lunes, 16 de mayo de 2016

Mi único héroe

En este mundo hay personas que te cambian la vida. Me refiero a aquellos que te hacen crecer, ésos que con su bondad iluminan tu alma. Él era así. Era bueno, era humilde, era honesto; era transparente, era extrovertido; era único.
Yo era muy chico, tanto que no entendía porque era mi héroe, quizá ahora comience a entenderlo. Me llevaba unos años de diferencia y por eso me veía reflejado en él. Además, lo admiraba por su predisposición a jugar siempre conmigo, a buscarme, a regalarme su tiempo. Hoy en día, que solo me quedan estos recuerdos de su persona, me pongo a pensar que este sentimiento va más allá. Él me mostró algo que jamás nadie me había presentado: una cancha de fútbol redonda. Sí, redonda.
Nosotros jugábamos en una escondida rotonda del barrio Uno. Un garage de rejas blancas y despintadas se disfrazaba de arco para que nosotros pudiéramos patear durante todo el día. Tal vez mis imágenes estén alteradas por la connotación emotiva de mi memoria, pero puedo jurar por él que ahí éramos felices los dos.
El fútbol es mi pasión y no quisiera que se acabe; esa cancha era ideal. A menos que el remate se desviara en el cordón de la vereda y la pelota se fuera por los cielos fríos de Ezeiza, era imposible que se detuviera el juego. Éramos -lo soy todavía- amantes del buen fútbol: la pelota al piso, abajo de la suela. Cuando no jugábamos uno contra otro, le hacíamos partido a otros dos que, automáticamente, se convertían en víctimas. Había un solo arco, los cuatro atacábamos y defendíamos lo mismo, pero la diferencia -como en casi todo- radicaba en el amor. Teníamos una conexión sideral, de otra galaxia. Nuestras almas y nuestros pies, formaban un único protagonista. Nos pasábamos la pelota como si fuese la cerveza que jamás nos pudimos tomar, nos defendíamos como en una pelea que nunca existió, nos reíamos como si no conociéramos el futuro arrebatado.
Lo lindo de esa cancha, además de compartirla con él, era la infinidad. La frustración de que podías correr y jamás alcanzar el arco, la gracia de tener que volver a pasar al mismo jugador más de dos veces para poder convertir. Uno nunca quiere que terminen los momentos felices y esa era la magia que tenía esa cancha. Nunca terminaba, no había un árbitro que dé el pitazo final ni una madre invasiva que nos llamara a comer. El partido terminaba cuando el sol y nosotros nos poníamos de acuerdo.
No tengo duda alguna de que lo considero mi héroe por haberme presentado la inmensidad. Su sinceridad y su bondad eran infinitas como la rotonda; su orgullo y su honor eran inquebrantables como la despintada reja blanca que defendíamos. Su amor y su prestancia eran inigualables como la pelota; su voz y su sonrisa eran apasionadas como el grito de gol. Su abrazo -que cuanta falta me hace- era el estado de confort más noble en el que estuve algún día.
Quizá nunca juguemos otro partido de aquellos, tal vez no se repitan esas tardes corriendo en círculo sin la existencia del cansancio. Probablemente no nos encontremos de nuevo porque no sé que habrá después y no conozco en que lugar estará, pero estoy seguro de que nunca me voy a olvidar de él. Me formó como jugador y como persona; me cuidó como mi hermano mayor y mi capitán; me halagó como mi amigo y mi técnico.

Me demostró con ejemplos lo que quiero ser en esta vida, me inculcó con amor los valores que pregono. A modo de agradecimiento, reconocimiento y lealtad, lo llevo tatuado en mi derecha -esa que sufr y festejó- con una frase que no es de mi autoría, pero siempre me llevará a él: Mi único héroe.

miércoles, 27 de abril de 2016

Coincidencia

La coincidencia, por definición, es la ocurrencia de dos personas o cosas en un mismo espacio, aunque también puede atribuirse a la igualdad de intereses. La coincidencia, tomándola como un ente con vida propia, es un tanto ambigua: logra atraer o aburrir. La sensación de estar en la misma sintonía, despierta en uno y en otro un interés único. Sin embargo, puede llegar a tornarse tedioso el hecho de concordar; figúrese: si en una conversación, dos personas tienen la misma opinión, seguramente esa charla no supere el minuto. En cambio, si la coexistencia radica en los gustos o en las pasiones, la relación gana armonía y fomenta la fascinación.
El problema está cuando un hombre transita la misma frecuencia que una hermosa mujer. Si el motor de ambas vidas -léase las pasiones y los sueños- coinciden, probablemente desencadene en el enamoramiento. Ahora bien, si ambas personas están cerradas a enamorarse por la razón que fuese, la coincidencia también diría presente y ahí estará la otra cuestión: queremos lo mismo, sentimos lo mismo, nos une lo mismo. La coincidencia lleva a la unión, en el ámbito que sea y por más opuesto que resulte. Por ejemplo, cuando un equipo de fútbol coincide en aspiraciones, termina por formarse un grupo unido que pregona por determinado fin.
Si hay un pacto entre dos, por más tácito que sea, hay una coincidencia; hay una unión. Este puño sensible admite temerle a las coincidencias, como así también a las mujeres hermosas. ¿De dónde viene ese temor? Siguiendo con la lógica de que el miedo es la vara con la que se mide la magnitud de nuestras acciones, el pánico a las coincidencias podría suponerse como el miedo a enamorarse por el simple hecho de corresponder, aunque no haya pavor más ridículo que ése.
Se cree, vulgarmente, que la coincidencia es algo casual, un hecho no premeditado. Hay que desmitificar ésto, ya que cuando de dos personas se trata, es fácil determinar que a una le atraen los valores de la otra y, en el mejor de los casos, viceversa. Si coincidimos en que Gago es más tierno que el gato con botas, podríamos notar una igualdad de pareceres: los dos pensamos que es frágil porque el concepto de fragilidad reconoce una falta de entrega o una inexistente determinación en momentos límites. Quizá otros piensen que fue casualidad que el mismo jugador -siete meses después- repita la lesión en un partido muy similar, cuando todavía no entraba en la verdadera acción. Quien inocentemente crea en que la coincidencia es hermana de la casualidad, seguramente prenda la televisión para no indagar acerca de este mundo en el que -por suerte o por desgracia- habita. La coincidencia va más allá; busca entrelazar dos cabezas en pos de una idea o una suerte de verdad. La verdad nadie la tiene comprada, seguramente se deba a que nadie la haya vendido, aunque muchos inviertan en vender sus verdades para que otros, como escapatoria o falsa satisfacción, terminen por comprarlas.
Eso es la coincidencia: el reflejo de dos almas en los mismos valores; la unión de dos mentes en búsqueda de la libertad. La libertad está en nuestras cabezas, será un placer coincidir con alguien que así lo crea.  

lunes, 4 de abril de 2016

Dime como vistes y te diré como juegas

Si bien es uno de los prejuicios más grandes de este mundo, creo poder definir a una persona por como viste o por su forma de andar. Probablemente sea fácil si esa persona se encuentra en algún extremo, mas no si está en el medio de la brecha, aunque en ambos casos no sea determinante mi razonamiento. Para evitar eventuales actos de reprobación -hasta incluso alguna agresión-, pasaré a explicar el por qué. Si alguien tiene chofer, es sencillo etiquetarlo de “cómodo” debido a que su economía se ve reflejada en que otro lo lleve a donde quiera. En cambio, y siguiendo con el mismo ejemplo, el conductor necesita trasladarlo para vivir día a día, aunque no lo soporte.
Al igual que en casi todas las experiencias de la vida, estas acciones pueden verse en el fútbol. Si un jugador calza botines blancos y usa una vincha para que el pelo no le obstaculice la visión, seguramente estemos hablando de un pecho frío con técnica que podrá gambetearse a dos contrarios, pero que jamás se tirará al piso ni aparecerá en los partidos claves. Caso contrario, un defensor central escaso de pelo y con las medias bajas, pronostica que la patada más baja la dará a la altura del pecho del futbolista con una banda elástica en el pelo.
Los botines pueden ser un fiel reflejo de lo que uno es en la vida: el que se pone botines de color flúor, es un tipo con personalidad o un ridículo. El que prefiere el cuero negro con lengüeta, deja a relucir su seguridad y le resta importancia al calzado, dando a entender que la calidad está en el pie al que protege. Los botines nuevos generan desconfianza. Partiendo de la base y de la superstición, se cree que no es bueno estrenar botines en un partido, para eso -entre otras cosas- están los entrenamientos. Figúrese: un pibe con vincha, botines verde flúor a estrenar y medias hasta las rodillas, es sinónimo de un jugador menos. Nada bueno podrá salir de él, con el perdón de aquellos que así visten.
Yo prefiero, al menos en mi equipo, al jugador de botines negros y usados. Mientras más arruinados estén, mayor será la experiencia que tenga el portador. El desgaste indica incontables partidos en la espalda y muchas batallas en cancha de tierra. En definitiva, la vida de todo hombre es un trayecto hacia sí misma, la tentativa de un camino, la huella de los tapones sobre el verde césped.
El jugador que usa las medias bajas y prescinde de las canilleras, es guapo. Indefectiblemente lo hace para provocar al rival, mostrándole que no le teme, sino que lo espera. Hoy en día, lamentablemente, hay más jugadores con medias altas y canilleras que recubren hasta el tobillo; dejemos el pesimismo, las canilleras y las vinchas para tiempos mejores.
En la era de la tecnología, los jugadores jóvenes intentan esas gambetas de playstation. Ya no abundan los caños, las rabonas y los autopases porque un joystick no puede ponerlo en práctica. En tanto, con frecuencia podemos ver barridas que rozan la violencia, desbordes con centros que demuestran impaciencia y falta de recursos o pases atrás cuando se enfrenta al arquero, en lugar de tirarla larga o definir a un palo.

La verdad está en el viaje, no en el puerto; no hay más verdad que en la búsqueda de la verdad. El fútbol está en el toque y la elegancia, no en el resultado. No hay más fútbol que en la búsqueda del fútbol.   

miércoles, 30 de marzo de 2016

Creéme

Día 1 (160309)

La vi. Juro que no la conozco, aunque me encantaría, pero la vi y le hablé. En un lugar único, quizá fue por eso que me animé. Si la hubiese visto en la calle o en un colectivo, apuesto mi vida que no la hubiera saludado, no tendría el coraje suficiente.
Me convidó un tereré sin que yo se lo pida, creéme. Sonreía cuando me miraba, aunque dudo que esa sonrisa la haya provocado yo -aunque lo intenté y lo intento-, seguramente fue la situación: un tipo solo en el paraíso, rodeado por siete rosarinas.
La rosarina no es cualquier mina, creéme, es una mezcla de bondad y pasión; un poco de barrio y una pizca de inocencia. Las nacidas en Rosario son hermosas. Ella es rosarina, pero más hermosa y especial que ninguna otra que haya visto antes en mi vida, creéme.
No suelo apichonarme en partidos difíciles, me gustan los desafíos y soy devoto de la perseverancia, pero creéme que con ella pongo dos líneas de cuatro bien paraditas atrás para cuidar el empate. Me conformo con los mates o los tererés, creéme. Me quedo con sus ojos de color “celeste Galápagos” y su sonrisa radiante; me guardo sus miradas y no las comparto con nadie.
Se lo quiero hacer saber, creéme. Ésto se lo tengo que decir para que lo sepa y ella resuelva qué hacer. El miedo a quedar mal parado y perder esos ojos en un contragolpe, me tiene paralizado. Para mí, la única alternativa viable es atacar. Al miedo le gana una sola cosa: el amor, creéme. No tengo muy claro si ésto es amor, sinceramente no lo creo, pero estoy huérfano de definiciones para esta mezcla de sensaciones con sentimientos.
No voy a escribir más; voy a ir a verla en cinco minutos, nos encontramos a las ocho. Podría quedarme explicando lo que vieron mis ojos, lo que pensó mi cabeza y lo que sintió mi cuerpo - o mi corazón, por cursi que suene-. Creéme, la lapicera se quedaría sin tinta antes que yo sin palabras para describirla. Me voy al muelle, Manuel, se me hace tarde. Después nos vemos.

Día 2 (160310)

No, ayer a las ocho no la vi, pero sí más tarde, a eso de las once, antes de irme a dormir. Le ofrecí cerveza, pero no le gusta.
Hoy la vi de nuevo y, aunque sigo sin conocerla, sé un poco más sobre ella. Le confesé que me encantaría conocerla mientras compartíamos la tabla de “stand-up paddle” -no es un monólogo cómico con una paleta- y no escuché su respuesta.
En esa tabla quise ir hasta el risco prohibido, pero se dio vuelta y le dejé a Raúl mi mochila empapada para que me la cruce. Yo fui nadando y, en mitad del mar, cuando no aguantaba más, se me presentaron sus ojos, su sonrisa y una frase del “Che”, creéme.
No puedo evitar regocijarme cuando sonríe, creéme. Vine hasta acá para nadar con tortugas y no lo conseguí, pero creéme que nadar con ella hizo que este viaje valga la pena.
La cosa fue cuando estábamos volviendo: prescindió de su autosuficiencia para que la ayude a cargar la pesada madera que me hizo perder el celular y la cámara. Cuando dejamos el maldito -aunque increíble- transporte marino, emprendimos el regreso calle abajo. Me contó que era reacia con los hombres porque suelen confundir su simpatía con su interés. Sin saberlo y con otras palabras, me explicó que estuve bien en parar las dos líneas de cuatro y conformarme con esa blanca y perfecta sonrisa, con sus ojos inspiradores.
Seguramente la vuelva a ver, Manuel, y estoy decidido a mostrarle estas líneas. Después de todo, la sinceridad y la nobleza predominan mi ser y es por eso que voy a compartir ésto con ella. No se si lo haré para compartir algo más , para que esté al tanto de lo que provocó en mí -en tan solo dos días- o tal vez lo haga para no arrepentirme y dejar mi consciencia tranquila.
Es justo que ella lea lo que, inconscientemente, me hizo escribir.
Creo que voy a ir a comer algo, te estoy aburriendo, pero creéme que esa mujer va a leer las palabras de este hombre cobarde y sensible.

Algún día, pero no el último.

Ya pasaron varias semanas, Manuel. Sí, al final le regalé las hojas y las leyó. Sí, seguramente le gustó mi relato o el gesto, aunque quizá le agradó tanto como el acto de quien se corre para dejarla subir al colectivo primera. La realidad es que me mandó unas fotos de las hojas para que pueda, hoy, continuar esta historia que no quisiera que tenga un final.
Creéme que sigo pensando en ella, Manuel. No se si está bien, la única certeza es que es raro: ya enfrascado en mi rutina, sigo recordándola y una vibración me recorre y me invita a revivir esos momentos, creéme.
En dos semanas voy a ir a Casilda a tirarme en paracaídas y voy a invitarla a tomar algo, aprovechando la cercanía con Rosario. No, sin ninguna intención más que escuchar algo de su vida y empezar a conocerla. Nos cruzamos en nuestros mejores momentos: en un viaje, uno es verdaderamente uno. En la plenitud de cada uno coincidimos y me encantaría coexistir con ella en una misma historia. No tiene que ser estrictamente de amor, creéme, aunque tiene que estar viva esa utopía. Tampoco quiero ser el amigo, ya tengo suficientes y ella también. Mi intención es compartir. Un mate, una charla, ¿por qué no un abrazo o un llanto? Quiero compartir algo con ella.
No tengo la seguridad de que me acepte la invitación, pero perdido por perdido…
Ya pasaron unos cuantos minutos, el partido va avanzando y tengo que decidirme: o mantener las dos líneas de cuatro, o sacar un defensor para poner un delantero que gane el partido.
Como soy un tanto pragmático, voy a ver como se ubica ella en la cancha para decidir mi jugada. No me molesta perder, creéme, en tanto y en cuanto haya jugado un buen partido y no tenga nada para reprocharme a mí mismo.


lunes, 28 de marzo de 2016

Un clásico

5579 días habían pasado de la última vez. Habíamos empatado aquella vuelta, me acuerdo que los dos goles los había hecho Facundo Diz cuando todavía era un pibe. 16 de diciembre de 2000, la fecha en que nos cruzamos con esos amargos por última vez. Dos a dos en la cancha de ellos fue el resultado de despedida.
Ésta vez fue distinta; la veníamos esperando desde hace rato. Fue una sensación rara toda la semana previa, ¿qué te voy a explicar a vos lo que es un clásico? De todas maneras, fue algo único. Yo era chico cuando jugamos la última vez, en ésta yo era consciente de lo que iba a vivir. Vos estás acostumbrado a ver -mínimo- dos clásicos por año, pero yo no.
Había llegado el lunes de las vacaciones para reincorporarme el miércoles al trabajo. El viernes, a penas llegué, le pedí a una compañera que me cambie el franco. Yo iba a laburar por ella el lunes, si me cubría el sábado. Sí, por supuesto que se copó. Le expliqué lo que significaba para mí y me entendió. Necesitaba asistir al triunfo que remarque la paternidad que no podíamos defender hacía más de quince años. Te juro que estaba tranquilo. ¿Viste cuándo sentís que no podés perder? No existía la derrota en mis planes, no entraba en mi cabeza.
El sábado me levanté, me comí unas empanadas para que no me caiga mal el vino que iba a descorchar y vaticinaba un triunfo histórico. No sé que me indicaba que íbamos a ganar, pero yo lo sabía; estaba radiante.
Fui hasta lo del gordo, no aguantaba solo un minuto más, me comía la ansiedad y me afectaba el vino. Sí, está bien. Gordo, pero bien. La cosa es que llegué ahí, le dí una cerveza -él no toma vino de día- y al rato fuimos para la cancha. La gente llegaba en grupos, una botella per cápita. Fui a comprar la entrada, se avivaron y la cobraron doscientos mangos. Sí, soy socio, pero no pago hace mucho. ¿Qué querés, si no voy nunca por el laburo? Ahora me van a cambiar el horario en el trabajo y voy a reasociarme. Dejame que te cuente, no me interrumpas más. Cuando pagué y enfilé para la cancha, sentía en el pecho un regocijo inexplicable -parecido al que siento cuando la agarra Messi en tres cuartos de cancha-.
Sí, había mucha gente y te revisaban hasta las bolas. El encendedor lo tenía en la zapatilla, así que pasé sin problemas. Cuando entré a la cancha, colmada y pintada de blanco y negro, no necesitaba nada más. Sabía que el resto iba a ser anecdótico, el partido ya lo teníamos ganado desde ahí. No sabés lo que fue el recibimiento, una locura. En serio: papelitos, globos, humo, banderas, gritos, ovaciones. No faltaba nada, te juro que no faltaba nada.
Ni bien se distribuyeron en el campo los jugadores, se empezaron a prender fuego los papelitos que había en la cancha. Ni eso, te lo juro por Martín, me hizo pensar que iba a ser una mala tarde. Apenas apagó el inicio de las llamas el bombero, se largó a llover bien despacito. Esa garúa que molesta y moja muy poco. El agua que motiva al hincha a saltar y a cantar. Sí, yo estaba desaforado, no entraba en mi cuerpo. Estaba mal de la garganta y me la terminé de arruinar ahí, entre los gritos y el viento.
No iban ni diez minutos cuando nuestro arquero dejó un rebote y la empujó uno de ellos. Nos gritaron el gol como si hubiese sido en el último minuto. La gente se quería morir, no te voy a mentir, pero yo no. En serio, boludo, no me inmutaba. Bueno, se me frunció un poco, la verdad sea dicha, pero estaba tranquilo.
Veinte minutos después, apagué un cigarrillo porque era córner para nosotros. ¿Viste cuándo sentís que es el momento? Bueno, lo fue. La empujó el nueve gordo que tenemos y todo fue un delirio; me abracé con un desconocido como si nos hubiésemos criado juntos. Ahí todos revivieron y yo entendí el motivo que me mantenía tranquilo. No existía posibilidad alguna, ni la más remota, de que no ganemos. Ya no era una cuestión de que no podíamos perder; no había forma de no ganar. Encima, cinco minutos después, Vázquez sacó un sablazo que al arquero de ellos lo dejó comiendo pasto en el suelo. No chamuyo, fue un golazo de otro partido. De otro planeta, bah. No te das ni puta idea del gol que hizo ese pibe, ¡cómo lo grité!
Faltando tres o cuatro minutos para el final del primer tiempo, el diez de ellos clavó un tiro libre al ángulo que enmudeció al estadio. La única voz a mi alrededor fue la mía, admitiendo: “que gol metió este tipo, mirá vos”. Te juro, idiota, ¿para qué te voy a mentir? Ya te dije que estaba tranquilo, el segundo tiempo iba a ser nuestro, yo lo sabía.
La segunda parte -cortando con el mito de que todas son malas- fue épica, inimaginable. Los muchachos salieron con una actitud que pocas veces había visto: corrían, metían, tocaban, volvían a correr. Desde la tribuna empujábamos, pero era recíproco porque nos contagiábamos de ellos. Después de una doble pared en mitad de cancha, desbordó Vázquez y le tiró un centro a Julián que cabeceó desde el piso. No podés creer lo que juega ese pibe, lo tenés que ver. No es un distinto ni mucho menos, pero va para adelante como caballo. Corre y mete. Juega de cinco o de ocho o de siete o de lo que necesite el equipo. Está en todos lados y sabés que va a llegar, es como la muerte.
Todo el resto fue show. Los nuestros pasaban la pelota de lado a lado y los amargos bailaban. Iban para acá y para allá, desesperados estaban. ¡Qué lindo fue!
En una escapada, Blanco llegó al fondo, encaró y metió un centro pasado por encima de todos que le cayó a Ponce y éste la empujó a la red. Las caras mojadas en la tribuna eran para retratar. Todos teníamos una sonrisa de oreja a oreja, el partido ya no se iba a escapar y la paternidad la íbamos a estirar.
Saltábamos y cantábamos, eufóricos, entretanto Salas se metía al área y lo bajaban: penal.
Lessman, el nueve gordo o “el Rooney de Floresta” se sentó arriba de la pelota para atarse los cordones, dejando en claro que él iba a convertir el quinto. En eso, mientras apoyaba la pelota en el punto del penal, miré al cielo por el hueco que hay entre la tribuna Chivilcoy y la Miranda: había un arcoíris, era soñado.
Inició el recorrido recto a la pelota -había tomado carrera hasta afuera de la medialuna- y definió sutilmente a la izquierda del pobre y frustrado cancerbero de ellos, que adivinó la punta, pero -como en toda la tarde- no llegó.
Se puso a bailar Rooney, ¿podés creer? No solo ellos bailaban, nosotros también. Nosotros bailábamos desbordados de alegría y ellos porque no tenían más remedio, tenían que seguir corriendo detrás de la pelota hasta el final.
Ni el frío ni la lluvia impidieron que media tribuna se saque la camiseta para agitarla al compás de los bombos y los redoblantes; la humillación de ellos era nuestro júbilo. El árbitro terminó el partido y los muchachos se reunieron en mitad de cancha para cantar a la par nuestra, o nosotros de ellos, pero todos juntos. Se me pone la piel de gallina, mirá.
Cuando se fueron los jugadores a festejar al vestuario, nosotros nos quedamos en los tablones -que ya no son tales- cantando y riendo. En estos tiempos de selfies, la foto con la mano extendida mostrando los cinco dedos se hizo presente en cada grupo de amigos. Yo no tengo celular, ¿te acordás que te conté? Igual, salí en la foto que sacó Tomás para inmortalizar ese recuerdo.

Después, cuando llegué a mi casa sin voz, pero realizado como hincha, vi en internet las cargadas que empezaron a circular instantáneamente. Eso es el fútbol, vos sabés. No te lo voy a contar yo, pero ganar un clásico es hermoso. No sé que sentirá un hincha de Arsenal que no tiene un rival eterno. Nosotros lo tenemos, aunque no lo veíamos hace mucho, pero como todo buen padre, no olvidamos como tratar a nuestros hijos. 

