Con
Lucas somos amigos desde hace más de diez años, casi toda una vida.
Nos conocimos en Pacífico, el pequeño club de barrio que supimos
llevar a lo más alto.
Yo
venía de Racing, frustrado porque no podía jugar más con mis
compañeros de siempre; él jugaba de siete en el equipo que me
recibió con los brazos abiertos.
Dos
fechas después de mi llegada, Lucas pasó al banco. Al poco tiempo,
volvió a la titularidad para jugar de dos y no irse nunca más. Supo
ser un digno delantero, pero se convirtió en un excelentísimo
defensor.
Hoy
en día tenemos una amistad que va más allá de aquellos partidos de
fútbol; hoy compartimos vinos, nos prestamos libros, discutimos
acerca de política y deporte, nos recomendamos autores y asistimos a
eventos nocturnos que están más cerca del comunismo que de un par
de tetas.
Lucas
es un pibe bueno, dentro de todo sano, pero no tiene memoria: puede
contar la misma anécdota cuatro veces en dos semanas o, peor aún,
anunciar una novedad a lo largo de un mes. Tratamos temas recurrentes
como el capitalismo, las mujeres, la educación, la literatura y el
fútbol, pero hay un tópico que predomina hace más de nueve años:
un gol.
No
fue cualquier gol, fue el gol de Lucas a Parque. Según su hipótesis,
tuvo lugar en la segunda fecha de un torneo que nos midió con el
temible equipo de la calle Marco Sastre. Nosotros, los de Santo Tomé,
les teníamos bronca porque ellos se jactaban de que muchas estrellas
del fútbol profesional habían salido de ese club.
Aquella
tarde ganamos 2-0, pero todavía no podemos determinar que gol fue
primero, solo sabemos que hicimos uno cada uno. Hace pocos días me
confesó que su gol debe haber abierto el marcador porque si el
equipo hubiese estado en ventaja, él no habría ido a buscar el
córner. Es una deducción lógica, ya que es una persona que hasta
en la Playstation le grita a los laterales para que no pasen al
ataque cuando van ganando.
La
cosa es que yo empalé la pelota y Lucas, después de sortear al
defensor rival con un amague, cabeceó al segundo palo. Nos abrazamos
porque el pizarrón de los pobres le había ganado a la historia de
los ricos; el laboratorio de Santo Tomé y Joaquín V. González
había encontrado la fórmula para derrotar a los conservadores de la
plaza Aristóbulo del Valle.
Una
vez por mes, la verdad sea dicha, nos acordamos de ese gol. Cada vez
con más detalles tales como que Lucas jamás cerró los ojos durante
el frentazo o que yo levanté la mano anunciando la profesía. Todo
verso.
Después
de reírnos y llenar nuestra copa de vino -otra vez-, siempre
llegamos a la misma conclusión: hay momentos que uno vive de chico
y, en verdad, no tiene real dimensión de lo que sucedió.
Sin
embargo, aunque le buscamos la vuelta cada miércoles tinto, no
logramos precisar qué hace que nuestra memoria enaltezca las
pequeñas y vagas acciones de la vida, aunque éstas nos hayan
marcado a fuego. ¿Será que todo tiempo pasado fue mejor? Es una
teoría básica, roza lo vulgar para nuestras cabezas amplias y es
una frase que nuestros labios violetas no podrían pronunciar por lo
simple que suena. Nos proponemos, semana tras semana, ir un poco más
allá. Quitarnos el velo, romper un esquema, acercarnos a la verdad.
Tal vez parezca de borrachos o de drogadictos tanta filosofía con
una premisa tan inconsistente como: centro pasado y cabezazo certero.
Lo
que sucede es que nos hemos encausado en la problemática de que las
personas recuerdan al pasado como algo increíble e inalcanzable, el
famoso tren que no volverá pasar, a pesar de que lo tomemos para ir
al trabajo todos los días y sigamos repitiendo esa frase patética.
Creemos que esas vivencias son las experiencias que forjan nuestro
crecimiento como individuos, aunque la nostalgia de lo que pasó nos
invada una y mil veces.
¿Será
que yo nunca volveré a empalar una pelota de esa forma y él jamás
repetirá tal testarazo? El común de las personas añora un determinado momento
porque sabe que no ocurrirá de nuevo; ésto le impide notar que, de
otra manera y en diferentes circunstancias, vivirá un hecho de igual o
mayor trascendencia para su vida.
¿Cómo
puede ser que no recordemos nuestra primera práctica juntos, pero sí
aquel gol? ¿Por qué no tenemos imágenes de la charla técnica y
conservamos el retrato de la pelota entrando? ¿Con qué método
nuestra memoria decide qué momento guardar y cuál borrar?
Son
planteos que nos hacemos y, todavía, no tienen respuesta. No
pretendemos obtener la verdad, en primer lugar porque no la
consideramos categórica y, en segunda instancia, porque sería
aburrida la próxima noche que nos una.
El
otro día le conté que fui a ver jugar a mi primito y me comí el
embole de mi vida. De inmediato, resolvimos que el fútbol de antes
no es el de ahora: nosotros jugábamos al sapo antes de cada
entrenamiento; los pendejos de hoy tienen grupo de wasap y coordinan
a qué hora se encontrarán.
Nosotros
nos juntamos a tomar vino, pero también competimos para ver quien
recuerda más números de teléfono, como se llamaba tal o cuál
famoso, retamos al otro a que nombre todos los centrales pelados que
jugaron en el fútbol argentino.
Ahí
es cuando reflexionamos y ponemos en tela de juicio al pasado. ¿Qué
hace que siempre volvamos a él? ¿La felicidad que tuvimos otrora,
no la podemos encontrar mañana?
Yo
intento convencerlo todos los miércoles que el jueves va a ser
mejor, pero peor que el viernes. Él se empeña en refutar mi
posición y bajarme a tierra, sosteniendo que después de un sábado
de gloria, indefectiblemente llega un domingo de hastío y resaca.
Nuestras
posturas suelen ser antagónicas, pero confluyen en la búsqueda de
luz. ¿Lo imposible del pasado hace que lo anhelemos? ¿Si pudieran
repetirse esos momentos, tendrían tanto valor? ¿Cuándo fue que el
pasado dejó de ser presente? ¿Ese cabezazo, si hubiese pegado en el
palo, estaría en nuestra retina?
Si
bien un gol de cabeza no es frecuente en el papi fútbol, creo
entender qué nos atrae tanto de esa conquista: el centro pasado. No
porque haya sido preciso, nada de eso. Sino porque corresponde a que
el núcleo de nuestras vidas, el centro, lo más puro, sea el pasado.
¿Eso es así o nos lo impusieron?
Mi
nueva teoría define que hay una conspiración, la cual produce un
efecto de retrospección en nuestras cabezas y estanca nuestros
pensamientos en lo sucedido. Este disparate puede tener sentido: si
una persona permanece en los recuerdos de lo que vivió, difícilmente
logre crecer y eso es lo que busca el sistema. Alguien que concentra
sus energías en experiencias pasadas, jamás podrá enfocarse en
nuevos logros y ésto beneficia a los poderosos que buscan anular al
resto, ya que si alguien añora el pasado e imagina el futuro, no
vive el presente.
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