miércoles, 27 de julio de 2016

El problema está en el medio

Hace un poco más de dos años que dejamos de jugar el torneo de los sábados en cancha de siete, debido a que la formación 3-2-1 no daba buenos frutos y fue más fácil renunciar que encontrarle la vuelta. Teníamos que correr mucho y ésto atentaba la integridad física de los jugadores para la noche de boliche. Yo no era de los que iba a bailar, pero tampoco me gustaba correr, así que no tuve más opción que abandonar a la par de mis compañeros y amigos.
El Chispu, nuestro mariscal de la defensa, después de cada derrota decía lo mismo: “El problema está en el medio”. La primera vez que largó esa frase, todos asentimos porque coincidíamos en que los delanteros no habían bajado, los defensores no habían tenido claridad para salir jugando y el mediocampo había quedado descubierto y desarticulado. El único que reaccionó aquella vuelta fue mi primo Rodrigo que se enojó porque era uno de los dos mediocampistas y había tomado de manera personal el comentario. Todas las veces que perdimos después de ese día, El Chispu le recordaba la falencia: “El problema está en el medio, Monguito” y era motivo de risa en un plantel cada vez menos abatido por el resultado.
Hoy en día Rodrigo está viviendo en Barcelona y cada vez que perdemos en el nuevo torneo, ya no se escucha esa expresión.
No sé bien si es porque se suele valorar aquello que se tiene cuando se pierde, pero ese enunciado todavía me hace ruido. Si sacáramos el fútbol, se podría aplicar a la vida, siempre y cuando entendiéramos al medio como el equilibrio, lo justo. Entonces, el problema definitivamente está en el medio. El mundo no está equilibrado y pareciera que la justicia no existe.
Al reflexionar sobre ésto, surge el primer cuestionamiento: ¿Quién y por qué imparte justicia? Sumergido en la utopía de un mundo con valores positivos tales como la verdad, el amor, la libertad, la humildad, la igualdad, la honestidad, el reconocimiento y la solidaridad, es sencillo imaginar que la justicia decantaría como un acto del hombre noble, de la pureza del ser. Si llegamos a esta realidad es porque se preponderó el dinero, el poder, la envidia, la soberbia, la mentira, la codicia o, simplemente, el capitalismo.
En el mundo utópico que menciono, no habría un sistema judicial, no existirían los abogados ni los jueces, no tendrían razón de ser los políticos como personas que poseen un cargo público, solo tendrían lugar los que piensen en mejorar las condiciones de vida sin intereses personales más que la felicidad y la transparencia. Cuesta imaginarse que no tengan espacio estas funciones en la cotidianidad, pero se debe a que prevaleció el desarrollo económico sobre el bienestar de las personas. Sin embargo, todavía podemos entender que no es necesaria la intervención ajena cuando la justicia la imparte una comunidad: en un partido de fútbol entre amigos no hay árbitros y, mucho menos, jueces de línea. Los hay, en efecto, en los torneos porque hay interés; un equipo quiere vencer al otro, básicamente lo que insta el capitalismo. En los picados, se prescinde del referí porque en un grupo hay valores predominantes como la sinceridad, aunque también están los roles que exponen las influencias de la sociedad de consumo: siempre estará el que cobre cualquier cosa y el que saque ventaja en cada jugada dudosa, técnicamente el rol que cumple un abogado en nuestros días.
El símbolo de la justicia es una balanza, aunque paradójicamente está abajo el platillo que más peso tenga. En la actualidad es al revés; quien más tiene, más escala. Si ubicáramos a las personas de un lado u otro de la báscula, ahí si tendría justificación: son muchos los que están abajo y pocos los que se hallan arriba. La confusión aparece cuando notamos que tiene más peso la multitud que está abajo, pero las escasas personas que administran el poder se encargan de que allí sigan durmiendo y no puedan subir.
El Chispu no estudió sociología y no pregona el comunismo, pero logró -sin intención- hacer una construcción social: los de arriba no quieren bajar y los de abajo no tienen claridad ni posibilidades de subir; es por ésto que el equilibrio se rompe, que la sociedad queda desarticulada y desprotegida. Cuánta razón tenía mi amigo, el problema está en el medio, pero no es por culpa de mi primo.