jueves, 11 de febrero de 2016

Banco de valores

Yo conozco la frustración bien de cerquita. De adentro conozco yo la frustración. No solo la frustración, también conozco la esperanza y la confianza, la envidia y el resentimiento. No soy un sabio ni mucho menos, pero estuve en el lugar justo al momento indicado.
Mi abuela dice que las cosas uno las aprende viviendo y quizá tenga razón, pero yo eso lo viví por el fútbol. Ojo que en la escuela aprendí un montón de cosas y también conocí la frustración por reprobar un examen que era una boludez teniendo la seguridad de que estudiando la noche anterior iba a zafar. La envidia llegó a mi mucho antes que en el fútbol, más o menos a los cuatro años, cuando a mi hermana le regalaron la bicicleta celeste y a mí me tocó la roja con rueditas.
Entendí, ya más de grande, que el colegio te dejaba muchos valores y amigos, pero el fútbol más. Los entrenamientos me enseñaron lo que es el sacrificio, después de un largo día, tener que ir a correr abajo de la lluvia no lo recomiendo. A nadie le gusta ir a entrenar, todos quieren jugar el domingo. A mi me gustaba mucho entrenar y tenía un motivo. No era fanático de los piques cronometrados ni de las flexiones de brazos al silbatazo del técnico, no me causaba gracia tener que ejercitar el físico cuando lo único que quería era patear la pelota. Me da una bronca cuando me acuerdo lo que transpiraba todas las putas tardes bajo el sol o la lluvia y ni me llamaban para los partidos. El gordo pajero ése, Gastón se llama, no podía correr ni un rumor, pero como el tipo la tenía atada, no necesitaba demostrar nada en los entrenamientos. Fue mi amigo toda la vida, que no se malinterprete, lo conozco desde los seis años porque hicimos toda la primaria y encima jugamos juntos casi hasta los veinte. De chiquito era arquero porque no le gustaba correr, pero cuando creció se dio cuenta que lo lindo del fútbol es hacer goles y empezó a jugar arriba. Además, en cancha de cinco se hacen más goles que en cancha grande y el arquero sufre más que testigo falso. La cosa es que Gastón terminó jugando arriba y se cansó de hacer goles. Su familia tiene una casa en Aguas Verdes, allá en la costa, a diez kilómetros de San Bernardo, y nosotros siempre nos rajábamos para allá. En realidad, el gordo se iba todas las vacaciones escolares y me invitaba, pero yo al menos quince días decía presente. Cada vez que llegaba, salíamos disparados a la playa con una pelota y jugábamos uno contra uno. Lo tuve de hijo toda la vida, terminábamos pateando penales cuando se hartaba de comerse caños y él atajaba porque se dedicaba a eso, pero cuando se convirtió en delantero todo cambió. Esos mano a mano pasaron a ser un monólogo de él. Yo agarraba la pelota solo cuando se iba al mar y el gordo pajero no quería ir a buscarla. Estaba más de dos meses practicando jugadas nuevas para humillarme. El caradura decía que estaba haciendo la pretemporada, ¡qué hijo de puta! Les juro que lo quiero un montón, es un tipazo, pero el tan forro no tuvo mejor idea que empezar a jugar arriba. Claro que de chico no lo sufría más que en Aguas Verdes porque era una categoría menos, pero cuando pasamos a la tercera división de All Boys y nuestras edades coincidían para jugar juntos, me hizo comer banco.
Creo que acá es a donde quería llegar en esta historia, al banco. Gastón fue mi nexo con el tablón de madera tanto en estas líneas como en mi adolescencia. Yo siempre había jugado de siete, pero al futsal se juega con un pivot, nada de dos arriba porque te comen por los costados. El pivot, que sería el nueve, tiene que ser corpulento y debe poseer una técnica indescifrable para darse vuelta. Gastón esos requisitos los tenía y los tiene porque sigue jugando, yo no. Por eso estoy escribiendo ésto, con un cigarrillo en la mano, y él está descansando porque mañana tiene que entrenar para estar bien físicamente al inicio del torneo.
Cuando hubo que decidir entre Gastón y el resto, el técnico no dudó ni un instante en elegir al gordo como titular. Al principio ni me llamaba para los partidos, eso aumentaba mi ira y mi frustración, ya que uno siente que no es valorado, que no se fijan en que se rompe el culo para ganarse un lugar. A otras personas les puede pasar en un laburo, pero les pagan por lo menos. A mi nadie me daba un carajo, ojo que a Gastón tampoco porque el fútbol de salón en Argentina es amateur -o eso dicen, porque algunos se la llevan-.
La esperanza la conocí cuando el director técnico me llamó después de un entrenamiento para hablar al lado de la cancha. Me felicitó por mi esfuerzo en las prácticas y recalcó la importancia de un ejemplo así para los demás compañeros, por eso me dijo que mi lugar en el equipo, de ahí en más, lo iba a tener asegurado. Me dejó bien clarito que el titular era Gastón, pero como premio a mi desempeño en los entrenamientos, iba a ser un sustituto. En pocas palabras, me estaba diciendo que no iba a jugar ni en pedo, pero necesitaba que los otros pibes corran en la semana y no quería que yo me frustrara y me fuera, porque era un modelo de perseverancia y sacrificio para los más chicos. Debo reconocer que en ese momento las palabras me gustaron, un halago del jefe a quién podría no gustarle, pero no me conformaba.
En el primer partido que integré el banco de suplentes, experimentaba una emoción descomunal por entrar y hacer el gol del triunfo. Todos los que nos sentamos en esa agonía de madera lo sabemos. Le digo agonía porque pasaban los minutos y nunca me llamaba el técnico. Los cambios en futsal son como en el básquet, mientras queden cinco tipos en cancha, pueden entrar y salir cuantas veces lo decida el entrenador. Gastón siempre salía a los diez minutos -cada tiempo dura veinte a reloj parado- y volvía entrar cuando faltaban cinco. Claro, a los mejores los tenés que poner lo máximo posible y que descansen lo justo y necesario. Esos cinco minutos que salía, Gastón se sentaba siempre al lado mío porque éramos muy amigos y porque yo le alcanzaba rápido el agua. Cuando íbamos ganando, nos reíamos. Cuando estábamos perdiendo, ni me hablaba. Así son las estrellas, viste, pero yo lo conocía de hace mucho y sabía lo calentón que era cuando perdía.
Es raro sentirse ganador de un partido donde no entraste ni cuatro segundos, cuando lo único que hiciste fue alcanzarle el agua al tipo que hizo los tres goles. En la derrota es más fácil, porque te ocupás de consolar al resto, a los transpirados, a los que tienen la cara roja de correr bajo el techo de chapa en esas tardes de domingo.
Es verdad que algunas veces he entrado para dar vuelta la historia, tengo el recuerdo de aquel partido contra Argentinos Juniors que empatábamos uno a uno de visitante -el gol lo había hecho Gastón, por supuesto- cuando reemplacé al defensor que se había lesionado. Para ese entonces ya jugaba de último hombre, porque tenía aceitado como salir de la presión del rival y porque no tenía lugar en la ofensiva del equipo. Ese partido entré e hice dos goles, me felicitaron como al nene que cuenta su primer chiste o que dejó de usar pañales. Fue una sensación rara; encontré satisfacción por haber metido el gol del triunfo y uno más para asegurar el partido por si las moscas, pero a la vez lamenté el hecho de que la lesión de mi compañero no llevaría más de dos días y al partido siguiente yo no jugaría ni por puta.
Esas cosas también te las hace conocer el fútbol, más que nada te las brinda el banco. Es digno de un resentido hijo de puta esperar que se lastime un compañero para entrar, pero a veces no queda otra. No deseaba algo grave, tampoco soy así, pero si le agarraba fiebre a alguno, si a otro le caía mal el asado del sábado o uno que había salido la noche anterior se quedaba dormido, me venía bien.
No solo yo me quedaba todo el partido afuera, tenía un par de compañeros como Guido y Gonzalo que padecían lo mismo que yo y con ellos disfrutaba los comentarios del partido, totalmente ajenos a lo que pasaba dentro de la cancha. Nadie podía culparnos por una derrota, pero tampoco nos iban a agradecer por una victoria más que la que les contaba antes o aquella contra Arsenal, jugando de locales, donde también hice un gol, el del empate que siempre es el más dificil. Ese partido también me dio un poco de bronca, porque lo reemplacé a Gastón cuando se agotó y necesitó salir dos minutos a tomar agua. Entré, metí el gol para nivelar el partido, dí el pase para el tanto que nos puso arriba y los premios se los llevó el técnico. El muy hijo de puta tenía los créditos por haberme puesto. Él no fue a buscar el rebote al segundo palo ni asistió al negro para que haga el segundo. Nada de eso, solamente ordenó que entrara en calor y que me saque la pechera para suplantar a Gastón mientras él recuperaba aire.
Llega un momento que el banco te supera, te sentís atornillado a ese pedazo de madera donde empezás a perder la esperanza y la confianza en vos, dudás de tus habilidades y caes en la frustración o en la envidia, que es un poco peor. El técnico mira al banco y ve una oportunidad, un cambio drástico para el partido, por eso se lleva los premios cuando uno entra y la mete. El jugador ni en pedo ve una oportunidad en el banco; el jugador ve la ruina, la realidad más dura que le toca atravesar. Yo veía eso porque quería jugar. No toleraba estar sentado ahí mientras mis compañeros estaban corriendo y metiendo para ganar el partido. El año que salimos campeones experimenté una sensación mínima de importancia porque le hice esos dos goles a Argentinos en Paternal, pero si no hubiese sido por eso, no hubiera tenido un motivo real que me permitera asistir al asado que hizo Gastón en su casa para festejar. Todos admiraban mi voluntad y me definían como un referente dentro del plantel, pero es el premio consuelo para el boludo que tiene los pies redondos. Me decían capitán y no le dí la mano al árbitro ni para desearle suerte antes de los partidos, cuando nos hacía firmar la planilla. En el club me pusieron la cinta en el brazo una vez sola, fue cuando nos tuvimos que sacar sangre para el apto físico y me pegaron el algodón con la cinta de papel que usan los pintores.
Todas esas cosas te las enseña el banco, quizá por eso Gastón piense que el fútbol es fácil. Él nunca comió banco porque era dueño de unas cualidades admirables, él era quien decidía cuando sentarse. Nunca lo había pensado de esta manera, ¡qué flor de hijo de puta! Cuando no daba más, el tipo pedía el cambio y se sentaba al lado mío. Él ignoraba la magnitud de mi frustración, el gordo no la conoció tan de cerca. No se frustraba cuando estaba en el banco porque lo elegía. Entendía mi bronca cuando yo le contaba mi malestar por no entrar nunca, pero no podía ponerse en mi lugar porque al banco lo veía -y lo ve- como su refugio ante el cansancio. Yo no juego más, dejé el fútbol después de que salimos campeones, la excusa fue “retirarse con la gloria”. La gloria de qué, me pregunto ahora, si jugué menos que cuando mi vieja me ponía en penitencia. Alguno dirá que el fútbol me dejó a mi y también estará en lo cierto, es como el asunto del huevo y la gallina: nunca voy a saber que pasó primero, la única verdad es que hoy me quedan aquellas enseñanzas que me dio el banco de suplentes. Puedo decir que lo amo porque me mostró la lealtad y el compromiso, afirmo francamente que me inculcó la perseverancia para el resto de mi vida. Repudio fervientemente la envidia que me provocó, pero eso también es parte del crecimiento. Agradezco la frustración que me presentó, ya que me obligó a superar las adversidades de cada entrenamiento, semana a semana, tratando de reducir al máximo las limitaciones y buscando las habilidades que nunca encontré. Extraño esa esperanza, esa búsqueda de mis ojos a la mirada del técnico para que me mande a calentar, aunque maldigo esa equivocación de inclinarse por un compañero antes que por mí. Reconozco mis defectos, pero destaco mi compañerismo, porque eso también te lo da el banco. No solo alcanzar la botellita de agua, eso lo hace cualquier boludo, pero no todos animan al resto en un entretiempo, hay pocos que consuelan a los muchachos tras una derrota. Admiro mi capacidad para dar una charla motivacional en la previa de un partido del que no iba a formar parte a menos que Gastón se desquitara con siete goles y, una vez cocinado, ingrese en los últimos minutos.


