contestó casi ignorándome.
-¿Cómo te llamás? -insistí diez segundos después.
-Matías -me respondió, seco como el Chaco, para seguir nombrando provincias de mi amada Argentina.
-Matías, en serio, ¿no me vas a convidar un mate? No importa que esté frío -le retruqué. Un mate era agua en el desierto en ese momento de hambre e irritación.
-Tomá, flaco, vas a ver que está frío y lavado -me advirtió, extendiendo el brazo, mientras yo me paraba para agarrar el termo, el mate y agradecerle con una palmada en el hombro.
Vaya paradoja: me había negado la bebida de la comunidad, del diálogo, de la amistad, éste hijo de mil putas. Como si el destino fuese amigo mío, una brasileña me convidó un paquete de galletitas al detectar mi desesperación. Tomaba de la bombilla mientras rebalsaba de agua el mate, como si fuese un chino que nunca había probado esa infusión.
- Obrigado -le propiné a la solidaria y voluptuosa dama que respondió con un gentil pestañeo y una mínima reverencia.
Me bajé en Brasilia; “¿dónde mierda estoy?”, exclamé en voz alta para que algún argentino conteste, pero no sucedió y caminé siguiendo los carteles. Encontré, por puta casualidad, el hotel donde retiraría las entradas y me encontraría con Luciana y su familia, que vendrían en avión por ser de “clase más tranquila”, como los definí. Ellos tardaron dos horas y media; yo, veinte, literal.
Nos reunimos allí, entradas en mano y partimos hacia el imponente “Estadio Mané Garrincha”. Teníamos entradas para nosotros, para vender y para rematar, cuando faltaba poco para el partido. Me quedé lo más que pude, quería devolverle a Ángel -con la venta de un tiket- el cambio que me hizo en el boleto: yo pagué 2850 pesos la “clase C” (iba a necesitar binoculares) y el me dio la “clase A”, que yacía seis filas arriba del banco de suplentes argentino, donde Sabella se inclinó hacia atrás al borde del papelón, para derivar en millones de graciosos “memes”.
No pude cumplir; entré sin vender nada, ellos se quedaron un poco más, era su plata. El personal de seguridad se quedó con el desodorante que me había comprado mi vieja y uno de los tantos encendedores que llevaba encima. Cuando encontré la puerta de entrada y me asomé, se escuchó un coro que rezaba: “o juremos con gloria morir”. Había terminado el himno recién, “¡qué pelotudo, me lo perdí!”, grité con piel de gallina.
Aproveché que los jugadores se acomodaban para divisar mi asiento, compré cuatro vasos de cerveza para recibir a la familia que me ayudó a cumplir mi sueño y me senté. No tenía plata para nada, pero me había guardado cincuenta reales porque sabía que salía diez cada vaso y quería estar muy ebrio en la cancha.
Cuando comenzó el partido, terminé mi vaso. Nunca fui muy amante de la cerveza, sinceramente, pero brindé con ella junto al Barco, Brian y Mauro me regalaron demasiadas y era la bebida alcohólica más barata, no podía quejarme.
No había comido nada más que esas galletas y la botella de agua se me había acabado; decidí hundir el hambre y la sed en el vaso que le correspondía a Lucha. Iban cuatro minutos de juego cuando empecé el tercer vaso, todavía no asomaban mis tres acompañantes y la birra se calentaba por la elevada temperatura.
Como si me estuvieran echando de un boliche, terminé el tercer vaso para incursionar en el cuarto; ya tomaba por tomar, no tenía sed, me mentía alegando que estaba nervioso por el partido.
La agarró Messi, me paré -ignorando el “para baixo” del plateísta brazuca-. Lionel asistió a Di María. Picaba Zabaleta por el costado derecho, “el fideo” intentó dársela, pero un rebote le dejó la pelota mansita a Higuaín, que oblicuo a mi, metió una volea de película para que yo grite el gol y me vuelque la cerveza del salto que pegué. Gotas de birra y lágrimas se fusionaban en mi cara, me abracé con un tipo que tenía la camiseta de Argentina -aunque era mas yanqui que el tío Sam- y lo solté cuando escuché el “come on” que me dio asco. Con ese llanto emotivo ya había pagado el viaje. Las deudas tenían sentido, el dolor de vender a mi novia de la infancia tenía razón de ser. Es verdad que me hubiese gustado ver un gol de Messi, nunca lo viví, pero menos mal que no la metió en la última jugada del partido, porque no iba a contenerme: había planeado saltar la baranda que dividía la tribuna del campo; si Messi la tiraba larga en vez de definir al cuerpo de Courtois, iba a invadir el terreno para abrazarlo y contarle de los micros infinitos, de la separación de mi novia eterna, de la confesión de amor a Lucha.
Terminó el partido; me abracé con Luciana, Cecilia y Ángel, les agradecí y me quedé cantando, saltando y recolectando vasos que a la vuelta le regalaría a los pibes. Ahí estaban, juntos, mis dos sueños: tomarme un micro para declararle mi amor a la que después fue mi novia, vivir la emoción más grande de mi vida con ella, compartir mi sonrisa y felicidad -como un niño cuando le regalan una pelota-, fundirnos en un abrazo de amor inquebrantable y alegría absoluta. También estaba cumpliendo el otro al ver un partido inaccesible, gritar el gol mirando al cielo para abrazarme con mi abuelo y con Martín -mi hermano que amo y extraño hasta hoy-, pensar en el barrio y los pibes que estaban festejando en lo de Nachito (y seguramente pensaron un poco en mí), dejar en manifiesto para mis adentros que la plata no vale si no es para cumplir un sueño. Lo cumplí, festejé y tenía que volver triunfante.
Para volver triunfante, tenía que llegar a Río de Janeiro y cambiar el pasaje de vuelta para evitar el viaje hasta San Pablo. Tenía cincuenta dólares que no iba a tocar porque eran parte de la primer cuota que tenía que devolverle a Ale y a Paula, doscientos reales que de nada servían porque faltaban ochenta y seis para pagarme el pasaje y algo más para comer porque ya se cumplían 28 horas de mi último plato digno de comida. Emprendí el regreso a la terminal, saludé a la familia amiga y desaparecí calle abajo; le pregunté a un argentino si iba para Río por casualidad y me contestó: -No, flaquito, ni en pedo. Es lejísimos de acá. Tomá “un diego” para comer algo porque se te nota el hambre en la cara.