miércoles, 13 de julio de 2016

Centro pasado

Con Lucas somos amigos desde hace más de diez años, casi toda una vida. Nos conocimos en Pacífico, el pequeño club de barrio que supimos llevar a lo más alto.
Yo venía de Racing, frustrado porque no podía jugar más con mis compañeros de siempre; él jugaba de siete en el equipo que me recibió con los brazos abiertos.
Dos fechas después de mi llegada, Lucas pasó al banco. Al poco tiempo, volvió a la titularidad para jugar de dos y no irse nunca más. Supo ser un digno delantero, pero se convirtió en un excelentísimo defensor.
Hoy en día tenemos una amistad que va más allá de aquellos partidos de fútbol; hoy compartimos vinos, nos prestamos libros, discutimos acerca de política y deporte, nos recomendamos autores y asistimos a eventos nocturnos que están más cerca del comunismo que de un par de tetas.
Lucas es un pibe bueno, dentro de todo sano, pero no tiene memoria: puede contar la misma anécdota cuatro veces en dos semanas o, peor aún, anunciar una novedad a lo largo de un mes. Tratamos temas recurrentes como el capitalismo, las mujeres, la educación, la literatura y el fútbol, pero hay un tópico que predomina hace más de nueve años: un gol.
No fue cualquier gol, fue el gol de Lucas a Parque. Según su hipótesis, tuvo lugar en la segunda fecha de un torneo que nos midió con el temible equipo de la calle Marco Sastre. Nosotros, los de Santo Tomé, les teníamos bronca porque ellos se jactaban de que muchas estrellas del fútbol profesional habían salido de ese club.
Aquella tarde ganamos 2-0, pero todavía no podemos determinar que gol fue primero, solo sabemos que hicimos uno cada uno. Hace pocos días me confesó que su gol debe haber abierto el marcador porque si el equipo hubiese estado en ventaja, él no habría ido a buscar el córner. Es una deducción lógica, ya que es una persona que hasta en la Playstation le grita a los laterales para que no pasen al ataque cuando van ganando.
La cosa es que yo empalé la pelota y Lucas, después de sortear al defensor rival con un amague, cabeceó al segundo palo. Nos abrazamos porque el pizarrón de los pobres le había ganado a la historia de los ricos; el laboratorio de Santo Tomé y Joaquín V. González había encontrado la fórmula para derrotar a los conservadores de la plaza Aristóbulo del Valle.
Una vez por mes, la verdad sea dicha, nos acordamos de ese gol. Cada vez con más detalles tales como que Lucas jamás cerró los ojos durante el frentazo o que yo levanté la mano anunciando la profesía. Todo verso.
Después de reírnos y llenar nuestra copa de vino -otra vez-, siempre llegamos a la misma conclusión: hay momentos que uno vive de chico y, en verdad, no tiene real dimensión de lo que sucedió.
Sin embargo, aunque le buscamos la vuelta cada miércoles tinto, no logramos precisar qué hace que nuestra memoria enaltezca las pequeñas y vagas acciones de la vida, aunque éstas nos hayan marcado a fuego. ¿Será que todo tiempo pasado fue mejor? Es una teoría básica, roza lo vulgar para nuestras cabezas amplias y es una frase que nuestros labios violetas no podrían pronunciar por lo simple que suena. Nos proponemos, semana tras semana, ir un poco más allá. Quitarnos el velo, romper un esquema, acercarnos a la verdad. Tal vez parezca de borrachos o de drogadictos tanta filosofía con una premisa tan inconsistente como: centro pasado y cabezazo certero.