El banco es perder, al menos para mí. Mirá si uno aprenderá de la derrota; me quedaron todos estos valores y nunca me desprenderé de ellos. Gastón no conoce todo eso, no sabe de que se trata. Como señalaba el gran Fontanarrosa: “Se aprende más en la derrota que en la victoria, pero prefiero esa ignorancia”.  

jueves, 28 de enero de 2016

Viaje al sueño

Transcurría el viernes 29 de junio de 2014 cuando me llegó el mensaje de una chica que estaba conociendo y extrañando. Ella estaba hospedada en un departamento de Copacabana, Rio de Janeiro, en la calle Siqueira Campos, ya que esperaba que Argentina llegue a la final del Mundial porque el padre tenía entradas a todos los partidos para ellos dos y la hermana. El mensaje era claro: “Hay una entrada para los cuartos, seguramente contra Bélgica, si le ganamos a Suiza en octavos. Te extraño”. ¿Cómo mierda voy? Pensé, mientras le contestaba preguntándole cuanto me iba a doler la entrada.
Mientras esperaba la respuesta, me contacté con Paula -la esposa de mi padrino- a la que le pedí que me averigüe cuanto pedían en Mercado Libre por la Playstation 3, mi novia de la infancia que me esperaba todas las noches en casa. Paula me respondió que el precio rondaba las tres lucas, mientras Luciana me decía que la entrada era en dólares, pero la conversión a pesos (moneda gringa no manejaba ni manejo) daba 2.850. “Publicá mi ps3 con dos controles y cuatro juegos”, le escribí a mi tía del corazón.
Recibí a los veinte minutos un llamado de Paula, advirtiéndome que la prima de ella quería una consola para el hijo, pero que tenía 2850 pesos para ofrecer, nada más.
- ¡La puta madre, qué coincidencia! Tirásela por la cabeza, no hay vuelta atrás. Esta noche te llevo a tu casa la play, encargate del envío -cerré trato.
- Dale. Yo te doy la plata hoy y después arreglo con ella -concluyó Paula y cortó el teléfono.
- Me voy al Mundial, boludo. ¡Voy a cumplir un sueño! -le conté a mi tío mientras lo abrazaba. Mi tío era mi jefe, al menos en ese hotel donde hacíamos la parte de carpintería.
-¿Y el laburo, nene? -preguntó César.
- No me vas a cortar las piernas. Me voy a Brasil y cuando vuelvo, seré un soldado a tus órdenes y a tu guita, que me permitirá pagar todas las deudas que me queden.
Mientras volvía a mi casa en el tren San Martín, de Palermo a Villa del Parque, hacía cuentas: vendiendo la Playstation, mi novia de la infancia, tendré paga la entrada; la comida, la carpa y la mochila, me la van a propinar mis seres más queridos, nadie se va a negar a cumplirme el sueño -o ayudarme a cumplirlo-. El pasaje, veré esta noche: mi padrino tiene tarjeta de crédito y a los bancos les encantan las cuotas tanto o más que a mi, solucioné.
Busqué y encontré micro a San Pablo, sede de los octavos de final. Tenía la posibilidad de cruzarme a Luciana en la cancha de Corinthians, donde jugábamos contra Suiza, y ahorrarme el viaje a Brasilia que era mil kilómetros más lejos (después debería volver la misma distancia) y 572 reales más caro, entre ida y vuelta.
- Paula te presta la tarjeta y yo la plata de la primer cuota, negrito. Lo único que te voy a pedir es que te comprometas con pagar el pasaje en tres cuotas de 900 pesos -determinó Alejandro, mi padrino.
-Dormí sin frazada, Ale. Apenas vuelvo, laburo y te la doy. No te voy a mentir, no tengo arreglado un carajo, pero te voy a dar peso por peso y el abrazo más grande del mundo -vociferé con una inmensa ilusión.
- Acá tenés la play, Pau -me despedí de mi novia eterna, aunque nunca superé la separación.
Ya eran pasadas las 00hs, por lo cuál ya era sábado y el micro salía el domingo a las 20hs. Treinta y seis horas hasta San Pablo, la concha de mi hermana. “¿Qué carajo me importa?” Me decía a mí mismo, mientras marcaba el número de Axel en el celular.
-Rusito, me voy al Mundial. Necesito dos cosas de vos: el mp3 para escuchar música y un paquete de arroz porque tengo menos plata que All Boys -le rogué.
-Dejá de joder, pelotudo, mirá si vas a ir al Mundial -descreyendo de mi palabra.
-En serio, boludo, saqué pasajes recién. Salgo mañana a San Pablo y son como cuarenta horas, necesito música. Cargá la Bersuit, Callejeros, Calle 13, lo que quieras y ponele pilas al aparato, no seas ratón.
-Vení a buscarlo mañana antes del mediodía, yo te lo preparo. Mañana nos vemos y me contás que mierda se te cruzó por la cabeza.
Llegué a mi casa y mi vieja me dijo: “Estás en pedo, pero si es tu sueño, hacelo. No tengo un mango, pero si te arreglás solito, te deseo lo mejor. Sí, te compro el dentífrico, el desodorante y los fideos, quedate tranquilo”.
Listo. Tenía el morfi, la música, los pasajes y la plata que me había ganado con César. Me faltaba la guita para ir hasta Brasilia, pero conseguí a la mañana siguiente 600 mangos por empeñar una cadenita de oro que me regaló mi madrina -solo en los papeles- por mi bautismo; rápidamente convertí el oro en fernet para costear el viaje a la capital; necesitaba la carpa que adquirí a través de mi abuela, quien además me regaló mil pesos “por ser tan valiente” cuando fui a buscar mi hospedaje nómada a su casa de Ezeiza. Por último, necesitaba algunos consejos de viaje porque en la puta vida había hecho una mochila -me la prestó mi buen amigo Tintu- para irme a la mierda.
- ¿Barco, estás en tu casa? -le pregunté telefónicamente a Nicolás, un amigo.
- Sí, hermano. Caé solo si querés -me invitó apresuradamente porque sabía que era importante.
Llegué al “Búnker”, la casa del Barco y el lugar de reunión por excelencia de Lo' Wisi (mi grupo de amigos) en noches de lluvias donde la plaza del Gallo no podía albergarnos.
-Boludo, mañana me voy a Brasil. No caigo todavía, pero necesito algunos consejos que me salven los próximos diez días: me voy mañana que es 29 para llegar el martes primero de julio al partido con Suiza, entraré a la cancha el 5 de julio -casi seguro sea contra Bélgica- y arrancaré el 7 para llegar el 9 acá, ya que jugamos contra Holanda, si todo sale como planeo.
-Primero hay que ganar -dijo cauteloso, fiel a su estilo- pero bien ahí. Te felicito, hermano. Ya tenés todo planeado, ¿qué mierda podés necesitar de mí?.
-Solo tengo eso como sabido, el resto voy a ver. No tengo planeado un carajo. De vos necesito consejos, amigo, seis meses por Latinoamérica son suficientes para que me digas qué llevar, qué hacer y cómo manejarme -exclamé, entre desconcertado y entusiasmado.
Entretanto servía dos vasos de cerveza helada para festejar, Nicolás me aconsejó:
-Mirá, cabezón, yo te voy a dar estas sogas por si tenés que colgar algo o atar la carpa a la mochila; la plata siempre en los huevos. Por último y no menos importante: si tenés que robar, robá -me recomendó, fuera de chiste.
-¿Eh? No voy a robar, boludo, voy a ir a ver a Argentina. Aparte, mi vieja me enseñó a ser honesto y ésto atenta contra mi crianza. Además, me sentiría culpable -respondí anonadado.
-No te digo que le robes a un tipo, pelotudo. Robá en caso de necesidad, vas sin un mango a un país que no conocés, que el cambio está cinco a uno y que está lleno de negros con unas porongas enormes. Tomá el consejo que me pediste, fijate que mierda hacés con él. Te deseo lo mejor, hermano, me da orgullo que te vayas a ver a la selección. Te pido, nomás, que no seas mufa -me abrazó, mientras yo me tocaba un huevo. No podía hacer todo ésto y perder.
Ya era domingo; no había partido aunque al otro día jugaran Argelia contra Alemania. Los pibes vinieron a despedirme y algunos acompañaron a Nacho que había prometido llevarme a Retiro.
-Gracias, muchachos -dije con el pecho inflado y la mochila en la espalda- nos vemos a la vuelta.
-Suerte, puto.
-Cuidá el culo, amigo.
-Tomá un marcador, te vas a tener que marcar la raya de nuevo cuando te bajes en Brasil.
Así me despidieron mis amigos; con esa amabilidad y esa desconfianza acerca de mi sexualidad. Ellos sabían que era mi sueño y estaban contentos por mí, pero ignoraban completamente el amor que sentía por Luciana, al igual que ella. Me subí al micro e imaginé: el día que tenga hijos, les voy a contar que papá vendió lo poco que tenía y se endeudó para ir a ver a la selección de Messi al Mundial de Brasil, sin esconder la intención de declarársele a una chica que todavía no conocía.