Agarré los diez reales, le agradecí y seguí mi ruta. “Confundió la borrachera con el hambre, aunque me haría bien comer algo. No tengo guita para eso, pero puedo aprovechar mi rostro demacrado para pedir plata. Si lo hacen tantas personas, yo también”, reflexioné. Vi a una orquesta e inmediatamente se me vino a la cabeza “Mi pobre angelito”, cuando la madre de Kevin se sube a una camioneta con una banda de música para reencontrarse con el hijo.
- Disculpen, eu no falo portugués, ¿você vai para Rio do Janeiro? -practicando mi desastroso portuñol.
- Não, vamos ficar aqui -devolvió una integrante de la orquesta.
- ¿Você no me daría dinero para volver? -rogué al mismo tiempo que le mostraba el billete que me habían dado minutos antes.
- Toma, toma -haciendo lo que en Argentina es una vaquita- você tem sorte.
- Moito obrigado, son cracks -expresé yo, feliz de ver tantos billetes juntos.
Me alejé un poco y conté el botín, no fue una donación porque lo pedí y creo que puse mi peor cara para dar lástima cuando lo hice. Recaudé 85 reales. Está bien que eran siete u ocho personas, pero fueron muy amables: me regalaron lo que me daba César en dos esclavos días de trabajo.
Pagué el pasaje, me subí al micro y me dormí. Entre las monedas y los billetes, sin contar los cincuenta dólares, me quedaban quince reales con los que tenía que volver a Siqueira Campos. El micro paró en una acondicionada estación de servicio que tenía un lugar para comprar comida y sentarse a disfrutar del plato al paso. No podía gastar plata y moría de hambre. Había dejado de contar las horas sin comer cuando pasé las treinta y me acordé del consejo del Barco: “Si tenés que robar, robá”. “¡Es Horangel este hijo de puta!”, aseguré. Entré con la tarjeta de consumo que te daban y que al salir pasaban por un láser que decía cuanto habías gastado. Cargué agua del baño en mi botella vacía y me detuve ante una fuente con salchichas y chorizos rebanados. En el hombro derecho, tenía al Barco diciéndome: “Si tenés que robar, robá”. En el hombro izquierdo, a mi mamá: “Primero el respeto y la honestidad”. Perdón, vieja, pero no estás vos para prestarme plata. Agarré un puñado de salchichas con la mano derecha, lo que pude de chorizos con la mano izquierda y metí mi cena en los respectivos bolsillos de una campera liviana que vestía; mendigué dos panes, bebí un sorbo de gaseosa que le sobró a un viejo y pasé la tarjeta. Cero; objetivo cumplido. Subí al micro como si hubiese secuestrado al hijo de Obama, puse las salchichas que estaban cortadas en un pan, las rodajas de chorizo en el otro y me tragué la evidencia. Ya era inocente, Nicolás me había salvado y lo iba a abrazar en la vuelta. Un vaso de los que había recolectado tendría que ser para él por anticipar la catástrofe del hambre a la que tan acostumbrada está Africa -que no tiene los consejos de mi amigo-.
Bajé a fumar un cigarrillo antes que arranque el micro y un chico con la camiseta de Vélez -Matías, tocayo del forro egoísta de la ida- me pidió uno. Me contó que le quedaban cinco reales y que no tenía más puchos. Le dije que me aguante, subí al micro, agarré un atado de Marlboro Box y se lo regalé. Yo tenía cuatro paquetes y el ningún cigarro, aún en la pobreza hay que ser buena persona. Ahí contenté al fortinero que me agradeció a más no poder y también dejé satisfecha a mi vieja, que nunca se enteró de esta buena acción, pero tampoco del pequeño gran robo.
Seguimos viaje durante unas horas, hasta que se escuchó: “La puta madre, se quedó el micro”, de un pibe más argentino que el asado.
Era verdad: estábamos a tres horas de Río, el próximo micro pasaba al día siguiente y yo tenía el pasaje de vuelta a Buenos Aires para la misma hora.
Insulté a cuanto personal de la empresa usurera de ómnibus me crucé, protestando: “Hijos de puta, me cogieron de parado con 286 reales y me dejan a pata. Ojalá que el martes Alemania se los garche como ustedes a mi bolsillo”.
En esa efervescencia, vi al muchacho que nos había puesto en aviso subiendo a un Fiat Uno. Corrí con la velocidad que nunca tuve, me paré frente al auto y noté que quedaba un lugar.
- ¿A dónde van? -pregunté exhausto.
-Nos tira en Río, pero no se si te podés subir -me dijo el muy hijo de puta.
- Por favor, mañana sale mi regreso a Buenos Aires y necesito llegar hoy a Río para cambiar los pasajes. ¿Me llevás? Tengo ésto -le imploré a la bella conductora, mostrando todas mis monedas.
- Suba, joven -me contestó con una sonrisa y una tonada brasileña, señalando al asiento trasero con la cabeza.
Le dí todas las monedas que tenía, las aceptó y me dijo que estaba volviendo de la casa de su hermana. Me importaba un carajo de donde venía, mientras fuera a Copacabana. El forro del copiloto me dijo que nos dejaba en un bar de Copacabana, aunque él dudaba que a mi me sirviera.
-¿Es cerca de Siqueira Campos? -indagué perdido.
-Si, a dos calles -anunció la chofer, que aunque no recuerde el nombre, no la olvidaré nunca.
Me bajé, agradecí, saludé y caminé hasta el departamento donde iba a dormir. Fui con Luciana a cambiar el pasaje, me peleé con todos los vendedores que pude y me dijeron que a las 11 de la mañana del lunes salía para Buenos Aires desde ahí.
Terminamos juntos el domingo, le invité una caipirinha con los últimos siete reales que me quedaban y brindamos por el amor o lo que mierda sientiera ella.