Lo que sucede es que nos hemos encausado en la problemática de que las personas recuerdan al pasado como algo increíble e inalcanzable, el famoso tren que no volverá pasar, a pesar de que lo tomemos para ir al trabajo todos los días y sigamos repitiendo esa frase patética. Creemos que esas vivencias son las experiencias que forjan nuestro crecimiento como individuos, aunque la nostalgia de lo que pasó nos invada una y mil veces.
¿Será que yo nunca volveré a empalar una pelota de esa forma y él jamás repetirá tal testarazo? El común de las personas añora un determinado momento porque sabe que no ocurrirá de nuevo; ésto le impide notar que, de otra manera y en diferentes circunstancias, vivirá un hecho de igual o mayor trascendencia para su vida.
¿Cómo puede ser que no recordemos nuestra primera práctica juntos, pero sí aquel gol? ¿Por qué no tenemos imágenes de la charla técnica y conservamos el retrato de la pelota entrando? ¿Con qué método nuestra memoria decide qué momento guardar y cuál borrar?
Son planteos que nos hacemos y, todavía, no tienen respuesta. No pretendemos obtener la verdad, en primer lugar porque no la consideramos categórica y, en segunda instancia, porque sería aburrida la próxima noche que nos una.
El otro día le conté que fui a ver jugar a mi primito y me comí el embole de mi vida. De inmediato, resolvimos que el fútbol de antes no es el de ahora: nosotros jugábamos al sapo antes de cada entrenamiento; los pendejos de hoy tienen grupo de wasap y coordinan a qué hora se encontrarán.
Nosotros nos juntamos a tomar vino, pero también competimos para ver quien recuerda más números de teléfono, como se llamaba tal o cuál famoso, retamos al otro a que nombre todos los centrales pelados que jugaron en el fútbol argentino.
Ahí es cuando reflexionamos y ponemos en tela de juicio al pasado. ¿Qué hace que siempre volvamos a él? ¿La felicidad que tuvimos otrora, no la podemos encontrar mañana?
Yo intento convencerlo todos los miércoles que el jueves va a ser mejor, pero peor que el viernes. Él se empeña en refutar mi posición y bajarme a tierra, sosteniendo que después de un sábado de gloria, indefectiblemente llega un domingo de hastío y resaca.
Nuestras posturas suelen ser antagónicas, pero confluyen en la búsqueda de luz. ¿Lo imposible del pasado hace que lo anhelemos? ¿Si pudieran repetirse esos momentos, tendrían tanto valor? ¿Cuándo fue que el pasado dejó de ser presente? ¿Ese cabezazo, si hubiese pegado en el palo, estaría en nuestra retina?
Si bien un gol de cabeza no es frecuente en el papi fútbol, creo entender qué nos atrae tanto de esa conquista: el centro pasado. No porque haya sido preciso, nada de eso. Sino porque corresponde a que el núcleo de nuestras vidas, el centro, lo más puro, sea el pasado. ¿Eso es así o nos lo impusieron?
Mi nueva teoría define que hay una conspiración, la cual produce un efecto de retrospección en nuestras cabezas y estanca nuestros pensamientos en lo sucedido. Este disparate puede tener sentido: si una persona permanece en los recuerdos de lo que vivió, difícilmente logre crecer y eso es lo que busca el sistema. Alguien que concentra sus energías en experiencias pasadas, jamás podrá enfocarse en nuevos logros y ésto beneficia a los poderosos que buscan anular al resto, ya que si alguien añora el pasado e imagina el futuro, no vive el presente.


