domingo, 10 de julio de 2016

Hoy, 27-06-2016

Hoy me desperté y lloré, claro que lloré. ¿Quién fue el mentiroso que dijo que los hombres no lloran? Lloré y mucho; mucho y muy fuerte. Lloré con angustia y con decepción, pero también lloré con resignación y dolor. No lloré por un partido de fútbol, ya no suelo hacer esas cosas. Lloré por el mundo en el que me tocó vivir, éste que trato de cambiar todos los días para que no les toque a mis hijos.
Hoy no hice nada para cambiarlo, quizá por eso escriba estas líneas. Cada vez que me levanto de la cama, vivo para reír y pensar; para hacer pensar y hacer reír. Hoy no hice eso. Hoy cumplí con mis obligaciones y hasta por ahí nomás. Comprobé que Chaplín tenía razón: un día sin risa, es un día perdido. Hoy perdí un día y como me arrepentí, vuelco mis emociones acá.
Hoy no tengo fuerzas ni ganas de reírme, no me sale y no quiero. Sería un hipócrita si me riera, con tantas lágrimas que derramé esta mañana. Estoy decepcionado, pero no con la selección Argentina y mucho menos con sus jugadores, me siento así por todas las personas que habitan este planeta y por quienes lo dirigen.
Escuché y leí a mucha gente hablar de fracaso, cuando ni siquiera tienen un sueño en esta vida. Se atrevieron a mencionar la gloria aquellos que no miran a los ojos. Comentaron acerca de las ganas de los demás, cuando la rutina se comió sus objetivos personales.
Hoy lloré porque noté que este mundo se empeña en que siempre falte algo. Al que terminó el secundario, le falta el título universitario. Al que se compró un auto, le falta el 0km. Al que se fue a vivir con su pareja, le falta comprarse la casa. Al que se compró la casa, le falta casarse y tener hijos. Al que tuvo hijos, le falta conocer a sus nietos. Creo que ésto es una conspiración capitalista para ir siempre por algo más, comprar lo que quieren que compremos, necesitar algo innecesario.
Hoy lloré porque sentí que la gente común no valora y eso le impide disfrutar. No abundan los que se ponen en el lugar de otro, pero sobran los que juzgan desde el sofá de sus casas.
¿Quién tiene la vara para juzgar los sentimientos de los demás? ¿Quién compró el esfuerzómetro? ¿Quién se cree capaz de condenar a otro por un resultado?
Hoy lloré porque entendí que se considera éxito al triunfo. Seré un iluso que cree poder cambiar la visión de las personas, pero seguiré intentándolo porque -para mí- la magia está en el truco y no en el desenlace. El éxito, por definición, es el resultado feliz de algo. El éxito puede ser el triunfo, claro, pero no necesariamente. El éxito también es tener sueños e ir tras ellos, alimentar las pasiones que habitan en nosotros, abrazar y amar a los nuestros. El éxito es sostener la mirada, decir la verdad siempre, dar sin esperar algo a cambio.
Hoy lloré porque no se disfruta lo que se tiene. Tenemos al mejor jugador del mundo, pero le falta una copa. Tenemos el país más rico, pero le falta el mar calentito. Tenemos las mujeres más hermosas, pero falta la miss mundo. En lugar de cuidar, admirar y gozar lo que formamos y tenemos, nuestra sociedad prefiere anhelar lo que falta.
¿Cuán feliz puede ser una persona que se fija en lo que le falta? ¿No sería mejor valorar lo que se tiene y luchar por lo que se quiere? ¿Los sueños son para cumplirlos o para caminar? ¿Para qué existen las pasiones?
Esas preguntas me invaden y hoy lloré porque no todos se cuestionan así. Es más fácil notar la miseria propia en el otro, es más cómodo criticar a los grandes que intentar crecer.
Es muy difícil ser uno mismo y tener autocrítica, pero otro cuestionamiento se apodera de mí: ¿Todos somos lo que queremos ser?
Hoy lloré porque Messi decidió dejar la selección, pero más lloré porque nadie se cuestiona las cosas. Para la mayoría, la vida está dada, porque es más simple dejar todo así como está.

Hoy lloré porque sentí que mi aporte a esta nación es débil, no por el contenido, sino por los receptores. A los que lean ésto, les pido disculpas si se sienten subestimados, no es con ustedes. Es con los demás: con los que no leen, los que no piensan, los que no se cuestionan, los que no valoran, los que no disfrutan, los que no entienden y aún así opinan; porque la opinión es como el culo, todos tenemos una, pero la capacidad de ver las cosas y ponerse en los pies del otro, la tenemos pocas personas.  

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