Voy a la cancha
desde que tengo uso de razón; al principio me llevaba mi padrino
-que es como mi padre-, luego iba acompañado del papá de mi
hermanita y, desde hace más de diez años, voy solo o con amigos.
Toda mi vida fui.
En tanto tiempo, he
visto algunas cosas increíbles y otras inauditas. Recuerdo goles
magníficos y burradas inexplicables. Diversas sensaciones y
profundos sentimientos invadieron -todavía invaden- mi cuerpo:
lloré, reí, amé, detesté, acompañé, alenté, festejé,
entristecí, canté, prometí, recé, abracé y grité. Hice todo eso
y también escuché. Oí canciones pegadizas que luego entoné
durante días, meses y años, pero además tuve que soportar los
gritos de algún que otro infradotado.
Luego de aguantar
muchísimo tiempo la ira y cansado de putear por lo bajo -a veces no
tanto-, decidí ponerme a pensar como podría censurar a los idiotas
en las tribunas.
Considero positivo
implementar árbitros -o jueces- vestidos de civil que determinen
cuando haya que apercibir a los energúmenos. Propongo que se
empilchen como un hincha más para no sufrir agravios por querer
impartir justicia. No quisiera que existan los jueces de línea
porque no conozco oficio más botón que ese, pero réferis tiene que
haber; no es lo mismo la justicia que la alcahuetería. Figúrese: se
le muestra una tarjeta amarilla al idiota que vocifera una estupidez
u obviedad. Si llegase a repetir esta acción en otra oportunidad, se
le enseña la tarjeta roja y tiene que retirarse del estadio. En caso
de que largue un grito oportuno, un comentario sutil o un insulto
gracioso, podría redimirse y, si así lo considerase el juez, se le
quitaría la amonestación.
Al que le pida al
técnico que se vaya, sugiero que se lo expulse del partido de forma
directa por cobarde e incoherente. Ese imbécil que proponga la
destitución del entrenador, cuando el jefe le ordena que se quede
haciendo horas extras, no le suelta: “andate y no vuelvas más,
cornudo, ladrón e hijo de puta”.
También tendría
que ser echado el que exprese la siguiente frase: “le pegan todo el
día a la pelotita y no dan un pase bien”. Esa expresión denota
una falta de análisis en cuanto a los factores externos de la
asistencia al pie del compañero y fomenta la ira en los entendidos
del fútbol.
A las tres
expulsiones en un mismo torneo, la comisión directiva debería
interceder en la cuestión -hasta la AFA tendría que intervenir si
fuese necesario- prohibiendo al socio o simpatizante el ingreso a la
cancha durante la primera mitad del torneo siguiente. Habría que
pregonar el derecho de admisión y permanencia en pos de una
convivencia sana y plancentera en los tablones.
No puede valer lo
mismo un grito al estilo de: “arquero, salí que es sábado” que
la estupidez que involucra el trabajo de una persona, como por
ejemplo: “pateá bien, forro, cobrás por pegarle a la pelota”.
Habría que premiar
los comentarios sutiles como: “ocho, sos menos zurdo que Macri” y
condenar al burdo orador que exclama a viva voz, sin fundamentos, que
la esposa del árbitro se acuesta con quien se cruza, a menos que
utilice la infalible comparación con Patricia Sosa, que se cogió a
Mediavilla.
Quien se ensañe con
un jugador rival que posteriormente haga un gol, debería marcharse
por motu propio y si así no fuera, el juez tendría que determinar
su retirada. Recomiendo, también, que se excluya de por vida al
infeliz que grite un gol antes de que sea, siempre y cuando la pelota
no entre al arco. No hay hincha menos hincha que ese y merece un
castigo ejemplar.
Una vez escuché:
“nueve, movete que te va a mear un perro” y me reí, pero luego
me decepcioné cuando el autor de ese enunciado, completó: “es un
tronco, por eso la analogía”. No hay cosa más triste y humillante
que explicar un chiste. Esa acción es de tal bajeza que también
debería derivar en una expulsión eterna de la tribuna.
Insto a las
autoridades a que limpien la idiotez de los escalones del sentimiento
y el aguante, para que sea más puro y razonable el amor por nuestra
bandera -la que elija cada uno-. No quiero oír nunca más el famoso:
“juez, metete la espumita en el orto” cuando el árbitro termina
de contar los pasos que separa a la barrera. Habría que destacar al
que en vez de gritarle a un defensor contrario que es de madera,
exteriorice una sutileza como: “no le tiren aerosol, pónganle
Blem” si es que se lesiona.
No tengo la fuerza
ni la banca para llevarle esta propuesta a los poderosos de corbata
que regulan cada partido oficial de fútbol que se disputa en
Argentina. Si bien suelen tomar medidas extravagantes en lugar de
apostar por la educación de la sociedad, no creo que ésto vaya a
prosperar. En definitiva, las masas se controlan con mayor facilidad
cuando son ignorantes las personas que las componen. Por eso vamos a
seguir oyendo con frecuencia -y exasperación- que los delanteros no
le hacen un gol ni al arcoíris, pero jamás escucharemos que el
cinco recupera más que las Abuelas de Plaza de Mayo.