Al otro día nos despedimos en la parada del colectivo que me llevaba a la terminal con un abrazo infinito; ella tuvo que darme las monedas para pagar porque yo había delirado lo poco que me quedaba. Le regalé a Ángel un pantalón de All Boys y a Cecilia una camiseta, también del club de mis amores, en modo de agradecimiento eterno por facilitarme la entrada, el hospedaje, algunas comidas y una que otra cerveza playera.
Me subí al micro y emprendí el regreso triunfal a casa, sin un peso, pero con un tupper de arroz con pollo y veinte vasos del mundial a repartir entre los pibes. Compartí el viaje con un muchacho -tampoco me acuerdo su nombre-, pero me contó que estaba volviendo a Buenos Aires a pedirle plata a la madre con el fin de irse a Panamá, donde tenía a su hija que no veía hace tres años porque se había peleado con la ex mujer. En una parada, me encontré a Matías -el hincha de Vélez-. Me dijo que la vieja le había pagado la vuelta y le quedaban dos cigarrillos de los que le había dado.
Entré al restorán y me senté al lado del tipo que viajaba conmigo. Él había adquirido el menú libre por veinticinco reales (imposible de afrontar para mí) y se sirvió todo por dos. Me dio de comer más que César, mi vieja y Ale juntos. No paraba de morfar, el hombre pensó que me iba a morir atragantado, pero nada de eso. Cuando lo divisé a Matías a lo lejos, le pregunte al dueño del menú si podía invitar a un pibe que estaba sin plata como yo. Me dijo que los tres íbamos a llamar la atención, entonces abandoné la mesa para que me reemplace el hincha de Vélez, que al salir me abrazó como si fuese una especie de Dios o el mismísimo Messi, que sería algo parecido. Me agradeció nuevamente, le di tres cigarrillos, nos abrazamos y no nos vimos nunca más.
El micro me dejó en la frontera, donde permanecí sentado cuarenta minutos hasta que llegó el ómnibus que tendría que haber tomado en San Pablo. Mostré el pasaje, expliqué la situación y subí.
Después de cuarenta y dos largas horas desde Copacabana a Buenos aires, sumé un total de 128 horas en micro: 36 de Buenos Aires a San Pablo, siete más hasta Río, 20 de ida a Brasilia y 20 de vuelta, más tres que demoré en el auto salvador y las últimas 42, suman 128 horas. No llevé ningún libro, mal estuve, solo me acompañaron los 47 temas que me cargó Axel al mp3, porque borré finalmente esas dos canciones trilladas.
Con la sonrisa en el rostro, el cansancio en el cuerpo y mi sueño cumplido, llegué a Retiro el 9 de julio a las ocho y media de la mañana. Entre que era feriado y jugaba la selección, no había un alma en la calle y eso me permitió colarme al tren San Martín. Me bajé en Villa del Parque, caminé por la calle Cuenca comparándola con Siqueira Campos, saludé al diariero, le conté que recién volvía de Brasil y me regaló el Olé por mi hazaña.
-Ojalá que hoy ganemos, pibe -me despidió el canillita.
-Dalo por hecho. Hoy ganamos, no importa como. Che, que rotura de orto la de los alemanes… Va a estar dura la final -le respondí y seguí camino.
Mientras cruzaba en diagonal la plaza para llegar a mi casa, recordaba el 7 a 1 de Alemania que escuché por radio en el micro de vuelta. Como estábamos a la altura de Misiones, solo pasaba el partido una radio paraguaya: el relator era un hijo de puta. Cuando gritaba los goles, parecía que se lo estaban garchando los negros que conoce el Barco. Confirmé mi postura cuando no paraba de gritar, pero en realidad era una ráfaga que pesaría por siempre en la espalda del “Scratch” y todo el pueblo brasileño.
Llegué a casa, abracé a mi vieja, le conté poco y nada, le prometí que le iba a dar detalles a la noche, pero quería el auto para ir a desayunar con mi abuela paterna -no la que me dio la guita y la carpa, esa es la mamá de César y mi vieja-. Cargué los veinte vasos en el baúl para alegría de los pibes y desayuné con el amor de mi vida. Ni Lucha ni la play. ¡Mi abuela, carajo!.
Luego de un té con leche y tostadas, me fui al Gallo a encontrarme con los pibes. En el camino me crucé a Rodri, mi primo por sangre y mi hermano por elección, subió al auto y fuimos hasta la plaza juntos, descorchamos un Rutini que le había robado a Walter, el viejo, y nos servimos en los vasos mundialistas. Le di para elegir primero, se llevó uno rojo que tenía las banderas de Bélgica y la nuestra. Colgamos los trapos, cayeron dos de los muchachos con redoblante en mano y nos dispusimos a cantar en la previa de un partido donde Chiquito se hizo grande, donde se convirtió en héroe.
La final todos la vimos, todos sabemos el desenlace, para que ahondar en tanta tristeza. “Era por abajo, Rodrigo”, algunos se la agarraron con él. “Messi no apareció”, otros se descargaron con mi ídolo. La jugada más clara la tuvo Higuaín, pero nada puedo decirle a alguien que me hizo llorar en una cancha. Todavía no tuve la valentía -aquella que adquirí para irme a Brasil- de volver a ver ese partido; no tiene razón de ser. Ahora, escribiendo estas líneas, siento que la derrota me sirvió para poder volcar en palabras los sentimientos, dado que si hubiésemos ganado, seguramente me encontraría tras las rejas por infringir ampliamente la ley en los festejos de una Copa del Mundo.
Las cosas siguieron su curso; me puse de novio con Lucha, fui feliz mucho tiempo y hoy que no estamos más juntos, recuerdo con alegría cada instante vivido. Sobre todo, tengo en mi mente las imágenes imborrables de esta aventura que nunca voy a olvidar. Algún pesimista dirá que me quedé sin la novia de la infancia porque la vendí y sin la novia real porque la descuidé o porque simplemente no se dio. Yo creo fervientemente que las parejas, una final o la play, son circunstancias de la vida, algo que pasa, se disfruta y quedan momentos o noches de amor, festejos y vicio. Lo que uno se lleva -el día que nos toque- es lo vivido, el amor entre las personas, las palabras, los abrazos, los amigos. Nos quedarán recuerdos, buenos y malos, pero ninguna experiencia es en vano.