Daba por hecho que Luciana, si me daba una entrada para el partido y me escribía diciéndome que me extrañaba, iba a alegrarse de que me declarase ni bien llegara.
El viaje fue más largo que las porongas de las que me había hablado el Barco. Por suerte, conocí dos neuquinos que me convidaron fernet y me contaron historias durante muchas horas.
Me bajé en San Pablo, pagué y guardé la mochila en el depósito de equipaje de la terminal; tenía que volver al otro día para irme a Río de Janeiro con la familia de Luciana. Diez reales menos, imposibles de regatear.
Me fui con la mochila de mano, la camiseta de All Boys y mi sueño para la cancha. “Arena Corinthians”, leí en un cartel y me tomé el metro que me iba a dejar en las inmediaciones del estadio.
Tenía hambre, pero no plata. Escuché repetidas veces los 49 temas que me había subido el ruso al mp3 que me prestó, aunque no se percató de borrar de la lista “Un pacto” y “La soledad”, canciones que oí hasta el hartazgo en mi niñez y pubertad.
Me aguanté las ganas de comer algo y me propuse conseguir Wi-Fi. Estos “brazucas” de mierda no te regalan ni el aire, protesté. No me encontré con Luciana, pero si con Brian y Mauro, dos pibes del barrio, hinchas de All Boys que me compartieron cerveza a más no poder en el “Fan Fest” y me emborracharon con o sin intención.
-Loco, les debo una -les agradecí a mis casuales compañeros de partido.
-No pasa nada, cabeza. Tomá otra -me respondió Brian, que me regaló una birra más.
Nos mirábamos. Cada vez cantábamos menos. Terminó el partido igualados en cero. Alargue. Treinta minutos; la gloria o Devoto. Inevitablemente, se me vino a la cabeza el fantasma del desastre. Hacen un gol estos putos y me meto la play, los ferné y la cadenita de canto en el ojete, pensaba completamente inseguro del destino.
La recuperó Palacio, se la entregó a Messi -me entusiasmé-, éste dejó a uno en el camino y le sirvió un mano a mano a Di María, quien definió tranquilo al segundo palo, abriéndome las puertas del sueño.
-¡Estamos en cuartos, la concha de mi madre, voy a ir a Brasilia! Le conté a Brian, mientras nos abrazábamos de manera eufórica.
Casi nos empatan, pero no sucedió y festejamos. “Solo falta contactar a Luciana, cuando ella salga de la cancha, para juntarnos esta noche e ir a Copacabana mañana”, resolví en voz baja.
Me fui al shopping del estadio y pude hablar con Cecilia, su hermana y mi futura cuñada. Me explicó como llegar al departamento donde íbamos a dormir esa noche y fui.
El encuentro fue emocionante: yo estaba exultante y borracho por demás. Me abracé con Lucha como si no hubiese mañana; me pidió perdón por no encontrarnos antes del partido y yo le aconsejé que no se preocupara, que la culpa la tenía el Estado brasileño que no pone Wi-Fi gratis como Rodríguez Saá en San Luis. Me presentó a Ángel, el padre, y me abracé con Ceci, que conocía de las vacaciones de febrero, también en Brasil.
Fuimos a dejar las cosas al departamento, me pegué una ducha que me revivió, comí algo tímidamente y partimos al centro a cenar. A la vuelta, después de una caipirinha, le pregunté a Luciana si quería ir a dar una vuelta, ella aceptó y salimos otra vez.
En la esquina, recién salidos del edificio, le dije:
-Pará. Ahora que estamos solos, quiero agradecerte y decirte que si estoy acá es porque estoy enamorado de vos. Obviamente que estoy acá porque tenés una entrada para el partido contra Bélgica, pero no tengo dudas de lo que siento por vos.
No dijo nada, sonrió y me abrazó. Esperaba un “yo también, pelotudo”, no voy a mentir, pero sabía que podía no ser así y poco me importaba el resto.
Volvimos a la casa, dormí a los pies de Ángel y desperté al otro día, al primer llamado del hombre. Es un tipazo, pero en ese momento no lo conocía, aunque me atreví a pedirle una almohada a mitad de la noche porque ya no tenía cuello. En el desayuno, para mostrarme divertido, le dije a Ángel que le había pedido un almohadón porque tenía menos cuello que Gabriel Mercado. Entendió el chiste porque es hincha de River y se rió porque fue bueno, o eso creí.
-Vamos a la terminal, dale -indicó el padre.
Caminamos hasta el metro, nos tomamos un tren que pasó treinta segundos después de haber llegado y caímos a la terminal de ómnibus. Siete horas hasta Río; la familia de Lucha, incluso ella, se quejaban del tiempo. Para mí, era nada. Les conté de mi travesía mientras retiraba mi mochila del depósito de equipajes y pataleaba para que no me cobraran cinco reales de recargo por la demora (no me lo cobraron, gané) y el padre concluyó, al igual que mi vieja y Axel: “Estás en pedo”.
Llegamos a Copacabana en la noche del miércoles 2 de julio. Jugábamos en Brasilia el sábado; 286 reales solo la ida, hijos de puta. “Vendo los ferné y vengo a comprarlos, negro, guardá un pasaje del lado de la ventana”, le dije al brasileño que respondía por la empresa estafadora de ómnibus.
En la puerta del departamento de Siqueira Campos, donde vivía por ese mes la familia de mi futura novia, un tipo me regaló un sanguche de bondiola y queso. Le agradecí y le pregunté donde podía armar la carpa. Me dijo que en el zambódromo, como si fuera el Luna Park. Ángel me invitó a dormir y, entonces, le presté la carpa al salvador de mi hambruna. Le dije que me la devolviera al día siguiente, pero no sucedió. La sigue teniendo él. Un reverendo hijo de puta que vive en Tandil y me cagó el hospedaje nómada que me había prestado mi abuela, no tengo más información de su persona.
Descansé entre mar y caipirinha hasta el viernes, que fue cuando salí para Brasilia: veinte horas de viaje, 286 reales que pagué con la venta de cinco botellas de fernet Branca a sesenta reales cada una. Los argentinos que me compraron la bebida me dijeron que era un chorro, pero les conté el porque de mi estafa y pasaron a ser mis clientes -o ayudantes de mi sueño-. La botella restante se la regalé a Ángel por conseguirme la entrada y, después de agradecerme, me encargó que busque los tikets en un hotel de Brasilia.
Me subí al micro, del lado del pasillo, acompañando a un hincha de San Lorenzo que se quedó dormido diez minutos después de que arrancó el colectivo. “¿Hijo de puta, para eso querías la ventana?”, sospeché, mientras hervía por dentro. Tenía más hambre que Formosa; no comía desde el desayuno y ya eran las cinco de la tarde. En eso, observé a un joven que tenía un termo en la mano. Concluí que sería argentino y le hablé:
-Loco, disculpá, ¿no me girás un mate? -entre tímido y amable.
-Está frío -contestó casi ignorándome.
-¿Cómo te llamás? -insistí diez segundos después.
-Matías -me respondió, seco como el Chaco, para seguir nombrando provincias de mi amada Argentina.
-Matías, en serio, ¿no me vas a convidar un mate? No importa que esté frío -le retruqué. Un mate era agua en el desierto en ese momento de hambre e irritación.
-Tomá, flaco, vas a ver que está frío y lavado -me advirtió, extendiendo el brazo, mientras yo me paraba para agarrar el termo, el mate y agradecerle con una palmada en el hombro.
Vaya paradoja: me había negado la bebida de la comunidad, del diálogo, de la amistad, éste hijo de mil putas. Como si el destino fuese amigo mío, una brasileña me convidó un paquete de galletitas al detectar mi desesperación. Tomaba de la bombilla mientras rebalsaba de agua el mate, como si fuese un chino que nunca había probado esa infusión.
- Obrigado -le propiné a la solidaria y voluptuosa dama que respondió con un gentil pestañeo y una mínima reverencia.
Me bajé en Brasilia; “¿dónde mierda estoy?”, exclamé en voz alta para que algún argentino conteste, pero no sucedió y caminé siguiendo los carteles. Encontré, por puta casualidad, el hotel donde retiraría las entradas y me encontraría con Luciana y su familia, que vendrían en avión por ser de “clase más tranquila”, como los definí. Ellos tardaron dos horas y media; yo, veinte, literal.
