Hoy
me desperté y lloré, claro que lloré. ¿Quién fue el mentiroso
que dijo que los hombres no lloran? Lloré y mucho; mucho y muy
fuerte. Lloré con angustia y con decepción, pero también lloré
con resignación y dolor. No lloré por un partido de fútbol, ya no
suelo hacer esas cosas. Lloré por el mundo en el que me tocó vivir,
éste que trato de cambiar todos los días para que no les toque a
mis hijos.
Hoy
no hice nada para cambiarlo, quizá por eso escriba estas líneas.
Cada vez que me levanto de la cama, vivo para reír y pensar; para
hacer pensar y hacer reír. Hoy no hice eso. Hoy cumplí con mis
obligaciones y hasta por ahí nomás. Comprobé que Chaplín tenía
razón: un día sin risa, es un día perdido. Hoy perdí un día y
como me arrepentí, vuelco mis emociones acá.
Hoy
no tengo fuerzas ni ganas de reírme, no me sale y no quiero. Sería
un hipócrita si me riera, con tantas lágrimas que derramé esta
mañana. Estoy decepcionado, pero no con la selección Argentina y
mucho menos con sus jugadores, me siento así por todas las personas
que habitan este planeta y por quienes lo dirigen.
Escuché
y leí a mucha gente hablar de fracaso, cuando ni siquiera tienen un
sueño en esta vida. Se atrevieron a mencionar la gloria aquellos que
no miran a los ojos. Comentaron acerca de las ganas de los demás,
cuando la rutina se comió sus objetivos personales.
Hoy
lloré porque noté que este mundo se empeña en que siempre falte
algo. Al que terminó el secundario, le falta el título
universitario. Al que se compró un auto, le falta el 0km. Al que se
fue a vivir con su pareja, le falta comprarse la casa. Al que se
compró la casa, le falta casarse y tener hijos. Al que tuvo hijos,
le falta conocer a sus nietos. Creo que ésto es una conspiración
capitalista para ir siempre por algo más, comprar lo que quieren que
compremos, necesitar algo innecesario.
Hoy
lloré porque sentí que la gente común no valora y eso le impide
disfrutar. No abundan los que se ponen en el lugar de otro, pero
sobran los que juzgan desde el sofá de sus casas.
¿Quién
tiene la vara para juzgar los sentimientos de los demás? ¿Quién
compró el esfuerzómetro? ¿Quién se cree capaz de condenar a otro
por un resultado?
Hoy
lloré porque entendí que se considera éxito al triunfo. Seré un
iluso que cree poder cambiar la visión de las personas, pero seguiré
intentándolo porque -para mí- la magia está en el truco y no en el
desenlace. El éxito, por definición, es el resultado feliz de algo.
El éxito puede ser el triunfo, claro, pero no necesariamente. El
éxito también es tener sueños e ir tras ellos, alimentar las
pasiones que habitan en nosotros, abrazar y amar a los nuestros. El
éxito es sostener la mirada, decir la verdad siempre, dar sin
esperar algo a cambio.
Hoy
lloré porque no se disfruta lo que se tiene. Tenemos al mejor
jugador del mundo, pero le falta una copa. Tenemos el país más
rico, pero le falta el mar calentito. Tenemos las mujeres más
hermosas, pero falta la miss mundo. En lugar de cuidar, admirar y
gozar lo que formamos y tenemos, nuestra sociedad prefiere anhelar lo
que falta.
¿Cuán
feliz puede ser una persona que se fija en lo que le falta? ¿No
sería mejor valorar lo que se tiene y luchar por lo que se quiere?
¿Los sueños son para cumplirlos o para caminar? ¿Para qué existen
las pasiones?
Esas
preguntas me invaden y hoy lloré porque no todos se cuestionan así.
Es más fácil notar la miseria propia en el otro, es más cómodo
criticar a los grandes que intentar crecer.
Es
muy difícil ser uno mismo y tener autocrítica, pero otro
cuestionamiento se apodera de mí: ¿Todos somos lo que queremos ser?
Hoy
lloré porque Messi decidió dejar la selección, pero más lloré
porque nadie se cuestiona las cosas. Para la mayoría, la vida está
dada, porque es más simple dejar todo así como está.
Hoy
lloré porque sentí que mi aporte a esta nación es débil, no por
el contenido, sino por los receptores. A los que lean ésto, les pido
disculpas si se sienten subestimados, no es con ustedes. Es con los
demás: con los que no leen, los que no piensan, los que no se
cuestionan, los que no valoran, los que no disfrutan, los que no
entienden y aún así opinan; porque la opinión es como el culo,
todos tenemos una, pero la capacidad de ver las cosas y ponerse en
los pies del otro, la tenemos pocas personas.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario