domingo, 10 de enero de 2016

Negado al legado

Nunca fui un gran jugador, pero tampoco era un desastre. Era medio pelo, un jugador del montón. Podía jugar abajo o arriba, ocupaba cualquier espacio de la cancha con oficio y compromiso. Si me tocaba ir abajo, sacaba lo que venía. Si me tocaba ir arriba, trataba de asistir a un compañero más adelantado que yo o pateaba lo más fuerte que podía con la intención de vencer al arquero. No tenía camiseta: jugara para el lado que jugara, ponía todo de mí y nadie podía negarlo.
 Era la época donde no existía el trabajo, ni el estudio, ni un carajo. Íbamos a la escuela porque nuestros viejos nos mandaban y después jodíamos todo lo que podíamos. No había ninguna clase de responsabilidad más que defender los colores que elegía el azar a través del piedra, papel o tijera. Una vez que teníamos definido en que arco había que meter la pelotita, solo jodíamos. De lunes a lunes, todas las tardes del año, apostábamos y jugábamos hasta que desde la ventana de nuestras casas se escucharan los gritos de los adultos, suspendiendo los partidos para ir a las duchas, a cenar y a dormir.
 Volviendo al complejo de mi vida, no era peor que muchos ni mejor que tantos otros. Éramos veinte los que solíamos ir a jugar al salir del colegio y sin dudas tenía mi lugar entre los diez mejores. Yo decía que era el peor de los mejores y mis amigos decían que era el mejor de los peores, hasta ellos admitían que no era malo.
 Una tarde de septiembre, el 7 para ser más preciso, no me dejaron jugar más por una regla inventada que implementaron a la cual me opuse. Ese día se me vino el mundo abajo, mis sueños se desvanecieron y mis amigos -los que me quitaron el suelo de los pies- no me incluyeron nunca más en los partidos de todas las tardes. Tenía nueve años, hijos de puta, me cagaron la vida. Hay una frase célebre que usan las personas para excluir a alguien de una situación: “vos no tuviste infancia”. A mí me la robaron, alcancé a tenerla. Con mi infancia se fueron mis amigos, mis tardes, mis anécdotas y aventuras. Todo ese verano me la pasé acompañando a mi abuela al club de jubilados, a mi mamá al supermercado y a mi papá a su local en Warnes, donde vendíamos repuestos robados como mi infancia.
 Mi familia no me veía bien, notaba que yo estaba sufriendo el hurto de mi niñez y, como toda familia moderna, me mandaron al psicólogo. Con el diario del lunes, perdón a los licenciados por la ofensa, considero que a mis viejos le chorearon la guita porque el tipo no me dijo nada que no sepa. No desmerezco su profesión, mucho menos su estudio porque sinceramente admiro a la gente que tiene la voluntad de estudiar como lo debe haber hecho mi psicólogo, pero estuvo dos años para descubrir que mi problema venía de mis ancestros. Bah, en realidad, sin leer lo que él, mi diagnóstico es más exacto: venía de mi tátara abuelo, de mi bisabuelo, de mi abuelo y de mi viejo.
 Luego de ese fatídico fin de año –podrán imaginarse mi soledad dentro del aula- mis papás decidieron cambiarme de colegio, pero no fue la solución. Para mí, hubiese recuperado mi infancia, mis amigos, mis tardes y mi vida de una sola manera: cambiándome el apellido. Cuando se lo planteé a mis viejos con lágrimas en los ojos, aquella tarde lluviosa, mi vieja se cagó de risa y mi papá me pegó un bife por deshonrar a la familia. No creía merecerlo, pero no me quedó otra que aceptarlo porque sino venía otro. Mamá, después de insultarlo un rato largo por el cachetazo, vino a mi cuarto y me explicó que esa no era la solución, que mis problemas no estaban en mi apellido, sino en la cabeza de mis amigos que no eran tales.
 Pero no era así y el tiempo me dio la razón: al año lectivo siguiente, mis nuevos compañeros tampoco me dejaron jugar y ahí comprobé que era por mi apellido. No sabían como jugaba, como atacaba, como defendía, como dejaba la vida en cada pelota. No tenían la más puta idea de lo que significaba para mi que me dieran la oportunidad de demostrar que podía romperla, que tenía técnicas que había practicado solo en mi casa que no conocía nadie, que era el socio ideal para triunfar en este hermoso deporte. Me pusieron la etiqueta que figura en mi documento desde el día de mi nacimiento, el apellido de mierda que tengo que aparecía en el registro de asistencia de la maestra o en la tapa del horrible cuaderno de comunicados forrado en azul con pintitas blancas. Germán Molinete. ¡qué apellido del orto!
 Tengo un solo objetivo en la vida que arrastro desde aquel 7 de septiembre: averiguar quien fue el forro, ladrón de infancia, que puso la regla de mierda de que al metegol se juega sin Molinete.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario