lunes, 28 de marzo de 2016

Un clásico

5579 días habían pasado de la última vez. Habíamos empatado aquella vuelta, me acuerdo que los dos goles los había hecho Facundo Diz cuando todavía era un pibe. 16 de diciembre de 2000, la fecha en que nos cruzamos con esos amargos por última vez. Dos a dos en la cancha de ellos fue el resultado de despedida.
Ésta vez fue distinta; la veníamos esperando desde hace rato. Fue una sensación rara toda la semana previa, ¿qué te voy a explicar a vos lo que es un clásico? De todas maneras, fue algo único. Yo era chico cuando jugamos la última vez, en ésta yo era consciente de lo que iba a vivir. Vos estás acostumbrado a ver -mínimo- dos clásicos por año, pero yo no.
Había llegado el lunes de las vacaciones para reincorporarme el miércoles al trabajo. El viernes, a penas llegué, le pedí a una compañera que me cambie el franco. Yo iba a laburar por ella el lunes, si me cubría el sábado. Sí, por supuesto que se copó. Le expliqué lo que significaba para mí y me entendió. Necesitaba asistir al triunfo que remarque la paternidad que no podíamos defender hacía más de quince años. Te juro que estaba tranquilo. ¿Viste cuándo sentís que no podés perder? No existía la derrota en mis planes, no entraba en mi cabeza.
El sábado me levanté, me comí unas empanadas para que no me caiga mal el vino que iba a descorchar y vaticinaba un triunfo histórico. No sé que me indicaba que íbamos a ganar, pero yo lo sabía; estaba radiante.
Fui hasta lo del gordo, no aguantaba solo un minuto más, me comía la ansiedad y me afectaba el vino. Sí, está bien. Gordo, pero bien. La cosa es que llegué ahí, le dí una cerveza -él no toma vino de día- y al rato fuimos para la cancha. La gente llegaba en grupos, una botella per cápita. Fui a comprar la entrada, se avivaron y la cobraron doscientos mangos. Sí, soy socio, pero no pago hace mucho. ¿Qué querés, si no voy nunca por el laburo? Ahora me van a cambiar el horario en el trabajo y voy a reasociarme. Dejame que te cuente, no me interrumpas más. Cuando pagué y enfilé para la cancha, sentía en el pecho un regocijo inexplicable -parecido al que siento cuando la agarra Messi en tres cuartos de cancha-.
Sí, había mucha gente y te revisaban hasta las bolas. El encendedor lo tenía en la zapatilla, así que pasé sin problemas. Cuando entré a la cancha, colmada y pintada de blanco y negro, no necesitaba nada más. Sabía que el resto iba a ser anecdótico, el partido ya lo teníamos ganado desde ahí. No sabés lo que fue el recibimiento, una locura. En serio: papelitos, globos, humo, banderas, gritos, ovaciones. No faltaba nada, te juro que no faltaba nada.
Ni bien se distribuyeron en el campo los jugadores, se empezaron a prender fuego los papelitos que había en la cancha. Ni eso, te lo juro por Martín, me hizo pensar que iba a ser una mala tarde. Apenas apagó el inicio de las llamas el bombero, se largó a llover bien despacito. Esa garúa que molesta y moja muy poco. El agua que motiva al hincha a saltar y a cantar. Sí, yo estaba desaforado, no entraba en mi cuerpo. Estaba mal de la garganta y me la terminé de arruinar ahí, entre los gritos y el viento.
No iban ni diez minutos cuando nuestro arquero dejó un rebote y la empujó uno de ellos. Nos gritaron el gol como si hubiese sido en el último minuto. La gente se quería morir, no te voy a mentir, pero yo no. En serio, boludo, no me inmutaba. Bueno, se me frunció un poco, la verdad sea dicha, pero estaba tranquilo.
Veinte minutos después, apagué un cigarrillo porque era córner para nosotros. ¿Viste cuándo sentís que es el momento? Bueno, lo fue. La empujó el nueve gordo que tenemos y todo fue un delirio; me abracé con un desconocido como si nos hubiésemos criado juntos. Ahí todos revivieron y yo entendí el motivo que me mantenía tranquilo. No existía posibilidad alguna, ni la más remota, de que no ganemos. Ya no era una cuestión de que no podíamos perder; no había forma de no ganar. Encima, cinco minutos después, Vázquez sacó un sablazo que al arquero de ellos lo dejó comiendo pasto en el suelo. No chamuyo, fue un golazo de otro partido. De otro planeta, bah. No te das ni puta idea del gol que hizo ese pibe, ¡cómo lo grité!