La enseñanza que me deja ésto, lo que viví y siempre guardaré en mí, es que hay que soñar un poco más de lo que creemos poder alcanzar. La vida es eso que pasa entre sueño y sueño. El que no tiene aspiraciones, no tiene sueños y el que no tiene sueños, ¿para qué carajo vive?.

lunes, 25 de enero de 2016

Persevera y prejuzgarás

Sin tener nada que hacer en mi casa, con una tarde de agradable temperatura y una noche que se anticipaba aburrida y sin viento, me propuse salir a caminar por el barrio acompañado de Mauro, un soldado fiel en mis francos semanales. Como un tribunal con dos prejuiciosos jurados, mi amigo y yo nos disponíamos a alabar y criticar  a quien se nos cruzara. Ante una niña con remera de egresada de primaria, que nos llamaba la atención por la altura y los rasgos, concluímos que tenía puesta una prenda de la hermana menor que le iba porque la dueña le había pifiado al talle.
Una mujer -visiblemente religiosa- iba tapada de pies a cabeza: vestía una pollera larga que le llegaba hasta los antiquísimos zapatos; una polera inadecuada para el calor que hacía, con la blusa violeta recubriéndola y, por supuesto, el turbante en el que fundamenté mi afirmación: "Esta mina tiene mambos".
- No, boludo. Es religiosa, no son mambos. Es algo cultural, no entendés nada. -replicó Mauro.
- Ya sé, idiota, pero tiene mambos. Religiosos, culturales. Tiene mambos. Yo tengo mambos y no tengo esa cultura ni practico esa religión.
- Vos sos un pelotudo -elevó la voz para que se entere media cuadra-, es una mina como cualquier otra; seguro que si le hablás, es re abierta.
- ¡No me contesta ni en pedo! Si no sos el marido, no habla con otros hombres. Quien así viste, mambos tiene. -determiné yo, para hacer una verdad universal partiendo de un ejemplo singular.
- Tenés razón, pero eso no te deja exento de ser un pelotudo. Cortala.
La corté y seguimos caminando, sin pronunciar palabra alguna hasta que le propuse entrar a la plaza. Si, entrar. Porque está enrejada y porque no es una plaza común; cierra a las ocho, aunque nos rajaron ocho y cinco. Nos echó Carlos, un viejo octogenario que trabaja cerrándola. Mauro me advirtió que si le agarra un paro cardíaco o algo así después de cerrarla, sería un quilombo porque no se salva de la muerte. Ignoré su comentario, no iba a entrar en esa.
Cuando entramos, nos sentamos en un banco de la plaza donde permanecimos alrededor de cuarenta minutos. No hablábamos; él es un tipo callado y yo soy observador. Ambos contemplábamos lo mismo, lo sé porque nos sorprendimos cuando dos mujeres -muy bonitas, la verdad sea dicha- atravesaban el arco que improvisaron tres niños y uno de ellos defendía. Ahí retomamos el diálogo: coincidimos en que las minas eran dos conchudas que se cagaban en el juego de los pibes y que los dos que pateaban le hacían bullying al arquero que era más ball-boy que otra cosa.
Nos aislamos sentados en el mismo banco, inundando la tarde de silencio. Ese silencio que es mudo, lógicamente, pero que dice. Veíamos lo mismo, compartíamos opiniones y sonrisas, aún sin hablarnos.
- Ese gordo no tiene un carajo que hacer -dije, rompiendo el mutismo.
- Debe tener treinta años y está esperando que le llegue la pelota, está en bolas -respondió mi amigo.
Volví al silencio. No solo porque es aburrido hablar cuando opinamos lo mismo, sino también porque yo estaba esperando lo que creíamos que buscaba el gordo. Preferí no admitir mi triste realidad. Es imposible para un apasionado del fútbol dejar de mirar la pelota; sabés que en algún momento va a venir hacia vos y tenés que devolverla de un toque al que venga a buscarla. Sucedió y cumplí, a las manos del arquerito humillado.
De los cuarenta minutos, pobre pibe, veinte se los gastó en ir a buscar la pelota y regresar a su posición. En una de esas inevitables travesías, un viejo -recostado plácidamente sobre otro banco- estiró su mano para frenar la bocha, intentó patear con su gastada pierna derecha y le pifió. Lo intentó nuevamente y se le fue la chancleta sin tocar el cuero. Mauro y yo nos reímos, el hombre se paró a buscar la ojota con la angustia reflejada en la cara, como quien fracasa y sabe que no tendrá segunda oportunidad. Detuvo la pelota con la mano y le erró dos veces con el pie. Mejor siga sentado mirando a la nada, señor, pensé.
Retomé la escena de los pibes pateando, quienes ignoraban que el reloj marcaba las 19.50. En diez minutos -monedas más, monedas menos- Carlos iba a cerrar la plaza y su tarde terminaría, al igual que la nuestra. En eso, el alcanzapelotas convertido en guardametas, propuso jugar un partido. De repente escuché un grito y Mauro me advirtió: "¡Qué patada le puso, tarado!".
No vi nada, pero me lo imaginé por lo que me contó él: el morochito que estaba pateando, lo empujó al otro rematador; éste, que era gordito y le pegaba bien a la bocha a pesar de su corta edad, respondió con una patada y lo sentó de culo en el piso. El caído, lloraba; el rellenito, se excusaba de que el otro la empezó; el arquero volvía con bronca de buscar la pelota y de que no escuchen su propuesta; el gordo mayor, intercedió como juez en la disputa infantil. Nosotros mirábamos solamente, hasta que Mauro insistió: "Ese gordo no tiene un carajo que hacer, tenés razón. Debe tener treinta años, pero no esperaba la pelota." Continué en silencio, mirándolo para que se explaye.
- ¿No te das cuenta, boludo? Estaba esperando eso; siempre quiso que se peleen los pendejos para mediar, para sentirse superior. No me explico, sino, que mierda está haciendo parado ahí como un pelotudo.
- Coincido en parte; -avancé- considero que nosotros no estamos mucho más ocupados que él.
- Vos estás de franco y yo salí hace un rato del laburo, forro. Mirá como está vestido, no hizo un carajo en todo el día -indicó mirando fijo al gordo impresentable.
- ¿Él no puede tener franco un lunes? -Cuestioné tímido, mientras me reincorporaba en el banco de madera cagado por las palomas.
- Si, pero no. Puede, pero no es así. Seguro le vive la jubilación a la vieja -concluyó.
Me sorprendió la capacidad para prejuzgar que tiene mi amigo; que determinante y creíble sonó. Sin embargo, aunque estaba muy lejos de admirar al gordo supuestamente vividor, reconocí para mis adentros que tuvo la valentía de calmar a los pibes. Yo, en su lugar, no hubiese desistido hasta que se den la mano y vuelvan a patear, pero no hice un carajo. Estaba sentado al pedo, igual que el viejo frustrado que no pudo alcanzar la pelota con el pie y en el mismo banco que Mauro, que no hacía más que fumar. El gordo, mal que mal, intercedió y calmó las aguas. Ahí nomás, Carlos nos rajó a todos vociferando que mañana podíamos volver a las nueve, cuando abra la plaza su hermano José.
Nos levantamos, en silencio, sabiendo los dos que no íbamos a volver.
¿Qué sentido puede tener presentarse ahí mañana? La gente pensará que estoy al pedo y yo confirmaré mi soledad; observaré y prejuzgaré a todo el que desfile delante mío. Esperaré que un rebote me quede servido para acortarle -de un toque- el camino al arquero de turno en su búsqueda humillante de la pelota, éste me levantará el pulgar como agradeciéndome y yo agacharé la cabeza en una muda y gentil respuesta. Seré testigo de otras peleas, de otros llantos, de otros empujones. Despreciaré a las bonitas y crueles damas que atraviesan los arcos inventados por los chicos. Veré las caras largas de los pibes que vayan a buscar la pelota y respaldaré a Mauro en su idea de que el gordo mayor -si está ahí mañana- definitivamente es un pelotudo que no tiene otra cosa que hacer. Pensándolo así, puede ser que mañana vuelva y me de cuenta que también soy un pelotudo que no tiene otra cosa mejor que hacer que perder el tiempo en una plaza; después de todo, pasamos mucho tiempo criticando al otro y ésto, a veces, nos hace abrir los ojos y nos muestra nuestras miserias proyectadas en los demás.

