Sin tener nada que hacer en mi casa, con una tarde de agradable temperatura y una noche que se anticipaba aburrida y sin viento, me propuse salir a caminar por el barrio acompañado de Mauro, un soldado fiel en mis francos semanales. Como un tribunal con dos prejuiciosos jurados, mi amigo y yo nos disponíamos a alabar y criticar a quien se nos cruzara. Ante una niña con remera de egresada de primaria, que nos llamaba la atención por la altura y los rasgos, concluímos que tenía puesta una prenda de la hermana menor que le iba porque la dueña le había pifiado al talle.
Una mujer -visiblemente religiosa- iba tapada de pies a cabeza: vestía una pollera larga que le llegaba hasta los antiquísimos zapatos; una polera inadecuada para el calor que hacía, con la blusa violeta recubriéndola y, por supuesto, el turbante en el que fundamenté mi afirmación: "Esta mina tiene mambos".
- No, boludo. Es religiosa, no son mambos. Es algo cultural, no entendés nada. -replicó Mauro.
- Ya sé, idiota, pero tiene mambos. Religiosos, culturales. Tiene mambos. Yo tengo mambos y no tengo esa cultura ni practico esa religión.
- Vos sos un pelotudo -elevó la voz para que se entere media cuadra-, es una mina como cualquier otra; seguro que si le hablás, es re abierta.
- ¡No me contesta ni en pedo! Si no sos el marido, no habla con otros hombres. Quien así viste, mambos tiene. -determiné yo, para hacer una verdad universal partiendo de un ejemplo singular.
- Tenés razón, pero eso no te deja exento de ser un pelotudo. Cortala.
La corté y seguimos caminando, sin pronunciar palabra alguna hasta que le propuse entrar a la plaza. Si, entrar. Porque está enrejada y porque no es una plaza común; cierra a las ocho, aunque nos rajaron ocho y cinco. Nos echó Carlos, un viejo octogenario que trabaja cerrándola. Mauro me advirtió que si le agarra un paro cardíaco o algo así después de cerrarla, sería un quilombo porque no se salva de la muerte. Ignoré su comentario, no iba a entrar en esa.
Cuando entramos, nos sentamos en un banco de la plaza donde permanecimos alrededor de cuarenta minutos. No hablábamos; él es un tipo callado y yo soy observador. Ambos contemplábamos lo mismo, lo sé porque nos sorprendimos cuando dos mujeres -muy bonitas, la verdad sea dicha- atravesaban el arco que improvisaron tres niños y uno de ellos defendía. Ahí retomamos el diálogo: coincidimos en que las minas eran dos conchudas que se cagaban en el juego de los pibes y que los dos que pateaban le hacían bullying al arquero que era más ball-boy que otra cosa.
Nos aislamos sentados en el mismo banco, inundando la tarde de silencio. Ese silencio que es mudo, lógicamente, pero que dice. Veíamos lo mismo, compartíamos opiniones y sonrisas, aún sin hablarnos.
- Ese gordo no tiene un carajo que hacer -dije, rompiendo el mutismo.
- Debe tener treinta años y está esperando que le llegue la pelota, está en bolas -respondió mi amigo.
Volví al silencio. No solo porque es aburrido hablar cuando opinamos lo mismo, sino también porque yo estaba esperando lo que creíamos que buscaba el gordo. Preferí no admitir mi triste realidad. Es imposible para un apasionado del fútbol dejar de mirar la pelota; sabés que en algún momento va a venir hacia vos y tenés que devolverla de un toque al que venga a buscarla. Sucedió y cumplí, a las manos del arquerito humillado.
De los cuarenta minutos, pobre pibe, veinte se los gastó en ir a buscar la pelota y regresar a su posición. En una de esas inevitables travesías, un viejo -recostado plácidamente sobre otro banco- estiró su mano para frenar la bocha, intentó patear con su gastada pierna derecha y le pifió. Lo intentó nuevamente y se le fue la chancleta sin tocar el cuero. Mauro y yo nos reímos, el hombre se paró a buscar la ojota con la angustia reflejada en la cara, como quien fracasa y sabe que no tendrá segunda oportunidad. Detuvo la pelota con la mano y le erró dos veces con el pie. Mejor siga sentado mirando a la nada, señor, pensé.