domingo, 10 de julio de 2016

Hoy, 27-06-2016

Hoy me desperté y lloré, claro que lloré. ¿Quién fue el mentiroso que dijo que los hombres no lloran? Lloré y mucho; mucho y muy fuerte. Lloré con angustia y con decepción, pero también lloré con resignación y dolor. No lloré por un partido de fútbol, ya no suelo hacer esas cosas. Lloré por el mundo en el que me tocó vivir, éste que trato de cambiar todos los días para que no les toque a mis hijos.
Hoy no hice nada para cambiarlo, quizá por eso escriba estas líneas. Cada vez que me levanto de la cama, vivo para reír y pensar; para hacer pensar y hacer reír. Hoy no hice eso. Hoy cumplí con mis obligaciones y hasta por ahí nomás. Comprobé que Chaplín tenía razón: un día sin risa, es un día perdido. Hoy perdí un día y como me arrepentí, vuelco mis emociones acá.
Hoy no tengo fuerzas ni ganas de reírme, no me sale y no quiero. Sería un hipócrita si me riera, con tantas lágrimas que derramé esta mañana. Estoy decepcionado, pero no con la selección Argentina y mucho menos con sus jugadores, me siento así por todas las personas que habitan este planeta y por quienes lo dirigen.
Escuché y leí a mucha gente hablar de fracaso, cuando ni siquiera tienen un sueño en esta vida. Se atrevieron a mencionar la gloria aquellos que no miran a los ojos. Comentaron acerca de las ganas de los demás, cuando la rutina se comió sus objetivos personales.
Hoy lloré porque noté que este mundo se empeña en que siempre falte algo. Al que terminó el secundario, le falta el título universitario. Al que se compró un auto, le falta el 0km. Al que se fue a vivir con su pareja, le falta comprarse la casa. Al que se compró la casa, le falta casarse y tener hijos. Al que tuvo hijos, le falta conocer a sus nietos. Creo que ésto es una conspiración capitalista para ir siempre por algo más, comprar lo que quieren que compremos, necesitar algo innecesario.
Hoy lloré porque sentí que la gente común no valora y eso le impide disfrutar. No abundan los que se ponen en el lugar de otro, pero sobran los que juzgan desde el sofá de sus casas.
¿Quién tiene la vara para juzgar los sentimientos de los demás? ¿Quién compró el esfuerzómetro? ¿Quién se cree capaz de condenar a otro por un resultado?
Hoy lloré porque entendí que se considera éxito al triunfo. Seré un iluso que cree poder cambiar la visión de las personas, pero seguiré intentándolo porque -para mí- la magia está en el truco y no en el desenlace. El éxito, por definición, es el resultado feliz de algo. El éxito puede ser el triunfo, claro, pero no necesariamente. El éxito también es tener sueños e ir tras ellos, alimentar las pasiones que habitan en nosotros, abrazar y amar a los nuestros. El éxito es sostener la mirada, decir la verdad siempre, dar sin esperar algo a cambio.
Hoy lloré porque no se disfruta lo que se tiene. Tenemos al mejor jugador del mundo, pero le falta una copa. Tenemos el país más rico, pero le falta el mar calentito. Tenemos las mujeres más hermosas, pero falta la miss mundo. En lugar de cuidar, admirar y gozar lo que formamos y tenemos, nuestra sociedad prefiere anhelar lo que falta.
¿Cuán feliz puede ser una persona que se fija en lo que le falta? ¿No sería mejor valorar lo que se tiene y luchar por lo que se quiere? ¿Los sueños son para cumplirlos o para caminar? ¿Para qué existen las pasiones?
Esas preguntas me invaden y hoy lloré porque no todos se cuestionan así. Es más fácil notar la miseria propia en el otro, es más cómodo criticar a los grandes que intentar crecer.
Es muy difícil ser uno mismo y tener autocrítica, pero otro cuestionamiento se apodera de mí: ¿Todos somos lo que queremos ser?
Hoy lloré porque Messi decidió dejar la selección, pero más lloré porque nadie se cuestiona las cosas. Para la mayoría, la vida está dada, porque es más simple dejar todo así como está.

Hoy lloré porque sentí que mi aporte a esta nación es débil, no por el contenido, sino por los receptores. A los que lean ésto, les pido disculpas si se sienten subestimados, no es con ustedes. Es con los demás: con los que no leen, los que no piensan, los que no se cuestionan, los que no valoran, los que no disfrutan, los que no entienden y aún así opinan; porque la opinión es como el culo, todos tenemos una, pero la capacidad de ver las cosas y ponerse en los pies del otro, la tenemos pocas personas.  