lunes, 11 de enero de 2016

El último que apague la luz

Iba a ser el fin del mundo, eso decían. Algunos eramos más ignotos o simplemente no queríamos creer en eso, pero esperábamos. Era un siglo nuevo y lo nuevo puede atraer o provocar -hasta incluso intimidar-, entrábamos en los años 2000 y si zafábamos de esa venía un futuro alentador.
 El mundo no cayó, pero algunos países si lo hicieron, como fue el caso de Argentina en aquellas privatizadas épocas donde el zafar era suerte del destino -que elegían unos pocos-. Allí se generó una larga brecha entre los que más y los que menos tienen, no solo dinero, sino oportunidades.
 Las oportunidades, en estos tiempos como en aquellos, no abundan: quien las genera, las reparte; a quienes les llegan, pueden o no aprovecharlas, pero las tienen. Hay gente que no importa, piensan ellos, los de arriba, los que generan y reparten. Ahí tiene que estar la inclusión y en los mediados de la primera década del siglo y en el principio de la segunda, el gobierno argentino estuvo. Bien o mal, no importan los fines con los que se incluyó, pero algo se hizo y es indudable.
 Aunque para mi faltó incursionar en los más chicos y en el deporte, sobre todo en el fútbol que es como la democracia: da de comer, cura y educa. También forma; mientras más grande sea la grieta que separa al que mas y al que menos, mayor será la frustración y el aislamiento.
 Hablando más claro, haciendo hincapié en lo que faltó, hubiese estado bueno que se aboliera el pan y queso en las escuelas y en los barrios. Como toda sociedad -conjunto de personas que comparten en tiempo y espacio una misma cultura- el fútbol tiene la clase baja que predomina, donde el “ser malo” es exclusión en estado puro y de ésto se aprovechan los que mejor juegan, los que más poder tienen; los que generan, eligen y reparten.
 El pan y queso vendría a ser la ONU del fútbol amateur en barrios y escuelas. Los de arriba tienen el poder del veto y definen, partido a partido, quien juega con quien. En la Organización de las Naciones Unidas hay cinco países que deciden por el mundo y en un curso de una escuela, o bien en el barrio, a menor escala hay dos o tres que forjan la suerte del resto. Entre ellos se turnan para vociferar “pan” “queso” “pan” todas las tardes de la infancia y adolescencia. El que tiene los pies redondos, aquel que no usa la suela ni para caminar, jamás podrá llegar a elegir su equipo. Lo sabe y repercute en su vida social, por eso se intimida o se resiente. Se sigue estirando la brecha.
 El que pisa primero, tiene el primer disparo; elige al otro mejor. El pisado, sigue por el último bueno si es que lo hay, o se inclina por su amigo. Como en la vida, con tener buena relación con un poderoso, te llega la oportunidad. El problema es al que no. Al que siente que habiendo cuatro jugadores por equipo, quedando dos o cuatro para seleccionar, le despiertan el desconcierto y la desesperanza. Eligieron al rubio porque es rubio o prefirieron a Tomás porque es amigo del amigo del habilidoso que pisó primero. Cuando quedan dos, es suerte o verdad; la gloria o devoto. El que sea elegido, sabrá que no es el peor, aunque pueda serlo cuando falte el otro. Pero ese otro, pobre ese otro. La exclusión será tal, que jugará sin ganas de demostrar, viendo en el pisado -su compañero por decantación- un gesto de resignación y bronca. Ese ademán que le hace a los otros compañeros de que no importa, que con uno menos se puede ganar, existen las hazañas en el fútbol y será más placentera la victoria.
 Al úlimo eslabón -encontrado por desgracia-, el resultado lo influye, ya que es consciente que no depende de él. La responsabilidad está en el pisado, que puede haber perdido el pan y queso solo porque el otro calzaba 41 con doce años, o a lo sumo el destino del partido puede estar en los pies de uno de los primeros elegidos, pero casi nunca -siendo piadoso- del descarte. Pocas son las veces que el último en ser reclutado, fue el héroe de una tarde y le permitió dejar de estar al final de la elección.
 Cuando termina el partido, los mejores vuelven al aula o al kiosko del barrio a charlar del juego, sin importar que hayan sido rivales. La clase media puede acompañarlos, especialmente si alguno hizo unos cuantos goles o le arrastró la marca al mejorcito, pero la clase baja no. El indigente se va a la casa o se sienta solo en la clase. Porque el fútbol te lleva a eso, a que si sos malo no tenes amigos; si no tenes amigos, no tenes minas; si no tenes minas, te tenés que sentar solo adelante, bien cerquita de la docente. Es impensado que el último, habiendo perdido, comparta una gaseosa con el verdugo que hizo la mueca de “que le vamos a hacer” cuando le tocó jugar con él. Ni siquiera dijeron mi nombre, piensa en la ducha entretanto la madre le prepara la merienda. Mientras hunde sus penas y las vainillas en la chocolatada, le explica a la vieja la sensación de que hayan dicho todos los nombres del grupo de amigos y el suyo no haya sonado más que para una cargada porque no hay razón de mencionar al relegado, describe la incomodidad de pertenecer a un equipo donde nadie quiere que forme parte, incluso él mismo.
 Un amigo, ferviente defensor de la libertad de expresión y elección, más que nada sexual, siempre pensó que la decisión de perseverar por un cambio era admirable y hablaba bien de esa persona. Decía con tono de envidia sana que él no hubiese podido, que eligió compartir los recreos con las chicas entre la rayuela y el elástico porque no imaginaba lo que sentía el pobre pibe que quedaba último. Era como si a el lo hubiesen ubicado de poste durante el recreo para sostener el elástico o lo hayan asignado como “stoneboy”, cuando la piedra se iba afuera de las dimensiones predeterminadas que oscilaban entre tierra y cielo.
 Nunca es tarde para que quiten el suplicio del pan y queso, pero tampoco hay que mentirse. Si los políticos nunca se fijan en los que menos tienen. Ellos se ocupan de abultar sus billeteras y honrar su apellido; se encargan de resolver cuestiones grandes con argumentos pocos; se jactan de ocuparse en los de abajo y crecen a costa de ellos. Sinceramente, no creo que vayan a abolir el pan y queso, para que invertir en la inclusión de las personas que le pegan con las dos piernas juntas, si están acostumbrados a esperar.

