miércoles, 13 de julio de 2016

Centro pasado

Con Lucas somos amigos desde hace más de diez años, casi toda una vida. Nos conocimos en Pacífico, el pequeño club de barrio que supimos llevar a lo más alto.
Yo venía de Racing, frustrado porque no podía jugar más con mis compañeros de siempre; él jugaba de siete en el equipo que me recibió con los brazos abiertos.
Dos fechas después de mi llegada, Lucas pasó al banco. Al poco tiempo, volvió a la titularidad para jugar de dos y no irse nunca más. Supo ser un digno delantero, pero se convirtió en un excelentísimo defensor.
Hoy en día tenemos una amistad que va más allá de aquellos partidos de fútbol; hoy compartimos vinos, nos prestamos libros, discutimos acerca de política y deporte, nos recomendamos autores y asistimos a eventos nocturnos que están más cerca del comunismo que de un par de tetas.
Lucas es un pibe bueno, dentro de todo sano, pero no tiene memoria: puede contar la misma anécdota cuatro veces en dos semanas o, peor aún, anunciar una novedad a lo largo de un mes. Tratamos temas recurrentes como el capitalismo, las mujeres, la educación, la literatura y el fútbol, pero hay un tópico que predomina hace más de nueve años: un gol.
No fue cualquier gol, fue el gol de Lucas a Parque. Según su hipótesis, tuvo lugar en la segunda fecha de un torneo que nos midió con el temible equipo de la calle Marco Sastre. Nosotros, los de Santo Tomé, les teníamos bronca porque ellos se jactaban de que muchas estrellas del fútbol profesional habían salido de ese club.
Aquella tarde ganamos 2-0, pero todavía no podemos determinar que gol fue primero, solo sabemos que hicimos uno cada uno. Hace pocos días me confesó que su gol debe haber abierto el marcador porque si el equipo hubiese estado en ventaja, él no habría ido a buscar el córner. Es una deducción lógica, ya que es una persona que hasta en la Playstation le grita a los laterales para que no pasen al ataque cuando van ganando.
La cosa es que yo empalé la pelota y Lucas, después de sortear al defensor rival con un amague, cabeceó al segundo palo. Nos abrazamos porque el pizarrón de los pobres le había ganado a la historia de los ricos; el laboratorio de Santo Tomé y Joaquín V. González había encontrado la fórmula para derrotar a los conservadores de la plaza Aristóbulo del Valle.
Una vez por mes, la verdad sea dicha, nos acordamos de ese gol. Cada vez con más detalles tales como que Lucas jamás cerró los ojos durante el frentazo o que yo levanté la mano anunciando la profesía. Todo verso.
Después de reírnos y llenar nuestra copa de vino -otra vez-, siempre llegamos a la misma conclusión: hay momentos que uno vive de chico y, en verdad, no tiene real dimensión de lo que sucedió.
Sin embargo, aunque le buscamos la vuelta cada miércoles tinto, no logramos precisar qué hace que nuestra memoria enaltezca las pequeñas y vagas acciones de la vida, aunque éstas nos hayan marcado a fuego. ¿Será que todo tiempo pasado fue mejor? Es una teoría básica, roza lo vulgar para nuestras cabezas amplias y es una frase que nuestros labios violetas no podrían pronunciar por lo simple que suena. Nos proponemos, semana tras semana, ir un poco más allá. Quitarnos el velo, romper un esquema, acercarnos a la verdad. Tal vez parezca de borrachos o de drogadictos tanta filosofía con una premisa tan inconsistente como: centro pasado y cabezazo certero.
Lo que sucede es que nos hemos encausado en la problemática de que las personas recuerdan al pasado como algo increíble e inalcanzable, el famoso tren que no volverá pasar, a pesar de que lo tomemos para ir al trabajo todos los días y sigamos repitiendo esa frase patética. Creemos que esas vivencias son las experiencias que forjan nuestro crecimiento como individuos, aunque la nostalgia de lo que pasó nos invada una y mil veces.
¿Será que yo nunca volveré a empalar una pelota de esa forma y él jamás repetirá tal testarazo? El común de las personas añora un determinado momento porque sabe que no ocurrirá de nuevo; ésto le impide notar que, de otra manera y en diferentes circunstancias, vivirá un hecho de igual o mayor trascendencia para su vida.
¿Cómo puede ser que no recordemos nuestra primera práctica juntos, pero sí aquel gol? ¿Por qué no tenemos imágenes de la charla técnica y conservamos el retrato de la pelota entrando? ¿Con qué método nuestra memoria decide qué momento guardar y cuál borrar?
Son planteos que nos hacemos y, todavía, no tienen respuesta. No pretendemos obtener la verdad, en primer lugar porque no la consideramos categórica y, en segunda instancia, porque sería aburrida la próxima noche que nos una.
El otro día le conté que fui a ver jugar a mi primito y me comí el embole de mi vida. De inmediato, resolvimos que el fútbol de antes no es el de ahora: nosotros jugábamos al sapo antes de cada entrenamiento; los pendejos de hoy tienen grupo de wasap y coordinan a qué hora se encontrarán.
Nosotros nos juntamos a tomar vino, pero también competimos para ver quien recuerda más números de teléfono, como se llamaba tal o cuál famoso, retamos al otro a que nombre todos los centrales pelados que jugaron en el fútbol argentino.
Ahí es cuando reflexionamos y ponemos en tela de juicio al pasado. ¿Qué hace que siempre volvamos a él? ¿La felicidad que tuvimos otrora, no la podemos encontrar mañana?
Yo intento convencerlo todos los miércoles que el jueves va a ser mejor, pero peor que el viernes. Él se empeña en refutar mi posición y bajarme a tierra, sosteniendo que después de un sábado de gloria, indefectiblemente llega un domingo de hastío y resaca.
Nuestras posturas suelen ser antagónicas, pero confluyen en la búsqueda de luz. ¿Lo imposible del pasado hace que lo anhelemos? ¿Si pudieran repetirse esos momentos, tendrían tanto valor? ¿Cuándo fue que el pasado dejó de ser presente? ¿Ese cabezazo, si hubiese pegado en el palo, estaría en nuestra retina?
Si bien un gol de cabeza no es frecuente en el papi fútbol, creo entender qué nos atrae tanto de esa conquista: el centro pasado. No porque haya sido preciso, nada de eso. Sino porque corresponde a que el núcleo de nuestras vidas, el centro, lo más puro, sea el pasado. ¿Eso es así o nos lo impusieron?
Mi nueva teoría define que hay una conspiración, la cual produce un efecto de retrospección en nuestras cabezas y estanca nuestros pensamientos en lo sucedido. Este disparate puede tener sentido: si una persona permanece en los recuerdos de lo que vivió, difícilmente logre crecer y eso es lo que busca el sistema. Alguien que concentra sus energías en experiencias pasadas, jamás podrá enfocarse en nuevos logros y ésto beneficia a los poderosos que buscan anular al resto, ya que si alguien añora el pasado e imagina el futuro, no vive el presente.


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