Nos reunimos allí, entradas en mano y partimos hacia el imponente “Estadio Mané Garrincha”. Teníamos entradas para nosotros, para vender y para rematar, cuando faltaba poco para el partido. Me quedé lo más que pude, quería devolverle a Ángel -con la venta de un tiket- el cambio que me hizo en el boleto: yo pagué 2850 pesos la “clase C” (iba a necesitar binoculares) y el me dio la “clase A”, que yacía seis filas arriba del banco de suplentes argentino, donde Sabella se inclinó hacia atrás al borde del papelón, para derivar en millones de graciosos “memes”.
No pude cumplir; entré sin vender nada, ellos se quedaron un poco más, era su plata. El personal de seguridad se quedó con el desodorante que me había comprado mi vieja y uno de los tantos encendedores que llevaba encima. Cuando encontré la puerta de entrada y me asomé, se escuchó un coro que rezaba: “o juremos con gloria morir”. Había terminado el himno recién, “¡qué pelotudo, me lo perdí!”, grité con piel de gallina.
Aproveché que los jugadores se acomodaban para divisar mi asiento, compré cuatro vasos de cerveza para recibir a la familia que me ayudó a cumplir mi sueño y me senté. No tenía plata para nada, pero me había guardado cincuenta reales porque sabía que salía diez cada vaso y quería estar muy ebrio en la cancha.
Cuando comenzó el partido, terminé mi vaso. Nunca fui muy amante de la cerveza, sinceramente, pero brindé con ella junto al Barco, Brian y Mauro me regalaron demasiadas y era la bebida alcohólica más barata, no podía quejarme.
No había comido nada más que esas galletas y la botella de agua se me había acabado; decidí hundir el hambre y la sed en el vaso que le correspondía a Lucha. Iban cuatro minutos de juego cuando empecé el tercer vaso, todavía no asomaban mis tres acompañantes y la birra se calentaba por la elevada temperatura.
Como si me estuvieran echando de un boliche, terminé el tercer vaso para incursionar en el cuarto; ya tomaba por tomar, no tenía sed, me mentía alegando que estaba nervioso por el partido.
La agarró Messi, me paré -ignorando el “para baixo” del plateísta brazuca-. Lionel asistió a Di María. Picaba Zabaleta por el costado derecho, “el fideo” intentó dársela, pero un rebote le dejó la pelota mansita a Higuaín, que oblicuo a mi, metió una volea de película para que yo grite el gol y me vuelque la cerveza del salto que pegué. Gotas de birra y lágrimas se fusionaban en mi cara, me abracé con un tipo que tenía la camiseta de Argentina -aunque era mas yanqui que el tío Sam- y lo solté cuando escuché el “come on” que me dio asco. Con ese llanto emotivo ya había pagado el viaje. Las deudas tenían sentido, el dolor de vender a mi novia de la infancia tenía razón de ser. Es verdad que me hubiese gustado ver un gol de Messi, nunca lo viví, pero menos mal que no la metió en la última jugada del partido, porque no iba a contenerme: había planeado saltar la baranda que dividía la tribuna del campo; si Messi la tiraba larga en vez de definir al cuerpo de Courtois, iba a invadir el terreno para abrazarlo y contarle de los micros infinitos, de la separación de mi novia eterna, de la confesión de amor a Lucha.
Terminó el partido; me abracé con Luciana, Cecilia y Ángel, les agradecí y me quedé cantando, saltando y recolectando vasos que a la vuelta le regalaría a los pibes. Ahí estaban, juntos, mis dos sueños: tomarme un micro para declararle mi amor a la que después fue mi novia, vivir la emoción más grande de mi vida con ella, compartir mi sonrisa y felicidad -como un niño cuando le regalan una pelota-, fundirnos en un abrazo de amor inquebrantable y alegría absoluta. También estaba cumpliendo el otro al ver un partido inaccesible, gritar el gol mirando al cielo para abrazarme con mi abuelo y con Martín -mi hermano que amo y extraño hasta hoy-, pensar en el barrio y los pibes que estaban festejando en lo de Nachito (y seguramente pensaron un poco en mí), dejar en manifiesto para mis adentros que la plata no vale si no es para cumplir un sueño. Lo cumplí, festejé y tenía que volver triunfante.
Para volver triunfante, tenía que llegar a Río de Janeiro y cambiar el pasaje de vuelta para evitar el viaje hasta San Pablo. Tenía cincuenta dólares que no iba a tocar porque eran parte de la primer cuota que tenía que devolverle a Ale y a Paula, doscientos reales que de nada servían porque faltaban ochenta y seis para pagarme el pasaje y algo más para comer porque ya se cumplían 28 horas de mi último plato digno de comida. Emprendí el regreso a la terminal, saludé a la familia amiga y desaparecí calle abajo; le pregunté a un argentino si iba para Río por casualidad y me contestó: -No, flaquito, ni en pedo. Es lejísimos de acá. Tomá “un diego” para comer algo porque se te nota el hambre en la cara.
Agarré los diez reales, le agradecí y seguí mi ruta. “Confundió la borrachera con el hambre, aunque me haría bien comer algo. No tengo guita para eso, pero puedo aprovechar mi rostro demacrado para pedir plata. Si lo hacen tantas personas, yo también”, reflexioné. Vi a una orquesta e inmediatamente se me vino a la cabeza “Mi pobre angelito”, cuando la madre de Kevin se sube a una camioneta con una banda de música para reencontrarse con el hijo.
- Disculpen, eu no falo portugués, ¿você vai para Rio do Janeiro? -practicando mi desastroso portuñol.
- Não, vamos ficar aqui -devolvió una integrante de la orquesta.
- ¿Você no me daría dinero para volver? -rogué al mismo tiempo que le mostraba el billete que me habían dado minutos antes.
- Toma, toma -haciendo lo que en Argentina es una vaquita- você tem sorte.
- Moito obrigado, son cracks -expresé yo, feliz de ver tantos billetes juntos.
Me alejé un poco y conté el botín, no fue una donación porque lo pedí y creo que puse mi peor cara para dar lástima cuando lo hice. Recaudé 85 reales. Está bien que eran siete u ocho personas, pero fueron muy amables: me regalaron lo que me daba César en dos esclavos días de trabajo.
Pagué el pasaje, me subí al micro y me dormí. Entre las monedas y los billetes, sin contar los cincuenta dólares, me quedaban quince reales con los que tenía que volver a Siqueira Campos. El micro paró en una acondicionada estación de servicio que tenía un lugar para comprar comida y sentarse a disfrutar del plato al paso. No podía gastar plata y moría de hambre. Había dejado de contar las horas sin comer cuando pasé las treinta y me acordé del consejo del Barco: “Si tenés que robar, robá”. “¡Es Horangel este hijo de puta!”, aseguré. Entré con la tarjeta de consumo que te daban y que al salir pasaban por un láser que decía cuanto habías gastado. Cargué agua del baño en mi botella vacía y me detuve ante una fuente con salchichas y chorizos rebanados. En el hombro derecho, tenía al Barco diciéndome: “Si tenés que robar, robá”. En el hombro izquierdo, a mi mamá: “Primero el respeto y la honestidad”. Perdón, vieja, pero no estás vos para prestarme plata. Agarré un puñado de salchichas con la mano derecha, lo que pude de chorizos con la mano izquierda y metí mi cena en los respectivos bolsillos de una campera liviana que vestía; mendigué dos panes, bebí un sorbo de gaseosa que le sobró a un viejo y pasé la tarjeta. Cero; objetivo cumplido. Subí al micro como si hubiese secuestrado al hijo de Obama, puse las salchichas que estaban cortadas en un pan, las rodajas de chorizo en el otro y me tragué la evidencia. Ya era inocente, Nicolás me había salvado y lo iba a abrazar en la vuelta. Un vaso de los que había recolectado tendría que ser para él por anticipar la catástrofe del hambre a la que tan acostumbrada está Africa -que no tiene los consejos de mi amigo-.
Bajé a fumar un cigarrillo antes que arranque el micro y un chico con la camiseta de Vélez -Matías, tocayo del forro egoísta de la ida- me pidió uno. Me contó que le quedaban cinco reales y que no tenía más puchos. Le dije que me aguante, subí al micro, agarré un atado de Marlboro Box y se lo regalé. Yo tenía cuatro paquetes y el ningún cigarro, aún en la pobreza hay que ser buena persona. Ahí contenté al fortinero que me agradeció a más no poder y también dejé satisfecha a mi vieja, que nunca se enteró de esta buena acción, pero tampoco del pequeño gran robo.