domingo, 10 de enero de 2016

Messi es un superhéroe

No tengo intención alguna de convencer al lector. ¿Quién soy yo para intentarlo? Mi objetivo será, de ahora en adelante, mostrar otro punto de vista, quizá el más extremo. Quiero fundamentar mi pensamiento, voy a explicar mi visión y compartiré mi creencia de que Messi es un superhéroe.
 Partiendo de la base, todo superhéroe tiene un hecho específico que hizo posible su transformación en tal: el origen. Puede ser provocado por distintas causas, ya sean no humanas –léase seres mitológicos, extraterrestres, robots - o tal vez un experimento científico, como Hulk o Flash en alguna de sus tantas versiones. Este superhéroe proviene de un trauma de su niñez, más precisamente un conflicto endocrinológico que traía consigo un déficit de hormonas de crecimiento, lo cual le impedía desarrollarse como es necesario para jugar al fútbol.
 El poder, porque todo personaje tiene que tener una o más capacidades superiores que lo distingan del resto de los mortales, nació con él. En realidad, nació en él. En su pierna izquierda tiene algo que lo hace diferente; tiene un control y una técnica que se asemeja a la avanzada tecnología de Batman o hasta incluso de Iron Man, posee una precisión admirable, algo perfecto. Su zurda es perfecta. No es necesario que el poder sea algo irreal, pero si extraordinario y él lo tiene. Su zurda es extraordinaria: es poco común, sale fuera del orden. Es la espada del Zorro, el martillo de Thor, el escudo del Capitán América. De su botín puede salir un disparo fulminante o una caricia delicada por encima de la barrera. Un cambio de frente o una asistencia exquisita.
 Algunos le inventarán un enemigo porque debe tenerlo; ya sea Cristiano Ronaldo o cualquier defensor de turno que intente sacarle la pelota y él lo convierta en cono, ridiculizándolo. Este superhéroe está más allá de la rivalidad o la disputa, él se intenta invocar para encausarse en su lucha desinteresada en beneficio del pueblo, la felicidad que provoca en niños y adultos durante cada partido.
 Muchos aparecen en una situación inesperada: una catástrofe o cualquier otra amenaza, él no. El trabaja de superhéroe. Domingo tras domingo tiene que sorprender, tiene que convencer y generar admiración. Todos esperamos lo mismo de él: que sobresalga en la escena que comparte con veintiún acompañantes dispensables. Cuando entra en acción, todo pasa a segundo plano. Por eso sus compañeros están obligados a darle la pelota a él, aunque algunos no lo entiendan y no lo cumplan. Bernardo no va a ponerse la máscara para ir a enfrentar a Monasterio, Alfred tampoco iría al cruce con el Guasón. Tienen que darle la pelota a él para que haga su gracia, se destaque y nos deje satisfechos.
 Todo personaje tiene un álter ego, su doble identidad tiene que contrastar. Él no desentona. Se muestra tímido y cauto, sencillo. Pero cuando se pone el traje –tiene dos- es verdaderamente él. Falta el respeto en bien de la humanidad, encara al más poderoso, se la tira larga al menos piadoso del universo. Es así. Nació para eso, para superar rivales y hacer goles, solo de esa manera consigue la atención y cumple con la felicidad de millones de espectadores que frenan sus vidas y sus quehaceres para admirarlo. En eso consiste un superhéroe: tiene que inspirar fe y confianza. Tiene que ser nuestro representante ante el mundo y la tristeza. Él no va a presionar a un político, pero va a tirar un caño que nos haga quedar perplejos y sonreír aunque estemos pasando un mal momento. Él no nos va a salvar del hambre del mundo, pero por su nombre nos reconocerán en todo el planeta. Él no va a frenar las guerras y los intereses económicos de los dueños del poder, pero va a enganchar para el medio y la va a clavar en el segundo palo. Puede ser que no siempre triunfe: al fin y al cabo, todo superhéroe pierde alguna batalla. Nuestro superhéroe ya perdió algunas y, sin importar la razón y el contexto, fue acribillado. Despertó el rechazo y la decepción hasta en su propio suelo, pusieron –aquí si que no me incluyo- en duda sus capacidades y sus ganas, sus prioridades y sus sentimientos.
 Permítanme decirles que eso es obvio en todos los superhéroes: luego de las críticas, logrará algo y todos nos rendiremos ante él.