Faltando tres o cuatro minutos para el final del primer tiempo, el diez de ellos clavó un tiro libre al ángulo que enmudeció al estadio. La única voz a mi alrededor fue la mía, admitiendo: “que gol metió este tipo, mirá vos”. Te juro, idiota, ¿para qué te voy a mentir? Ya te dije que estaba tranquilo, el segundo tiempo iba a ser nuestro, yo lo sabía.
La segunda parte -cortando con el mito de que todas son malas- fue épica, inimaginable. Los muchachos salieron con una actitud que pocas veces había visto: corrían, metían, tocaban, volvían a correr. Desde la tribuna empujábamos, pero era recíproco porque nos contagiábamos de ellos. Después de una doble pared en mitad de cancha, desbordó Vázquez y le tiró un centro a Julián que cabeceó desde el piso. No podés creer lo que juega ese pibe, lo tenés que ver. No es un distinto ni mucho menos, pero va para adelante como caballo. Corre y mete. Juega de cinco o de ocho o de siete o de lo que necesite el equipo. Está en todos lados y sabés que va a llegar, es como la muerte.
Todo el resto fue show. Los nuestros pasaban la pelota de lado a lado y los amargos bailaban. Iban para acá y para allá, desesperados estaban. ¡Qué lindo fue!
En una escapada, Blanco llegó al fondo, encaró y metió un centro pasado por encima de todos que le cayó a Ponce y éste la empujó a la red. Las caras mojadas en la tribuna eran para retratar. Todos teníamos una sonrisa de oreja a oreja, el partido ya no se iba a escapar y la paternidad la íbamos a estirar.
Saltábamos y cantábamos, eufóricos, entretanto Salas se metía al área y lo bajaban: penal.
Lessman, el nueve gordo o “el Rooney de Floresta” se sentó arriba de la pelota para atarse los cordones, dejando en claro que él iba a convertir el quinto. En eso, mientras apoyaba la pelota en el punto del penal, miré al cielo por el hueco que hay entre la tribuna Chivilcoy y la Miranda: había un arcoíris, era soñado.
Inició el recorrido recto a la pelota -había tomado carrera hasta afuera de la medialuna- y definió sutilmente a la izquierda del pobre y frustrado cancerbero de ellos, que adivinó la punta, pero -como en toda la tarde- no llegó.
Se puso a bailar Rooney, ¿podés creer? No solo ellos bailaban, nosotros también. Nosotros bailábamos desbordados de alegría y ellos porque no tenían más remedio, tenían que seguir corriendo detrás de la pelota hasta el final.
Ni el frío ni la lluvia impidieron que media tribuna se saque la camiseta para agitarla al compás de los bombos y los redoblantes; la humillación de ellos era nuestro júbilo. El árbitro terminó el partido y los muchachos se reunieron en mitad de cancha para cantar a la par nuestra, o nosotros de ellos, pero todos juntos. Se me pone la piel de gallina, mirá.
Cuando se fueron los jugadores a festejar al vestuario, nosotros nos quedamos en los tablones -que ya no son tales- cantando y riendo. En estos tiempos de selfies, la foto con la mano extendida mostrando los cinco dedos se hizo presente en cada grupo de amigos. Yo no tengo celular, ¿te acordás que te conté? Igual, salí en la foto que sacó Tomás para inmortalizar ese recuerdo.

Después, cuando llegué a mi casa sin voz, pero realizado como hincha, vi en internet las cargadas que empezaron a circular instantáneamente. Eso es el fútbol, vos sabés. No te lo voy a contar yo, pero ganar un clásico es hermoso. No sé que sentirá un hincha de Arsenal que no tiene un rival eterno. Nosotros lo tenemos, aunque no lo veíamos hace mucho, pero como todo buen padre, no olvidamos como tratar a nuestros hijos. 

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