Seguimos viaje durante unas horas, hasta que se escuchó: “La puta madre, se quedó el micro”, de un pibe más argentino que el asado.
Era verdad: estábamos a tres horas de Río, el próximo micro pasaba al día siguiente y yo tenía el pasaje de vuelta a Buenos Aires para la misma hora.
Insulté a cuanto personal de la empresa usurera de ómnibus me crucé, protestando: “Hijos de puta, me cogieron de parado con 286 reales y me dejan a pata. Ojalá que el martes Alemania se los garche como ustedes a mi bolsillo”.
En esa efervescencia, vi al muchacho que nos había puesto en aviso subiendo a un Fiat Uno. Corrí con la velocidad que nunca tuve, me paré frente al auto y noté que quedaba un lugar.
- ¿A dónde van? -pregunté exhausto.
-Nos tira en Río, pero no se si te podés subir -me dijo el muy hijo de puta.
- Por favor, mañana sale mi regreso a Buenos Aires y necesito llegar hoy a Río para cambiar los pasajes. ¿Me llevás? Tengo ésto -le imploré a la bella conductora, mostrando todas mis monedas.
- Suba, joven -me contestó con una sonrisa y una tonada brasileña, señalando al asiento trasero con la cabeza.
Le dí todas las monedas que tenía, las aceptó y me dijo que estaba volviendo de la casa de su hermana. Me importaba un carajo de donde venía, mientras fuera a Copacabana. El forro del copiloto me dijo que nos dejaba en un bar de Copacabana, aunque él dudaba que a mi me sirviera.
-¿Es cerca de Siqueira Campos? -indagué perdido.
-Si, a dos calles -anunció la chofer, que aunque no recuerde el nombre, no la olvidaré nunca.
Me bajé, agradecí, saludé y caminé hasta el departamento donde iba a dormir. Fui con Luciana a cambiar el pasaje, me peleé con todos los vendedores que pude y me dijeron que a las 11 de la mañana del lunes salía para Buenos Aires desde ahí.
Terminamos juntos el domingo, le invité una caipirinha con los últimos siete reales que me quedaban y brindamos por el amor o lo que mierda sientiera ella.
Al otro día nos despedimos en la parada del colectivo que me llevaba a la terminal con un abrazo infinito; ella tuvo que darme las monedas para pagar porque yo había delirado lo poco que me quedaba. Le regalé a Ángel un pantalón de All Boys y a Cecilia una camiseta, también del club de mis amores, en modo de agradecimiento eterno por facilitarme la entrada, el hospedaje, algunas comidas y una que otra cerveza playera.
Me subí al micro y emprendí el regreso triunfal a casa, sin un peso, pero con un tupper de arroz con pollo y veinte vasos del mundial a repartir entre los pibes. Compartí el viaje con un muchacho -tampoco me acuerdo su nombre-, pero me contó que estaba volviendo a Buenos Aires a pedirle plata a la madre con el fin de irse a Panamá, donde tenía a su hija que no veía hace tres años porque se había peleado con la ex mujer. En una parada, me encontré a Matías -el hincha de Vélez-. Me dijo que la vieja le había pagado la vuelta y le quedaban dos cigarrillos de los que le había dado.
Entré al restorán y me senté al lado del tipo que viajaba conmigo. Él había adquirido el menú libre por veinticinco reales (imposible de afrontar para mí) y se sirvió todo por dos. Me dio de comer más que César, mi vieja y Ale juntos. No paraba de morfar, el hombre pensó que me iba a morir atragantado, pero nada de eso. Cuando lo divisé a Matías a lo lejos, le pregunte al dueño del menú si podía invitar a un pibe que estaba sin plata como yo. Me dijo que los tres íbamos a llamar la atención, entonces abandoné la mesa para que me reemplace el hincha de Vélez, que al salir me abrazó como si fuese una especie de Dios o el mismísimo Messi, que sería algo parecido. Me agradeció nuevamente, le di tres cigarrillos, nos abrazamos y no nos vimos nunca más.
El micro me dejó en la frontera, donde permanecí sentado cuarenta minutos hasta que llegó el ómnibus que tendría que haber tomado en San Pablo. Mostré el pasaje, expliqué la situación y subí.
Después de cuarenta y dos largas horas desde Copacabana a Buenos aires, sumé un total de 128 horas en micro: 36 de Buenos Aires a San Pablo, siete más hasta Río, 20 de ida a Brasilia y 20 de vuelta, más tres que demoré en el auto salvador y las últimas 42, suman 128 horas. No llevé ningún libro, mal estuve, solo me acompañaron los 47 temas que me cargó Axel al mp3, porque borré finalmente esas dos canciones trilladas.
Con la sonrisa en el rostro, el cansancio en el cuerpo y mi sueño cumplido, llegué a Retiro el 9 de julio a las ocho y media de la mañana. Entre que era feriado y jugaba la selección, no había un alma en la calle y eso me permitió colarme al tren San Martín. Me bajé en Villa del Parque, caminé por la calle Cuenca comparándola con Siqueira Campos, saludé al diariero, le conté que recién volvía de Brasil y me regaló el Olé por mi hazaña.
-Ojalá que hoy ganemos, pibe -me despidió el canillita.
-Dalo por hecho. Hoy ganamos, no importa como. Che, que rotura de orto la de los alemanes… Va a estar dura la final -le respondí y seguí camino.
Mientras cruzaba en diagonal la plaza para llegar a mi casa, recordaba el 7 a 1 de Alemania que escuché por radio en el micro de vuelta. Como estábamos a la altura de Misiones, solo pasaba el partido una radio paraguaya: el relator era un hijo de puta. Cuando gritaba los goles, parecía que se lo estaban garchando los negros que conoce el Barco. Confirmé mi postura cuando no paraba de gritar, pero en realidad era una ráfaga que pesaría por siempre en la espalda del “Scratch” y todo el pueblo brasileño.
Llegué a casa, abracé a mi vieja, le conté poco y nada, le prometí que le iba a dar detalles a la noche, pero quería el auto para ir a desayunar con mi abuela paterna -no la que me dio la guita y la carpa, esa es la mamá de César y mi vieja-. Cargué los veinte vasos en el baúl para alegría de los pibes y desayuné con el amor de mi vida. Ni Lucha ni la play. ¡Mi abuela, carajo!.
Luego de un té con leche y tostadas, me fui al Gallo a encontrarme con los pibes. En el camino me crucé a Rodri, mi primo por sangre y mi hermano por elección, subió al auto y fuimos hasta la plaza juntos, descorchamos un Rutini que le había robado a Walter, el viejo, y nos servimos en los vasos mundialistas. Le di para elegir primero, se llevó uno rojo que tenía las banderas de Bélgica y la nuestra. Colgamos los trapos, cayeron dos de los muchachos con redoblante en mano y nos dispusimos a cantar en la previa de un partido donde Chiquito se hizo grande, donde se convirtió en héroe.
La final todos la vimos, todos sabemos el desenlace, para que ahondar en tanta tristeza. “Era por abajo, Rodrigo”, algunos se la agarraron con él. “Messi no apareció”, otros se descargaron con mi ídolo. La jugada más clara la tuvo Higuaín, pero nada puedo decirle a alguien que me hizo llorar en una cancha. Todavía no tuve la valentía -aquella que adquirí para irme a Brasil- de volver a ver ese partido; no tiene razón de ser. Ahora, escribiendo estas líneas, siento que la derrota me sirvió para poder volcar en palabras los sentimientos, dado que si hubiésemos ganado, seguramente me encontraría tras las rejas por infringir ampliamente la ley en los festejos de una Copa del Mundo.
Las cosas siguieron su curso; me puse de novio con Lucha, fui feliz mucho tiempo y hoy que no estamos más juntos, recuerdo con alegría cada instante vivido. Sobre todo, tengo en mi mente las imágenes imborrables de esta aventura que nunca voy a olvidar. Algún pesimista dirá que me quedé sin la novia de la infancia porque la vendí y sin la novia real porque la descuidé o porque simplemente no se dio. Yo creo fervientemente que las parejas, una final o la play, son circunstancias de la vida, algo que pasa, se disfruta y quedan momentos o noches de amor, festejos y vicio. Lo que uno se lleva -el día que nos toque- es lo vivido, el amor entre las personas, las palabras, los abrazos, los amigos. Nos quedarán recuerdos, buenos y malos, pero ninguna experiencia es en vano.

La enseñanza que me deja ésto, lo que viví y siempre guardaré en mí, es que hay que soñar un poco más de lo que creemos poder alcanzar. La vida es eso que pasa entre sueño y sueño. El que no tiene aspiraciones, no tiene sueños y el que no tiene sueños, ¿para qué carajo vive?.