miércoles, 30 de marzo de 2016

Creéme

Día 1 (160309)

La vi. Juro que no la conozco, aunque me encantaría, pero la vi y le hablé. En un lugar único, quizá fue por eso que me animé. Si la hubiese visto en la calle o en un colectivo, apuesto mi vida que no la hubiera saludado, no tendría el coraje suficiente.
Me convidó un tereré sin que yo se lo pida, creéme. Sonreía cuando me miraba, aunque dudo que esa sonrisa la haya provocado yo -aunque lo intenté y lo intento-, seguramente fue la situación: un tipo solo en el paraíso, rodeado por siete rosarinas.
La rosarina no es cualquier mina, creéme, es una mezcla de bondad y pasión; un poco de barrio y una pizca de inocencia. Las nacidas en Rosario son hermosas. Ella es rosarina, pero más hermosa y especial que ninguna otra que haya visto antes en mi vida, creéme.
No suelo apichonarme en partidos difíciles, me gustan los desafíos y soy devoto de la perseverancia, pero creéme que con ella pongo dos líneas de cuatro bien paraditas atrás para cuidar el empate. Me conformo con los mates o los tererés, creéme. Me quedo con sus ojos de color “celeste Galápagos” y su sonrisa radiante; me guardo sus miradas y no las comparto con nadie.
Se lo quiero hacer saber, creéme. Ésto se lo tengo que decir para que lo sepa y ella resuelva qué hacer. El miedo a quedar mal parado y perder esos ojos en un contragolpe, me tiene paralizado. Para mí, la única alternativa viable es atacar. Al miedo le gana una sola cosa: el amor, creéme. No tengo muy claro si ésto es amor, sinceramente no lo creo, pero estoy huérfano de definiciones para esta mezcla de sensaciones con sentimientos.
No voy a escribir más; voy a ir a verla en cinco minutos, nos encontramos a las ocho. Podría quedarme explicando lo que vieron mis ojos, lo que pensó mi cabeza y lo que sintió mi cuerpo - o mi corazón, por cursi que suene-. Creéme, la lapicera se quedaría sin tinta antes que yo sin palabras para describirla. Me voy al muelle, Manuel, se me hace tarde. Después nos vemos.

Día 2 (160310)

No, ayer a las ocho no la vi, pero sí más tarde, a eso de las once, antes de irme a dormir. Le ofrecí cerveza, pero no le gusta.
Hoy la vi de nuevo y, aunque sigo sin conocerla, sé un poco más sobre ella. Le confesé que me encantaría conocerla mientras compartíamos la tabla de “stand-up paddle” -no es un monólogo cómico con una paleta- y no escuché su respuesta.
En esa tabla quise ir hasta el risco prohibido, pero se dio vuelta y le dejé a Raúl mi mochila empapada para que me la cruce. Yo fui nadando y, en mitad del mar, cuando no aguantaba más, se me presentaron sus ojos, su sonrisa y una frase del “Che”, creéme.
No puedo evitar regocijarme cuando sonríe, creéme. Vine hasta acá para nadar con tortugas y no lo conseguí, pero creéme que nadar con ella hizo que este viaje valga la pena.
La cosa fue cuando estábamos volviendo: prescindió de su autosuficiencia para que la ayude a cargar la pesada madera que me hizo perder el celular y la cámara. Cuando dejamos el maldito -aunque increíble- transporte marino, emprendimos el regreso calle abajo. Me contó que era reacia con los hombres porque suelen confundir su simpatía con su interés. Sin saberlo y con otras palabras, me explicó que estuve bien en parar las dos líneas de cuatro y conformarme con esa blanca y perfecta sonrisa, con sus ojos inspiradores.
Seguramente la vuelva a ver, Manuel, y estoy decidido a mostrarle estas líneas. Después de todo, la sinceridad y la nobleza predominan mi ser y es por eso que voy a compartir ésto con ella. No se si lo haré para compartir algo más , para que esté al tanto de lo que provocó en mí -en tan solo dos días- o tal vez lo haga para no arrepentirme y dejar mi consciencia tranquila.
Es justo que ella lea lo que, inconscientemente, me hizo escribir.
Creo que voy a ir a comer algo, te estoy aburriendo, pero creéme que esa mujer va a leer las palabras de este hombre cobarde y sensible.

Algún día, pero no el último.

Ya pasaron varias semanas, Manuel. Sí, al final le regalé las hojas y las leyó. Sí, seguramente le gustó mi relato o el gesto, aunque quizá le agradó tanto como el acto de quien se corre para dejarla subir al colectivo primera. La realidad es que me mandó unas fotos de las hojas para que pueda, hoy, continuar esta historia que no quisiera que tenga un final.
Creéme que sigo pensando en ella, Manuel. No se si está bien, la única certeza es que es raro: ya enfrascado en mi rutina, sigo recordándola y una vibración me recorre y me invita a revivir esos momentos, creéme.
En dos semanas voy a ir a Casilda a tirarme en paracaídas y voy a invitarla a tomar algo, aprovechando la cercanía con Rosario. No, sin ninguna intención más que escuchar algo de su vida y empezar a conocerla. Nos cruzamos en nuestros mejores momentos: en un viaje, uno es verdaderamente uno. En la plenitud de cada uno coincidimos y me encantaría coexistir con ella en una misma historia. No tiene que ser estrictamente de amor, creéme, aunque tiene que estar viva esa utopía. Tampoco quiero ser el amigo, ya tengo suficientes y ella también. Mi intención es compartir. Un mate, una charla, ¿por qué no un abrazo o un llanto? Quiero compartir algo con ella.
No tengo la seguridad de que me acepte la invitación, pero perdido por perdido…
Ya pasaron unos cuantos minutos, el partido va avanzando y tengo que decidirme: o mantener las dos líneas de cuatro, o sacar un defensor para poner un delantero que gane el partido.
Como soy un tanto pragmático, voy a ver como se ubica ella en la cancha para decidir mi jugada. No me molesta perder, creéme, en tanto y en cuanto haya jugado un buen partido y no tenga nada para reprocharme a mí mismo.


1 comentario:

  1. Exquisito. Si no t da bola de torta, creeme. Te felicito, t admiro y te quiero.
    Tu amigo el gadnu

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