Amor sin barrera

Sería una locura pensar que tengo algo en contra de los homosexuales, es una elección sexual y cada uno hace de su culo un pito –valga la redundancia-, pero me quería salvar del descenso. Quizá al que no le gusta el fútbol, aquel que no suele ir a la cancha o no conoce la pasión por una camiseta, no lo entienda. Yo si. Yo perdí la categoría y fue por culpa de esos tres putos. Reitero que no es homofobia, para nada. Va por otro lado la cuestión.
 Descender, para que lo entienda doña Rosa, es como que tu mujer se acueste con tu mejor amigo, o peor aún, como que tu mamá se acueste con tu mejor amigo. Descender es impotencia, es esperanza hasta que matemáticamente aparece la decepción y el dolor. Habrá algún optimista que dirá: “hay que tocar el fondo para volver a subir”, pero yo no creo en esas cosas. Yo creo en lo que veo y lo que vi podría haberse evitado.
 Faltaban dos fechas y necesitábamos tres puntos para salvarnos, un triunfo. Se corría el rumor por los pasillos del club que Sebastián “el tanque” Gutiérrez, nuestro nueve alto, estaba saliendo con el lungo central derecho, Claudio Sedán. En el vestuario había un clima tenso y en el entorno del equipo rival -esos muertos de verde- habitaba un regocijo inexplicable. Hicieron afiches, banderas, hasta la tapa de su revista partidaria de la anteúltima fecha, titulaba: “Tanque Sedán” con una foto de nuestros jugadores abrazados en una práctica, con el epígrafe que narraba su historia de amor y la frustración de todos nosotros.
 Como en todas las tragedias de amor, apareció un tercero en discordia. Lamentablemente, era también de nuestro equipo, el arquero manco que teníamos, Gastón Rosales. Al parecer, por lo que se comentaba y por lo que terminamos viendo, Rosales era un tipo inseguro –no solo bajo los tres palos- y celoso.
 En la última fecha, definíamos de local contra Cambaceres, partido más que accesible, aunque no tanto para nosotros. El partido estaba empatado, pero con más ganas que ideas, logramos ponernos en ventaja con un golazo de cabeza del tanque, que para no dejar dudas, salió corriendo abrazado a Sedán a festejar al córner. Fue un momento raro, una celebración inoportuna que produjo algunos silbidos y otros aplausos. Nuestro arquero se agarraba la cabeza y ahí no quedó sospecha alguna. El nueve se comía al dos y éste había tenido un pasado con Rosales, quien era un maricón celoso que, encima, no agarraba una. Había terminado el primer tiempo. La gente aplaudió al equipo por la actitud que ofreció, pero nuestra atención se la había llevado el empujón de Rosales a Sedán. Algún desprevenido, quizá habrá pensado que era por alguna falta innecesaria con el delantero de ellos de espalda a nuestro arco o algún error al salir jugando de abajo, pero los que conocíamos la historia y frecuentábamos el club, sabíamos que la recriminación del arquero al central era por su pasado amoroso.
 Cuando arrancó el segundo tiempo, esperábamos que nuestro equipo se cierre atrás para manejar el partido con la pelota en nuestro poder, y eso fue lo que sucedió. Mentiría si digo que la segunda mitad fue un baile, porque no llegamos al arco, pero ellos tampoco. Quedaban cinco minutos para salvarnos del descenso, para volver a tener buen humor, para tirar la calculadora. Faltaban cinco malditos minutos para respirar tranquilo de nuevo, para dejar de contestarle mal a mi mujer, para que no me carguen en el laburo.
 Restaban dos minutos cuando el árbitro cobró un tiro libre para ellos al borde del área. Mi primo, fanático del ascenso y las estadísticas estúpidas, recuerdo que me dijo: “tranquilo, negro. Cambaceres no hizo ningún gol de tiro libre en todo el torneo”. Rosales acomodó la barrera en la única falta que hubo próxima a nuestro arco. Cuando propios y contrarios ya se habían posicionado, un gesto me llamó la atención. Nuestro arquero celoso y resentido, le estaba diciendo al tanque Gutiérrez y al lungo Sedán que se separen. Estaban unidos, además de lo sentimental, por lógica: eran los dos jugadores más altos en cancha y estaban en el medio de la barrera para que al diez de ellos se le dificulte más pegarle por arriba y que caiga la pelota, ya que era corta la distancia con el arco. Yo no podía creer lo que estaba pasando. Sobre todas las cosas, no lograba entender –todavía no puedo- cuan culpable debería sentirse Sedán del final de la relación con Rosales que accedió a distanciarse un paso de Gutiérrez. Y tampoco puedo explicarme, hoy en día, lo cagón que es el tanque que no se pegó al dos. Yo, si fuese trolo y saliera con un compañero, ante el pedido del arquero, lo cagaría a trompadas. Mi esposa dice que no entiendo, que hay que tener respeto por las parejas anteriores, pero ella no entiende que había quedado un hueco donde pasaba la pelota muy tranquilamente y lo que esto significaba. Aparte, el tanque medía un metro noventa, si se peleaba con el arquero, con una mano lo disfrazaba de moretón. Nunca voy a entender como pudo haber sido tan cagón y pecho frío. Si hubiese querido un poco al club y a nuestra camiseta, la historia seguramente hubiera tenido otro final. Pero no. El diez de ellos, incrédulo, vio la grieta en la barrera, aseguró el remate y salió a festejar. Los ocho jugadores restantes, salieron corriendo a putear a Rosales, en lugar de haberse puesto en el medio de los otros dos maricones cuando armaban la barrera.
 Obviamente que no pudimos torcer nuestro fatal destino, perdimos y descendimos. No tenía ni fuerzas para putear a ninguno de los tres. Solo lloré y lloró cada vez que recuerdo ese momento. Sinceramente no tengo nada contra los putos, excepto con éstos tres.

Volvé Javier

Yo lo conocía, éramos vecinos del barrio de Monte Castro. Vivíamos sobre la calle Joaquín V. González al 2000, a dos casas de diferencia, separados por la panadería donde comprábamos aquellas palmeritas inolvidables.
 Desde chiquito ya asomaba ese espíritu desertor. No porque había dejado la escuela en quinto grado, tampoco porque solía escaparse de su casa después de cenar, sino porque tenía el defecto –o la virtud- de haberse ido cuando lo llamaban.
 Nos hicimos amigos por compartir interminables picados sobre la calle Miranda, el asfalto por el que menos autos pasaban, en tardes de sudor y peleas. Siempre existía el mismo conflicto: Javier no bajaba. No le gustaba, no lo sentía. No era un portador de técnica admirable, ni un desequilibrante nato, de hecho no tenía muchas aptitudes futbolísticas, pero iba para adelante y ese era el problema. En esos partiditos donde el gordo atajaba y el malo jugaba atrás, a Javier le tocaba jugar abajo por decantación, pero no lo aceptaba, por eso subía incansablemente por el sector derecho. Se recostaba sobre ese lado porque en la pierna izquierda tenía un resorte, era imposible que lograra parar la bocha y desbordar para tirar un centro orientado. Con más ganas que otra cosa, Javier pasaba al ataque –con o sin pelota dominada- y si perdíamos la posesión, no retrocedía aunque se lo pidiéramos.
 Con el paso del tiempo y las malas costumbres, ya de adolescentes, cambiamos el picado de Miranda por las birras en el pool de Marta, ahí sobre la avenida Jonte. Los padres de Javier no renovaron el alquiler porque veían como su hijo se iba perdiendo con el transcurso de los años y decidieron mudarse a Lomas de Zamora, facilitándole al hijo el viaje a Temperley, donde jugaba –o eso intentaba, al menos- de cuatro en la quinta división. Era un cuatro con proyección y fortuna, ya que en la 16º fecha del torneo y con 17 años, le tocó integrar el banco de suplentes de la primera del gasolero. Era indudable que se había esforzado por lograr aquella convocatoria, pero todos sabíamos que en realidad era por la falta de jugadores en el club. En definitiva, merecido o no, él estaba ahí y nosotros también, pero detrás del alambrado.
 Transcurría el minuto treinta del segundo tiempo, cuando el lateral derecho de Temperley hizo el gesto de separar los puños en señal de que le tiró. “Javier, calentá”, ordenó Eduardo Rodríguez, el técnico, que le daría la instrucción de que juegue ordenado y tranquilo. Era su momento, todos lo sabíamos. Iba empatado en uno el clásico con Los Andes cuando entró Javier. Al toque, habrían pasado dos o tres minutos, se la tiraron larga y un rival lo agarró de la camiseta, ganándose la roja y regalándole un tiro libre a Temperley que, después de un centro exquisito del “Chichi” Díaz, el pelado que jugaba de central convertiría en gol. 2 a 1 el clásico a favor de los locales en treinta y cinco minutos del complemento, tanto Javier como el Chichi y el pelado fueron ovacionados después del gol.
 Era el debut soñado, pero no pudo con su genio. A la jugada siguiente del gol, cuando la tenía el tres, Javier subió para recibir un cambio de frente de toda la cancha –algo imposible en esa categoría del fútbol argentino-. El técnico, desesperado, le pedía que retrocediera y yo me guardé el comentario, pero no iba a conseguir que lo obedeciera. A mí nunca me había hecho caso en Miranda, pero no tenía a ocho mil personas que reprobaran el acto de no volver. De ahí nació el empate. Recuperó la pelota Los Andes en mitad de cancha, la abrieron a la izquierda y por ese costado desierto vino el centro que derivó en el gol “milrayita”. El entrenador, furioso y decepcionado, le reclamó a Javier ese error táctico. El debutante, como no podía ser de otra manera y porque sabía que no le quedaban cambios a su equipo, le dijo que le chupe un huevo –lo mismo que me gritaba a mí todas las tardes-.
 Ya estaban en tiempo adicionado cuando el Chichi Díaz se la dejó al cinco y éste, creyendo que Javier estaba en la línea del medio, le dio un pase sin mirar, ignorando que el cuatro sin retorno, estaba quince metros más adelantado, esperando el pase del 10. Crónica de una muerte anunciada. El mediocampista izquierdo de Los Andes sacó el lateral rápido –inversamente proporcional a la velocidad con la que retrocedía Javier- dándole la pelota al nueve negro que tenían ellos, quien corrió con campo libre hasta definirle al segundo palo al pobre arquero que tuvo que sacar, cabizbajo, la pelota del fondo de la red.
 Nadie lo podía creer. La hinchada pasó de la ovación al repudio en doce catastróficos minutos. Nosotros, los pibes, nos agarrábamos la cabeza como en aquellas tardes, pero esta vez no nos pelearíamos con él. Los compañeros lo miraban con furia y los rivales con cara de agradecimiento. El técnico le gritó lo mismo que nosotros en los picados de Miranda y la madre en el balcón, al igual que lo hace hoy la madre de sus hijos: ¡volvé Javier, la puta que te parió!