Regalo del cielo

Toda mi vida soñé con ese día, hasta que sucedió. Años de ir a la cancha, de llegar entusiasmado y de volver con el ánimo por las nubes o el piso, según el resultado, pero con la esperanza de que me toque a mí. Aquella tarde no la voy a olvidar nunca en mi vida, se lo contaré a mis hijos para que confíen en que les puede pasar a ellos también, solo bastará con que estén atentos y bien ubicados.
No hablo de un campeonato, esas son utopías para los clubes chicos. Esa tarde de sol radiante, me cayó la pelota desde los cielos; la agarré, la abracé y la pateé por arriba del alambrado. Imaginé durante toda una vida como sería ese momento: iba a patearla con un derechazo certero, sin posibilidad de que muera del lado de la tribuna y otro afortunado convierta mi momento de gloria en un recuerdo doloroso e imborrable.
Yo siempre me acomodo en los escalones de arriba en la tribuna solo porque se ve mejor, pero ese día bajé a saludar a Lucas, un ex compañero de trabajo con el que nos habíamos dejado de ver. El partido era un somnífero para quien lo veía por televisión y un bodrio para los que estábamos en la cancha. De repente, como por arte de magia, nuestro central derecho hizo desaparecer la pelota.
- ¡Qué burro hijo de mil putas! -exclamó Lucas.
- Así estamos -largué yo.
Hasta que empezó a bajar como un meteorito, era un balazo que caía de las nubes; un verdadero regalo del cielo. De pronto, el cuero rebotó delante mio y, como el arquero que nunca fui, embolsé esa pelota para no dejar pasar mi oportunidad. La agarré como el bebé que aprieta el dedo meñique de su madre por acto reflejo. La miré, sabiendo que podía no volver a ocurrir o que, si sucediera, se la daría a alguno de mis hijos para que la patease. La abracé, como a esa novia que se va porque así es la vida, aunque uno quisiera que el mundo se acabe en ese momento. Me saqué la ojota derecha y la pateé tan alto como nuestro desastroso y temible defensor. Fue la última vez que no me puse zapatillas para ir a la cancha, a partir de ese día supe que hay que estar bien calzado para que el pie agarre de lleno la pelota y no te quede el empeine colorado por el impacto.
La gente notó mi felicidad, Lucas me felicitó y me dijo que el nunca devolvió una bocha en años de cancha.
-Ya te va a tocar, solo hay que focalizarse en que va a pasar y pasará -solté yo, disimulando ese júbilo ridículo y real.
No me acuerdo como terminó ese partido, pero nunca me voy a olvidar del regocijo con el que regresé a mi casa. Abracé a mi vieja y le conté mi hazaña, aunque ella no comprendió la trascendencia y, mientras se separaba de mis brazos, me preguntó: ¿No tenés cosas más importantes por las que alegrarte?
Necesitaba a alguien que me entienda y llamé a un amigo para compartir mi felicidad:
-Barco, necesito contarte algo increíble, ¿Puedo ir a tu casa?
-Si, hermano, avisame cuando estés afuera porque me chorearon el timbre.
Mientras caminaba hasta su hogar, pensaba en quien podría ser tan forro como para robarse un timbre a pilas. Nunca lo entendí, aunque me acerqué a la verdad con la teoría de que en un rin-raje fervoroso pueden haberlo arrancado para molestar a mi amigo desde la esquina.
-¿Cómo estás? ¿Te volteaste a Pamela David? -me preguntó al abrazarme.
-No, Barquito, pasó algo mejor, algo único.
-¿Te garchás modelos todos los días, acaso?
-No, boludazo, no tiene nada que ver con mujeres. En realidad sí, con una mujer hermosa de cuero; redonda y perfecta -avancé.
-Te enamoraste de una gorda, yo sabía que podía pasarte.
-¿Sos idiota? Dije de cuero.
-Una vaca, de esas que te levantás vos los sábados -completó él.
-No, amigo, la pelota. La única mujer redonda y perfecta que existe, de cuero original, nada que ver con la que jugamos nosotros. La despejó el central y me cayó a mí, la devolví con la derecha de una manera impecable.
-¿Eso era? ¿Vos sabés la cantidad de pelotas que devolvimos con los pibes en la cancha de Lama?
Ahí murió mi entusiasmo, pero tuve una revelación de esas que solo tengo cuando hablo con el Barco: si sos de un equipo chico, es probable que te toque alguna vez. Si vas a la cancha de un equipo ínfimo, podrá sucederte en varias ocasiones. En cambio, si sos de un grande, no te va a pasar en la puta vida. Tal vez por eso mi amigo dejó de ir a la cancha de River, para poder devolver asiduamente la pelota.
Hay algunos factores que determinan esta verdad absoluta e irrebatible: en los equipos grandes no suelen jugar burros de esta calaña, por eso viajan menos pelotas por partido hacia las tribunas. En caso de que ésto ocurra, puede caerle a uno de los sesenta mil hinchas, pero nunca al que está en la tribuna más alta. Figúrese: un fanático de River no va a recibir en la Sívori alta un remate del nueve, tendría que ser un tremendo hijo de puta para colgarla de tal forma. A un bostero que alienta desde la tercer bandeja, no le va a llover un rechazo del seis, por más tronco que éste fuese. Además de la distancia y la calidad de los jugadores que conforman estos equipos, existe la variable del deseo y la expectativa: el que es de un equipo grande, va cada domingo esperando ganar, conociendo sus posibilidades; los que somos de un club chico, sabemos que eso probablemente no acontezca, entonces anhelamos recibir un despeje o robarle una gaseosa al cocacolero en una distracción.

Esa tarde en que el sol estaba más fuerte que la casa del tercer chanchito, me di cuenta de la razón que hacía que yo fuera de un equipo chico. No era, como creía, para que el triunfo sea más heroico y la derrota más digna, nada de eso. Era para tener en mis brazos la pelota, para mirarla, abrazarla y devolverla con una volea digna de una leyenda del fútbol. A mis hijos no le voy a hablar de las épocas donde nos codeábamos con los cinco grandes, les voy a contar la sensación de hacer posible la reanudación del juego, voy a enseñarles que la felicidad está en esas cosas y que la vida te da oportunidades, uno solo tiene que estar atento para aprovecharlas.