Retomé la escena de los pibes pateando, quienes ignoraban que el reloj marcaba las 19.50. En diez minutos -monedas más, monedas menos- Carlos iba a cerrar la plaza y su tarde terminaría, al igual que la nuestra. En eso, el alcanzapelotas convertido en guardametas, propuso jugar un partido. De repente escuché un grito y Mauro me advirtió: "¡Qué patada le puso, tarado!".
No vi nada, pero me lo imaginé por lo que me contó él: el morochito que estaba pateando, lo empujó al otro rematador; éste, que era gordito y le pegaba bien a la bocha a pesar de su corta edad, respondió con una patada y lo sentó de culo en el piso. El caído, lloraba; el rellenito, se excusaba de que el otro la empezó; el arquero volvía con bronca de buscar la pelota y de que no escuchen su propuesta; el gordo mayor, intercedió como juez en la disputa infantil. Nosotros mirábamos solamente, hasta que Mauro insistió: "Ese gordo no tiene un carajo que hacer, tenés razón. Debe tener treinta años, pero no esperaba la pelota." Continué en silencio, mirándolo para que se explaye.
- ¿No te das cuenta, boludo? Estaba esperando eso; siempre quiso que se peleen los pendejos para mediar, para sentirse superior. No me explico, sino, que mierda está haciendo parado ahí como un pelotudo.
- Coincido en parte; -avancé- considero que nosotros no estamos mucho más ocupados que él.
- Vos estás de franco y yo salí hace un rato del laburo, forro. Mirá como está vestido, no hizo un carajo en todo el día -indicó mirando fijo al gordo impresentable.
- ¿Él no puede tener franco un lunes? -Cuestioné tímido, mientras me reincorporaba en el banco de madera cagado por las palomas.
- Si, pero no. Puede, pero no es así. Seguro le vive la jubilación a la vieja -concluyó.
Me sorprendió la capacidad para prejuzgar que tiene mi amigo; que determinante y creíble sonó. Sin embargo, aunque estaba muy lejos de admirar al gordo supuestamente vividor, reconocí para mis adentros que tuvo la valentía de calmar a los pibes. Yo, en su lugar, no hubiese desistido hasta que se den la mano y vuelvan a patear, pero no hice un carajo. Estaba sentado al pedo, igual que el viejo frustrado que no pudo alcanzar la pelota con el pie y en el mismo banco que Mauro, que no hacía más que fumar. El gordo, mal que mal, intercedió y calmó las aguas. Ahí nomás, Carlos nos rajó a todos vociferando que mañana podíamos volver a las nueve, cuando abra la plaza su hermano José.
Nos levantamos, en silencio, sabiendo los dos que no íbamos a volver.
¿Qué sentido puede tener presentarse ahí mañana? La gente pensará que estoy al pedo y yo confirmaré mi soledad; observaré y prejuzgaré a todo el que desfile delante mío. Esperaré que un rebote me quede servido para acortarle -de un toque- el camino al arquero de turno en su búsqueda humillante de la pelota, éste me levantará el pulgar como agradeciéndome y yo agacharé la cabeza en una muda y gentil respuesta. Seré testigo de otras peleas, de otros llantos, de otros empujones. Despreciaré a las bonitas y crueles damas que atraviesan los arcos inventados por los chicos. Veré las caras largas de los pibes que vayan a buscar la pelota y respaldaré a Mauro en su idea de que el gordo mayor -si está ahí mañana- definitivamente es un pelotudo que no tiene otra cosa que hacer. Pensándolo así, puede ser que mañana vuelva y me de cuenta que también soy un pelotudo que no tiene otra cosa mejor que hacer que perder el tiempo en una plaza; después de todo, pasamos mucho tiempo criticando al otro y ésto, a veces, nos hace abrir los ojos y nos muestra nuestras miserias proyectadas en los demás.
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