5579 días habían
pasado de la última vez. Habíamos empatado aquella vuelta, me
acuerdo que los dos goles los había hecho Facundo Diz cuando todavía
era un pibe. 16 de diciembre de 2000, la fecha en que nos cruzamos
con esos amargos por última vez. Dos a dos en la cancha de ellos fue
el resultado de despedida.
Ésta vez fue
distinta; la veníamos esperando desde hace rato. Fue una sensación
rara toda la semana previa, ¿qué te voy a explicar a vos lo que es
un clásico? De todas maneras, fue algo único. Yo era chico cuando
jugamos la última vez, en ésta yo era consciente de lo que iba a
vivir. Vos estás acostumbrado a ver -mínimo- dos clásicos por año,
pero yo no.
Había llegado el
lunes de las vacaciones para reincorporarme el miércoles al trabajo.
El viernes, a penas llegué, le pedí a una compañera que me cambie
el franco. Yo iba a laburar por ella el lunes, si me cubría el
sábado. Sí, por supuesto que se copó. Le expliqué lo que
significaba para mí y me entendió. Necesitaba asistir al triunfo
que remarque la paternidad que no podíamos defender hacía más de
quince años. Te juro que estaba tranquilo. ¿Viste cuándo sentís
que no podés perder? No existía la derrota en mis planes, no
entraba en mi cabeza.
El sábado me
levanté, me comí unas empanadas para que no me caiga mal el vino
que iba a descorchar y vaticinaba un triunfo histórico. No sé que
me indicaba que íbamos a ganar, pero yo lo sabía; estaba radiante.
Fui hasta lo del
gordo, no aguantaba solo un minuto más, me comía la ansiedad y me
afectaba el vino. Sí, está bien. Gordo, pero bien. La cosa es que
llegué ahí, le dí una cerveza -él no toma vino de día- y al rato
fuimos para la cancha. La gente llegaba en grupos, una botella per
cápita. Fui a comprar la entrada, se avivaron y la cobraron
doscientos mangos. Sí, soy socio, pero no pago hace mucho. ¿Qué
querés, si no voy nunca por el laburo? Ahora me van a cambiar el
horario en el trabajo y voy a reasociarme. Dejame que te cuente, no
me interrumpas más. Cuando pagué y enfilé para la cancha, sentía
en el pecho un regocijo inexplicable -parecido al que siento cuando
la agarra Messi en tres cuartos de cancha-.
Sí, había mucha
gente y te revisaban hasta las bolas. El encendedor lo tenía en la
zapatilla, así que pasé sin problemas. Cuando entré a la cancha,
colmada y pintada de blanco y negro, no necesitaba nada más. Sabía
que el resto iba a ser anecdótico, el partido ya lo teníamos ganado
desde ahí. No sabés lo que fue el recibimiento, una locura. En
serio: papelitos, globos, humo, banderas, gritos, ovaciones. No
faltaba nada, te juro que no faltaba nada.
Ni bien se
distribuyeron en el campo los jugadores, se empezaron a prender fuego
los papelitos que había en la cancha. Ni eso, te lo juro por Martín,
me hizo pensar que iba a ser una mala tarde. Apenas apagó el inicio
de las llamas el bombero, se largó a llover bien despacito. Esa
garúa que molesta y moja muy poco. El agua que motiva al hincha a
saltar y a cantar. Sí, yo estaba desaforado, no entraba en mi
cuerpo. Estaba mal de la garganta y me la terminé de arruinar ahí,
entre los gritos y el viento.
No iban ni diez
minutos cuando nuestro arquero dejó un rebote y la empujó uno de
ellos. Nos gritaron el gol como si hubiese sido en el último minuto.
La gente se quería morir, no te voy a mentir, pero yo no. En serio,
boludo, no me inmutaba. Bueno, se me frunció un poco, la verdad sea
dicha, pero estaba tranquilo.
Veinte minutos
después, apagué un cigarrillo porque era córner para nosotros.
