Hace un poco más de
dos años que dejamos de jugar el torneo de los sábados en cancha de
siete, debido a que la formación 3-2-1 no daba buenos frutos y fue
más fácil renunciar que encontrarle la vuelta. Teníamos que correr
mucho y ésto atentaba la integridad física de los jugadores para la
noche de boliche. Yo no era de los que iba a bailar, pero tampoco me
gustaba correr, así que no tuve más opción que abandonar a la par
de mis compañeros y amigos.
El Chispu, nuestro
mariscal de la defensa, después de cada derrota decía lo mismo: “El
problema está en el medio”. La primera vez que largó esa frase,
todos asentimos porque coincidíamos en que los delanteros no habían
bajado, los defensores no habían tenido claridad para salir jugando
y el mediocampo había quedado descubierto y desarticulado. El único
que reaccionó aquella vuelta fue mi primo Rodrigo que se enojó
porque era uno de los dos mediocampistas y había tomado de manera
personal el comentario. Todas las veces que perdimos después de ese
día, El Chispu le recordaba la falencia: “El problema está en el
medio, Monguito” y era motivo de risa en un plantel cada vez menos
abatido por el resultado.
Hoy en día Rodrigo
está viviendo en Barcelona y cada vez que perdemos en el nuevo
torneo, ya no se escucha esa expresión.
No sé bien si es
porque se suele valorar aquello que se tiene cuando se pierde, pero
ese enunciado todavía me hace ruido. Si sacáramos el fútbol, se
podría aplicar a la vida, siempre y cuando entendiéramos al medio
como el equilibrio, lo justo. Entonces, el problema definitivamente
está en el medio. El mundo no está equilibrado y pareciera que la
justicia no existe.
Al reflexionar sobre
ésto, surge el primer cuestionamiento: ¿Quién y por qué imparte
justicia? Sumergido en la utopía de un mundo con valores positivos
tales como la verdad, el amor, la libertad, la humildad, la igualdad,
la honestidad, el reconocimiento y la solidaridad, es sencillo
imaginar que la justicia decantaría como un acto del hombre noble,
de la pureza del ser. Si llegamos a esta realidad es porque se
preponderó el dinero, el poder, la envidia, la soberbia, la mentira,
la codicia o, simplemente, el capitalismo.
En el mundo utópico
que menciono, no habría un sistema judicial, no existirían los
abogados ni los jueces, no tendrían razón de ser los políticos
como personas que poseen un cargo público, solo tendrían lugar los
que piensen en mejorar las condiciones de vida sin intereses
personales más que la felicidad y la transparencia. Cuesta
imaginarse que no tengan espacio estas funciones en la cotidianidad,
pero se debe a que prevaleció el desarrollo económico sobre el
bienestar de las personas. Sin embargo, todavía podemos entender que
no es necesaria la intervención ajena cuando la justicia la imparte
una comunidad: en un partido de fútbol entre amigos no hay árbitros
y, mucho menos, jueces de línea. Los hay, en efecto, en los torneos
porque hay interés; un equipo quiere vencer al otro, básicamente lo
que insta el capitalismo. En los picados, se prescinde del referí
porque en un grupo hay valores predominantes como la sinceridad,
aunque también están los roles que exponen las influencias de la
sociedad de consumo: siempre estará el que cobre cualquier cosa y el
que saque ventaja en cada jugada dudosa, técnicamente el rol que
cumple un abogado en nuestros días.
El símbolo de la
justicia es una balanza, aunque paradójicamente está abajo el
platillo que más peso tenga. En la actualidad es al revés; quien
más tiene, más escala. Si ubicáramos a las personas de un lado u
otro de la báscula, ahí si tendría justificación: son muchos los
que están abajo y pocos los que se hallan arriba. La confusión
aparece cuando notamos que tiene más peso la multitud que está
abajo, pero las escasas personas que administran el poder se encargan
de que allí sigan durmiendo y no puedan subir.
El Chispu no estudió
sociología y no pregona el comunismo, pero logró -sin intención-
hacer una construcción social: los de arriba no quieren bajar y los
de abajo no tienen claridad ni posibilidades de subir; es por ésto
que el equilibrio se rompe, que la sociedad queda desarticulada y
desprotegida. Cuánta razón tenía mi amigo, el problema está en el
medio, pero no es por culpa de mi primo.