Negado al legado

Nunca fui un gran jugador, pero tampoco era un desastre. Era medio pelo, un jugador del montón. Podía jugar abajo o arriba, ocupaba cualquier espacio de la cancha con oficio y compromiso. Si me tocaba ir abajo, sacaba lo que venía. Si me tocaba ir arriba, trataba de asistir a un compañero más adelantado que yo o pateaba lo más fuerte que podía con la intención de vencer al arquero. No tenía camiseta: jugara para el lado que jugara, ponía todo de mí y nadie podía negarlo.
 Era la época donde no existía el trabajo, ni el estudio, ni un carajo. Íbamos a la escuela porque nuestros viejos nos mandaban y después jodíamos todo lo que podíamos. No había ninguna clase de responsabilidad más que defender los colores que elegía el azar a través del piedra, papel o tijera. Una vez que teníamos definido en que arco había que meter la pelotita, solo jodíamos. De lunes a lunes, todas las tardes del año, apostábamos y jugábamos hasta que desde la ventana de nuestras casas se escucharan los gritos de los adultos, suspendiendo los partidos para ir a las duchas, a cenar y a dormir.
 Volviendo al complejo de mi vida, no era peor que muchos ni mejor que tantos otros. Éramos veinte los que solíamos ir a jugar al salir del colegio y sin dudas tenía mi lugar entre los diez mejores. Yo decía que era el peor de los mejores y mis amigos decían que era el mejor de los peores, hasta ellos admitían que no era malo.
 Una tarde de septiembre, el 7 para ser más preciso, no me dejaron jugar más por una regla inventada que implementaron a la cual me opuse. Ese día se me vino el mundo abajo, mis sueños se desvanecieron y mis amigos -los que me quitaron el suelo de los pies- no me incluyeron nunca más en los partidos de todas las tardes. Tenía nueve años, hijos de puta, me cagaron la vida. Hay una frase célebre que usan las personas para excluir a alguien de una situación: “vos no tuviste infancia”. A mí me la robaron, alcancé a tenerla. Con mi infancia se fueron mis amigos, mis tardes, mis anécdotas y aventuras. Todo ese verano me la pasé acompañando a mi abuela al club de jubilados, a mi mamá al supermercado y a mi papá a su local en Warnes, donde vendíamos repuestos robados como mi infancia.
 Mi familia no me veía bien, notaba que yo estaba sufriendo el hurto de mi niñez y, como toda familia moderna, me mandaron al psicólogo. Con el diario del lunes, perdón a los licenciados por la ofensa, considero que a mis viejos le chorearon la guita porque el tipo no me dijo nada que no sepa. No desmerezco su profesión, mucho menos su estudio porque sinceramente admiro a la gente que tiene la voluntad de estudiar como lo debe haber hecho mi psicólogo, pero estuvo dos años para descubrir que mi problema venía de mis ancestros. Bah, en realidad, sin leer lo que él, mi diagnóstico es más exacto: venía de mi tátara abuelo, de mi bisabuelo, de mi abuelo y de mi viejo.
 Luego de ese fatídico fin de año –podrán imaginarse mi soledad dentro del aula- mis papás decidieron cambiarme de colegio, pero no fue la solución. Para mí, hubiese recuperado mi infancia, mis amigos, mis tardes y mi vida de una sola manera: cambiándome el apellido. Cuando se lo planteé a mis viejos con lágrimas en los ojos, aquella tarde lluviosa, mi vieja se cagó de risa y mi papá me pegó un bife por deshonrar a la familia. No creía merecerlo, pero no me quedó otra que aceptarlo porque sino venía otro. Mamá, después de insultarlo un rato largo por el cachetazo, vino a mi cuarto y me explicó que esa no era la solución, que mis problemas no estaban en mi apellido, sino en la cabeza de mis amigos que no eran tales.
 Pero no era así y el tiempo me dio la razón: al año lectivo siguiente, mis nuevos compañeros tampoco me dejaron jugar y ahí comprobé que era por mi apellido. No sabían como jugaba, como atacaba, como defendía, como dejaba la vida en cada pelota. No tenían la más puta idea de lo que significaba para mi que me dieran la oportunidad de demostrar que podía romperla, que tenía técnicas que había practicado solo en mi casa que no conocía nadie, que era el socio ideal para triunfar en este hermoso deporte. Me pusieron la etiqueta que figura en mi documento desde el día de mi nacimiento, el apellido de mierda que tengo que aparecía en el registro de asistencia de la maestra o en la tapa del horrible cuaderno de comunicados forrado en azul con pintitas blancas. Germán Molinete. ¡qué apellido del orto!
 Tengo un solo objetivo en la vida que arrastro desde aquel 7 de septiembre: averiguar quien fue el forro, ladrón de infancia, que puso la regla de mierda de que al metegol se juega sin Molinete.