¿Viste cuándo sentís que es el momento? Bueno, lo fue. La empujó
el nueve gordo que tenemos y todo fue un delirio; me abracé con un
desconocido como si nos hubiésemos criado juntos. Ahí todos
revivieron y yo entendí el motivo que me mantenía tranquilo. No
existía posibilidad alguna, ni la más remota, de que no ganemos. Ya
no era una cuestión de que no podíamos perder; no había forma de
no ganar. Encima, cinco minutos después, Vázquez sacó un sablazo
que al arquero de ellos lo dejó comiendo pasto en el suelo. No
chamuyo, fue un golazo de otro partido. De otro planeta, bah. No te
das ni puta idea del gol que hizo ese pibe, ¡cómo lo grité!
Faltando tres o
cuatro minutos para el final del primer tiempo, el diez de ellos
clavó un tiro libre al ángulo que enmudeció al estadio. La única
voz a mi alrededor fue la mía, admitiendo: “que gol metió este
tipo, mirá vos”. Te juro, idiota, ¿para qué te voy a mentir? Ya
te dije que estaba tranquilo, el segundo tiempo iba a ser nuestro, yo
lo sabía.
La segunda parte
-cortando con el mito de que todas son malas- fue épica,
inimaginable. Los muchachos salieron con una actitud que pocas veces
había visto: corrían, metían, tocaban, volvían a correr. Desde la
tribuna empujábamos, pero era recíproco porque nos contagiábamos
de ellos. Después de una doble pared en mitad de cancha, desbordó
Vázquez y le tiró un centro a Julián que cabeceó desde el piso.
No podés creer lo que juega ese pibe, lo tenés que ver. No es un
distinto ni mucho menos, pero va para adelante como caballo. Corre y
mete. Juega de cinco o de ocho o de siete o de lo que necesite el
equipo. Está en todos lados y sabés que va a llegar, es como la
muerte.
Todo el resto fue
show. Los nuestros pasaban la pelota de lado a lado y los amargos
bailaban. Iban para acá y para allá, desesperados estaban. ¡Qué
lindo fue!
En una escapada,
Blanco llegó al fondo, encaró y metió un centro pasado por encima
de todos que le cayó a Ponce y éste la empujó a la red. Las caras
mojadas en la tribuna eran para retratar. Todos teníamos una sonrisa
de oreja a oreja, el partido ya no se iba a escapar y la paternidad
la íbamos a estirar.
Saltábamos y
cantábamos, eufóricos, entretanto Salas se metía al área y lo
bajaban: penal.
Lessman, el nueve
gordo o “el Rooney de Floresta” se sentó arriba de la pelota
para atarse los cordones, dejando en claro que él iba a convertir el
quinto. En eso, mientras apoyaba la pelota en el punto del penal,
miré al cielo por el hueco que hay entre la tribuna Chivilcoy y la
Miranda: había un arcoíris, era soñado.
Inició el recorrido
recto a la pelota -había tomado carrera hasta afuera de la
medialuna- y definió sutilmente a la izquierda del pobre y frustrado
cancerbero de ellos, que adivinó la punta, pero -como en toda la
tarde- no llegó.
Se puso a bailar
Rooney, ¿podés creer? No solo ellos bailaban, nosotros también.
Nosotros bailábamos desbordados de alegría y ellos porque no tenían
más remedio, tenían que seguir corriendo detrás de la pelota hasta
el final.
Ni el frío ni la
lluvia impidieron que media tribuna se saque la camiseta para
agitarla al compás de los bombos y los redoblantes; la humillación
de ellos era nuestro júbilo. El árbitro terminó el partido y los
muchachos se reunieron en mitad de cancha para cantar a la par
nuestra, o nosotros de ellos, pero todos juntos. Se me pone la piel
de gallina, mirá.
Cuando se fueron los
jugadores a festejar al vestuario, nosotros nos quedamos en los
tablones -que ya no son tales- cantando y riendo. En estos tiempos de
selfies, la foto con la mano extendida mostrando los cinco dedos se
hizo presente en cada grupo de amigos. Yo no tengo celular, ¿te
acordás que te conté? Igual, salí en la foto que sacó Tomás para
inmortalizar ese recuerdo.
Después, cuando
llegué a mi casa sin voz, pero realizado como hincha, vi en internet
las cargadas que empezaron a circular instantáneamente. Eso es el
fútbol, vos sabés. No te lo voy a contar yo, pero ganar un clásico
es hermoso. No sé que sentirá un hincha de Arsenal que no tiene un
rival eterno. Nosotros lo tenemos, aunque no lo veíamos hace mucho,
pero como todo buen padre, no olvidamos como tratar a nuestros hijos.
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